cultura

Diario de una pandemia

El libro recoge reflexiones tomadas durante 11 días de confinamiento

La pandemia y el confinamiento al que se sometió a la población para detener el avance del virus está generando sus primeras piezas creativas. Eso sí, más pegadas al testimonio, a la narración en primera persona que como material estrictamente de ficción. Lo que se ha producido hasta la fecha insiste así en contar la experiencia de cómo vivieron aquellos días de encierro mientras las calles, las avenidas, los parques de las ciudades y pueblos se quedaban vacíos, patrullados en ocasiones por coches de la policía, alguno camuflado (lo que por mucho que me esfuerce no entiendo) que conferían al paisaje urbano de un aspecto fantasmagórico que si algo recuperó fue el canto de los pájaros y que los días se volvieran muy largos.

Que haga recuento, en Canarias se ha contado y publicado la historia de aquellos días en los que vivimos peligrosamente a través de la historieta y la literatura, pero una literatura más pegada al diario que a la novelización de unos meses que será imposible borrar de nuestra memoria.

Eduardo González, dibujante y guionista de cómics, fue uno de los primeros en atreverse a narrar en forma de viñetas lo que pensaba de aquella situación que no deja de ser —vista con distancia y también desde la actualidad porque aún vivimos bajo sus secuelas— absurda. O tan irreales como el escenario de una película de ciencia ficción que de pronto se hizo real.

Visto desde un punto de vista humorístico, Eduardo González dio su personal visión de aquel insólito momento con una serie de historietas que subió primero a Facebook y más tarde acabaron convertidas en un cómic con el título de Crónicas de una cuarentena (Ediciones Idea, 2020) en la que reflexionaba sobre lo que vivió aquellos días.

La historieta que se toma más en serio de lo que parece aunque su objetivo sea el de despertar la sonrisa en el lector, invita a pensar sobre la capacidad que tenemos como especie para ser domesticada y demuestra una vez más que solo a través del humor se pueden contar cosas muy serias. Y tan serias como las de vivir encerrados en casa mientras un virus invisible recorre las calles como un fantasma que no tenía nada que ver con el que a finales del siglo XIX iba a pasearse por Europa.

Román Delgado también contribuyó a lo que podría denominarse literatura sobre el confinamiento con Historias de intramuros (Bara Bara, 2020), un libro en el que recoge sus reflexiones de aquellos días y en los que más que el humor da paso a la melancolía. O a la sensación de que algo está cambiando y no sé qué demonios es. Ese pensamiento, que probablemente asaltó a la mayoría de los que nos sometimos al confinamiento, es la matriz que da vida a un librito que no llega a la cien páginas y en el que da registro de once de aquellos días de marzo que, efectivamente, no sé si conmovieron al mundo, pero sí a toda España.

La pregunta que se hace el lector a medida que pasa las páginas de Historias de intramuros es hacia donde quiere ir a parar su autor con este diario. Por un lado, Román Delgado muestra la necesidad de hacer público el relato de unos días que pasó, como muchos, rodeado de los suyos. Se entiende por ello que escribiera, como hicieron otros, para exorcizar demonios, de tranquilizar la conciencia, de intentar quitar lastre a una situación que, efectivamente, pasó factura a la mayoría, así que algunos se podrá ver reflejado en estas confesiones no tan íntimas como se pudiera pensar, y sí demasiado descriptivas del día a día en unos días donde no se podía hacer mucho salvo estar con los tuyos, hacer la compra, teletrabajar, ver la televisión (si se estaba abonado a alguna plataforma mucho mejor) y escribir, como es el caso de Román Delgado, en el ordenador toda una rutina con la que mantener a raya la realidad que se había impuesto aquellos días.

Los fragmentos que forman la unidad del libro no tienen demasiada vinculación unos con otros salvo que están escritos por la misma persona. Se admite por eso que se repitan escenas y situaciones, y se admite también que lo que se lee sea resultado de la improvisación, de sentarse ante el ordenador esos once días para hacer de notario de lo que pasaba por su cabeza. También para resumir momentos que nos birlaron de la existencia porque esos instantes en los que estuvimos encerrados no volverán, aunque sí que forman parte de un pasado común del que todavía me parece a mí no hemos tomado conciencia porque la amenaza continúa.
Lo escribe Román Delgado: “A esa hora no tenía ni puta idea de cómo iba a resolver mi reto del diez del once, el relato del 28 de marzo de 2020”.
El párrafo aclara las intenciones de este cuaderno de bitácora en el que registra su travesía de aquellos once días. La pregunta que alguno se podrá plantear es ¿por qué solo escribir de 11 días?, pregunta que es la que se hace el mismo Román Delgado en el undécimo segmento de un libro pergeñado en un momento que prometía cambios, otra forma de ver la vida. La realidad, desgraciadamente, fue otra. Y con esa cruz andamos

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