tribuna

Bendita expresión libre

Truman Capote fue capaz de escribir Desayuno en Tiffanys, pero también figura como autor de A sangre fría, donde cuenta cómo dos jóvenes de la alta sociedad neoyorquina se divierten planificando un crimen, solo para disfrutar de una experiencia original. Rembrandt pintó la Ronda de noche, pero además se atrevió con El buey desollado, un bodegón extraordinario que, a pesar de todo, produce el rechazo de algunas miradas que se escandalizan y lo desaprueban. J. D. Salinger, en su Guardián entre el centeno expone un lenguaje descarnado que por ello no deja de ser real, existiendo lectores que no muestran una reacción estética positiva ante él. En Crimen y castigo, Fiódor Dostoyevski, por momentos, parece estar de parte del asesino Raskolnikov. El mundo sórdido de las drogas está presente en La broma infinita o en El rey pálido, de David Foster Wallace, y la desesperanza de un final desolador nos inquieta con la lectura de La carretera, de Cormac McCarthy. En el cine se exponen con total naturalidad las costumbres diabólicas del antropófago Hannibal Lecter, en El silencio de los corderos. Todos estos ejemplos, y muchos más, forman parte del universo de la libertad de expresión, demostrando, como siempre, que el escándalo reside en los ojos y en la mente de quien se escandaliza. En ocasiones, estas minorías se convierten en represoras de aquello que no les gusta, y se organizan en grupos de protesta para eliminar del mapa de las posibilidades la exhibición de las cosas que consideran repugnantes. Ocurre en todas las trincheras y se conoce con el nombre de intransigencia. Quizá el escándalo, como delito, provenga de la admonición de Jesús cuando dice que al que escandalice más le valiera que le colgaran una rueda de molino al cuello y lo arrojaran al fondo del mar. Esto ya se ha hecho, en las épocas en que opinar en contrario, o el disentimiento, se asimilaba a algún tipo de rebelión, y, por tanto, se convertía en una acción punible. Es posible que incluir en estos supuestos a las sandeces de un rapero que no ha demostrado otra cosa que autodenominarse artista de la violencia, es un atrevimiento por mi parte. También lo es el considerar lícita a una reacción que eleva a la categoría de belleza el destrozo, la aniquilación, y la barbaridad, como si estuviéramos anunciando el Apocalipsis, y éste viniera envuelto en un Armagedón donde las reivindicaciones se basan en autodestruirnos. Pero no crean ustedes que estamos ante algo extraño. El mundo es así, desde que alguien escribió en un libro antiguo que existen dos tendencias, una perversa y otra virtuosa, a partir de que unos ángeles se rebelaron contra Dios, y Caín matara a su hermano Abel, cuya condena seguimos pagando todos los mortales. John Steinbeck recrea esa escena en Al este del Edén, pero el autor de Las uvas de la ira, que también fue corresponsal de guerra, escribió, al final de su vida, que las manos de los pilotos norteamericanos disparando el napalm sobre las selvas de Vietnam le recordaban a las de Pau Casals tocando el violonchelo. Es posible que alguien piense que estoy haciendo justificación y reconocimiento de las cosas que pasan, o que cometo la desfachatez de relacionar a la belleza del arte en libertad con el terror calculado y planificado, o que me pongo del lado del mal en lugar de hacerlo a favor del bien, cuando la realidad es que la línea roja que separa ambos conceptos es permeable y casi se hace invisible a los ojos de quien defiende la imparcialidad. No sé si este escrito sirve para algo, pero no renuncio a expresar lo que pienso, en nombre del mismo derecho que exigen los que protestan como los que los reprimen para preservar el orden. Siendo sincero, creo que nada de lo que está ocurriendo tiene que ver con eso, que todo es una excusa para dar rienda suelta a la lucha política que hoy prefiere la calle porque no consigue ponerse de acuerdo en los parlamentos. No se puede quedar bien con todos a la vez, pero, en fin, esa es mi forma de ver las cosas, a pesar de que a algunos no les quede claro lo que estoy intentando decir. A veces hay que ser confuso para hacerse entender.

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