Visiones Atlánticas

Antifascistas

Se definen en negativo, contra la naturaleza de su opuesto. Sin sustancia, con los errores que le imputan al vecino. Así construyen sus hordas callejeras los nacionalismos populistas e identitarios, los mismos grupos violentos que conforman los “hooligans del fútbol”, a las órdenes soterradas de sus directivos. Exaltación patológica de sus conciencias heridas por el […]

Se definen en negativo, contra la naturaleza de su opuesto. Sin sustancia, con los errores que le imputan al vecino. Así construyen sus hordas callejeras los nacionalismos populistas e identitarios, los mismos grupos violentos que conforman los “hooligans del fútbol”, a las órdenes soterradas de sus directivos. Exaltación patológica de sus conciencias heridas por el nacionalismo. Fenómenos que vemos en los extremos, en actitudes autoritarias y antidemocráticas, opuestas a las “democracias liberales”, que conforman la esencia del proyecto europeo.
En la Cataluña que nos quita el sueño, ha desaparecido la democracia. Luego de 30 años de un régimen clientelar, que por acción y omisión ha diluido el estado central y con él la democracia. Ha desaparecido la democracia participativa , que promueve el pensamiento crítico. En 2017 con la rebelión del Procés, se hundió la tolerancia. 14.000 profesores no catalanistas, han ido abandonando Cataluña, al igual que los jueces y funcionarios de cuerpos estatales, cuyas plazas no se cubren y se ocupan por primerizos que las abandonan a cada concurso. La pandemia ha mostrado las vergüenzas de un sistema que hace aguas. Aún cuando el español sigue siendo el idioma predominante en la calle y en el patio de los colegios y es la segunda lengua de comunicación global, se le ataca desde una escuela ocupada por el independentismo, contumaz en el incumplimiento de las sentencias judiciales, que obligan al uso del español vehicular, constitucional y de comunicación.
El nacionalismo ha expulsado al grueso de las grandes empresas de Cataluña, impulsando la mayor caída del PIB de España entre todas las autonomías, el mayor número relativo de concurso de acreedores, el mayor incremento de deuda con el estado central, al carecer de financiador externo. En datos de la UE, de ocupar el puesto 103 de las 271 regiones de la UE, en el ránking de competencia 2010 de Europa, ha pasado al puesto 161 en 2019.Pérdida económica que se refleja en su democracia, que ha arrastrado la calificación de España en los índices internacionales. Retrocediendo desde 2019 a la fecha del puesto16 al 22, del Democracy Index; a un escalón de integrarse en la categoría de las “democracias defectuosas”. Debido el ejercicio de un gobierno que limita derechos, ejerce poderes excepcionales, limita la libertad de expresión, orilla el Parlamento, sabotea la transparencia, ocupa la justicia, los medios y las instituciones públicas con cargos de carnet.
Reconstruir la democracia en Cataluña será labor de dos generaciones. Estado y autonomía fallidos. Corrupción y fanatismo. Aduanas para la lengua, la raza, la cultura, el empleo en la escuela y la administración. Economía de mercado y seguridad jurídica fracturadas. Las medidas que nos ofrece el PSOE, tienen dos malas derivas. El “apaciguamiento”, cuyos efectos vimos con Hitler, que aumentaron y legitimaron el nacionalismo y con él la segunda guerra mundial. Y “forzar la legalidad constitucional”, como se viene haciendo y comprometen reforzar; demuele la Constitución y la ley desde dentro. Arrimadas, nos ha ofrecido su debacle como herencia de Rivera, cuando ha sido incapaz de ofrecer un proyecto estable. Casado, no es solo producto de una errática campaña, sino que se ha colocado en una deriva incapaz de reconstruir el constitucionalismo, renunciando a dar la batalla ideológica y cultural con valores propios, atemorizado por el contrincante. Error al mudarse de sede en crisis. Ambos sin liderazgo fiable,” el príncipe no puede tener la moral del villano”, que diría Maquiavelo Los antifascistas del nacionalismo catalán son los fascistas, a las órdenes callejeras de sus partidos en caída libre. Con una sociedad cómplice de su propia degradación identitaria, inoculada por más de un virus.