40 años del 23-F

Así nos contaron los testigos de primera mano lo que ocurrió el 23-F en Madrid

Los diputados por la provincia de Santa Cruz de Tenerife relataban a este periódico la tensión y las anécdotas vividas

El golpe de Estado fallido estremeció la democracia española | EUROPA PRESS

“La Policía Militar, a las cuatro de la madrugada, con numerosos efectivos, se encontraba preparada para desalojar el Congreso de los Diputados, ocupado desde las seis y veinte minutos de la tarde por el teniente coronel Antonio Tejero, al mando de unos doscientos guardias civiles de uniforme y paisano, armados con pistolas y metralletas”. Así comenzó relatando DIARIO DE AVISOS, en su edición del 24 de febrero de 1981, el intento de golpe de Estado ocurrido horas antes en Madrid, y sobre el que el decano de la prensa canaria se posicionó con un editorial en portada en el que manifestaba su “decidida condena a los golpistas que juegan con nuestro futuro”; una contundencia a la que se sumaron únicamente en España los diarios El País, Diario16 y El Periódico de Cataluña.

Y no sería hasta el 25 de aquel mes que se pudieran publicar declaraciones de los integrantes de la Cámara Baja por la provincia de Santa Cruz de Tenerife, toda vez que fueron liberados. Unos relatos que este periódico recogió en una edición especial que abría con un titular a cinco columnas en el que se podía leer “Cesado y arrestado el teniente general Miláns del Bosch”, con el subtítulo “Por reiterada desobediencia y por su actuación durante los sucesos del lunes”. La democracia había ganado la batalla a quienes anhelaban la imposición a la libertad de pensamiento, y qué mejor forma que contarlo por boca de los testigos de tales acontecimientos. En concreto, ofrecían sus testimonios los diputados tinerfeños por UCD Juan Julio Fernández, Zenón Mascareño, Antonio Alfonso Quirós, María Dolores Pelayo y José Luis Mederos; los representantes en el hemiciclo del grupo socialista Luis Fajardo y Néstor Padrón, y el diputado por Unión del Pueblo Canario Fernando Sagaseta. Por su parte, Alfonso Soriano, entonces senador, explicaba que permaneció recluido junto a diez senadores que habían acudido al Congreso para presenciar las votaciones.

Como anécdota, se dejó constancia de que el asiento de José Luis Mederos resultó roto cuando este se tiró al suelo. Y, al haber cambiado de escaño, aseguró que fue interrogado en voz alta, habiendo tenido que dar las explicaciones pertinentes del motivo de su traslado. O Zenón Mascareño, que al ser, como se describía en 1981, “un hombre alto y grueso”, experimentó dificultades para caber en el asiento. Se cuenta, además, que Juan Julio Fernández “fue el último en agacharse, hasta que el señor Mascareño le obligó a retirar la cabeza del lugar visible en el que se encontraba”.

El socialista Luis Fajardo reconocía que “desde que vi al teniente coronel Tejero no me cupo ninguna duda de lo que estaba sucediendo”, conocidos sus vínculos con otra acción similar, la Operación Galaxia. “Hubo realmente miedo. Nadie puede decir que no sintió miedo, pero, sobre todo, existió en todo momento una gran serenidad, incluso por encima de ese miedo y la tensión”. Dolores Pelayo, que atendía al DIARIO desde su casa de Santa Cruz de Tenerife, recordaba que “cuando entraron, me levanté porque pensaba que venían buscando algún terrorista. Incluso alguno de los números de la Guardia Civil decían algo de etarras”.

En cuanto a Fernando Sagaseta, consideraba humillante la salida de los diputados del Congreso, “dirigida por el matón de la noche (Tejero) entre dos hileras de guardias”. Es más, recordaba que “se decía por el señor candidato -Leopoldo Calvo Sotelo, cuya votación para ser investido como presidente se vio interrumpida por el golpe- que se había culminado la transición democrática”.
Este episodio también se enfocó desde otras perspectivas, hoy chirriantes en algunos casos, pero acordes a la mentalidad de la época, como el artículo “Las mujeres de los políticos, ansiedad y temor ante lo ocurrido”. España estaba cambiando, y el Decano tenía la obligación de contar lo que estaba ocurriendo. Eso sí, sin titubear en su defensa de la democracia.