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Benito, el conocido vecino de los gorros de La Guancha

A sus casi 89 años, este vecino de La Guancha teje sin parar prendas que después regala a sus familiares, amigos y médicos que lo atienden; su nieta Leyla fue quien le enseñó el invierno pasado y su hija, Ana Elia, la responsable del “remate final” de todas sus labores

A Benito Hernández Cruz lo engañaron inocentemente. Su hija Ana Elia lo vistió con ropa de salir y pensó que iba a comer carne de cabra. “Oiste Leyla? Fuerte viaje me pegó hoy tu madre….” le dijo a su nieta apenas la vió aparecer por la puerta.

La joven no entendía nada hasta que le comentó de manera pícara, riéndose y disfrutando de lo ocurrido, que la sorpresa era el reportaje para este diario y no disfrutar de su comida favorita.
Asegura que el lugar donde mejor preparan la carne de cabra es en El Tanque. “Bien cocinada y sin hueso”, precisa este vecino de La Guancha que a sus casi 89 años -los cumple el 9 de abril- no para de tejer gorros y bufandas. Asegura que hacer los primeros es más fácil “porque acaba más rápido” y eso es lo que quiere, terminar. “Hago hasta dos por días”, subraya.

Benito no oculta su pasión por el tejido, todo lo contrario, pese a que es una actividad que siempre ha estado más asociada a las mujeres. Aprendió hace unos años con Leyla y desde entonces, no puede dejarlo.

Fue un invierno que hacía frío. La joven empezó a tejer una bufanda a ganchillo y le enseñó. Pese a que tiene una pequeña artrosis en la mano derecha, entrelaza la lana en el bastidor de plástico con rapidez. Esta labor le ha ayudado incluso a que no se le atrofie.

Mientras explica cómo lo hace y por qué ha elegido esos colores, se le escapa un punto. “Se zafó uno”, se excusa con su nieta y ella lo tranquiliza diciendo que sabe perfectamente lo que tiene que hacer.

“Ese lo terminé el otro día pero el hilo era ruinito acabado. A veces compran unos hilos de tan mal gusto, con lo bonitos que hay”, comenta.

Benito y Leyla van juntos a la mercería a buscar la lana y él elige los colores porque a algunos “les tiene manía”. No le gusta la gama de los rojos, los negros y los azules porque son oscuros y le cuesta más coger el punto pese a que no usa gafas. Por el contrario, el verde es su preferido. “Me encanta”, confiesa.

“Cuando le traigo hilos nuevos se priva todo y empieza a pensar cómo los combina”, cuenta su nieta, con quien tiene una gran complicidad.

En el garaje de su casa, en La Guancha de Abajo, tiene su rincón preparado. Está casi pegado a la puerta, para ver a la gente pasar y donde siempre algún vecino se detiene a saludarlo. Un sillón y una mesa en las que expone las prendas terminadas a las que les falta el “remate final”. Cortar los hilos que quedan al terminar es una tarea que remata su hija Ana Elia.

Se levanta, teje un rato, lo deja, vuelve, “después de comer se echa un rato”, y cuando termina la siesta “sigue una horita o dos y después otro más para la bolsa”, relata.

Dispone de dos bolsas repletas donde guarda las prendas que ya tienen destinatario y que identifica a la perfección, porque todavía tiene pendientes algunos regalos. “Este es para Alberto, el médico, al que también le hice una bufanda. Me dijo que la quería verde porque tiene los ojos de ese color así que ahora le tejí un gorro a juego”, detalla.

El año pasado Benito estuvo un par de meses ingresado y no paró de tejer. En el Hospital del Norte, en Icod de los Vinos, lo conocen como ‘Benito el de los gorros’. Así lo bautizó un médico porque a todo el personal y a los enfermeros les regaló uno y hubo quien tuvo suerte y también se ganó una bufanda.

Lo mismo hizo cuando estuvo en una clínica del Puerto de la Cruz. “Estaba echado en una cama y tejía todo el tiempo”, recalca. Pero hubo un momento en el que le pidió a su hija que no le llevara más la aguja, los bastidores y la lana “porque si lo veían le pedían uno”, bromea.

“He hecho miles”, asegura orgulloso. Y le quedó gente sin dárselo. El otro día terminó un gorro “precioso, de lana” y le pidió a Ana Elia que se lo alcanzara a uno de los facultativos que lo atendió. “Era muy bueno, se sentaba en la cama a hablar conmigo y me decía: ‘Benito, no te quiero ver en el hospital. Tienes que durar bastante para que hagas cosas como éstas”, relata.

Otra de las cosas con las que disfruta es ver cómo se mueve de un lado a otro Megan, su bisnieta de 19 meses, que es casi tan pícara como él. Le extiende su mano y espera que le “choque los cinco”, pero a la pequeña la intimida ver a gente que no conoce.

Antaño, este guanchero trabajó en las carreteras con las palas y en hoteles. Recuerda que uno de los tractores que llegó a manejar era “un caterpiller de los más grandes”. Fueron los culpables de su falta de audición. Trabajó en el Sur, mientras sus hijos fueron pequeños, construyó la carretera de San Andrés, camino a Las Teresitas, y también la iglesia y la calzada de Coromoto, en La Guancha.

En el hotel Bonanza Canarife y el Palace, en el Puerto de la Cruz estuvo 18 años. “A veces estaba en el economato, otras en el servicio técnico. Lo único que me faltó es ser camarero”, y “mandaba más que el dueño”, sostiene a carcajadas.

Cuando estuvo en el cuartel, en Las Palmas, vio por primera vez a un hombre tejer con hilos de oro y plata. “A mí siempre me gustó aprender de todo”.

Su hija y su nieta también disfrutan haciendo manualidades. No solo tejen, cosen y pintan mandalas. Esto último es el próximo reto de Leyla con su abuelo. Se lo va a enseñar en verano porque lo ayuda a tener pulso, algo que las personas mayores va perdiendo.

Mientras tanto, Benito sigue tejiendo sin ser consciente de los enormes beneficios que le reporta: mantiene su cerebro más joven, libera endorfinas, estimula su desarrollo intelectual y mejora la agilidad mental y la coordinación visomotora.

“Me gustaría que en todas las residencias de ancianos se enseñara a tejer. Una cosa tan simple como ésta, con lo que ayuda y lo que disfrutarían poniéndose sus propias prendas”, certifica su nieta.

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