tribuna

El despertar de una isla

Las recientes declaraciones del presidente de la patronal de la construcción, Óscar Izquierdo, no han caído en saco roto y celebramos que la isla, al fin, parece reaccionar ante lo que estamos sufriendo. Tenerife no funciona, lo que por sí solo ya constituiría una tragedia, pero, encima, sucede esto cuanto más necesitamos actividad y relanzar una economía en franco deterioro. No hay un solo indicador que presuma una rápida recuperación tras el shock que ha supuesto la pandemia. Harán bien, los llamados a ello, en reclamar las ayudas europeas y nacionales y en su apoyo nos encontrarán siempre. Pero no es suficiente, no puede serlo. Tenemos un problema que ahora se muestra con total nitidez y que requiere una acción inmediata. La burocracia, asfixiante, no deja progresar a la isla y esto tiene consecuencias en oportunidades perdidas, en ilusiones truncadas, en trabajadores que salen del mercado laboral sin muchas posibilidades de regresar y en sueños desvanecidos. Parece que la Administración tomará cartas en el asunto cuando vea una caída de la recaudación como consecuencia que no hay apenas actividad. No es necesario esperar tanto.
Canarias ha construido una maraña legislativa en torno al urbanismo que empieza a enseñar su peor cara. No porque nos parezca, lo hemos dicho, que no merezca nuestra preciosa tierra toda la atención y cuidado, tan solo porque superponer leyes sin sentido no mejora nada, obstaculiza el desarrollo y genera unos incentivos tan indeseados como recurrentes: que algunos presuntos listos se los salten o se abone el campo para la corrupción. La abundancia de normas es un grave problema, pero no es el único. Claro que se puede, y debe, simplificar, pero mal haríamos sugiriendo que una vez hecho esto, terminarían las dificultades. Hay que mejorar el funcionamiento, modificar la estructura de la propia administración. No es aceptable que se puedan infringir plazos establecidos por las propias normas y que no ocurra nada a los responsables, obviando las consecuencias de esa demora. Tampoco parece razonable que las propias administraciones, en tiempos de desarrollos tecnológicos, no se comuniquen entre sí, grave cuando sucede entre distintos organismos pero esperpéntico cuando ocurre dentro del mismo.
De igual manera que los trabajadores del sector privado son juzgados y retribuidos en muchos casos por su productividad, no podemos seguir manteniendo una administración creciente con trabajadores con sueldos homogéneos, en la que no pase nada si uno no se desempeña con corrección ni tampoco si presenta un comportamiento indolente. Los procesos deben estar tasados y ser claros, la judicialización constante del urbanismo poco ayuda a que estos mismos trabajadores, aun los más valiosos, cuenten con la serenidad adecuada para dar curso a los proyectos. Son cuestiones esenciales y cualitativas que mejorarían las relaciones entre administrados y administradores de lo público, propiciando un clima de confianza y entendimiento previo a un relanzamiento de Tenerife como polo de inversión. Mientras en Las Palmas vemos como hay actualmente hasta tres docenas de proyectos en marcha, Santa Cruz de Tenerife no supera la ridícula cantidad de tres o cuatro, mientras los técnicos de Urbanismo piden paciencia a los inversores.
Llevamos tiempo insistiendo en la necesidad de priorizar estas decisiones con el fin de recuperar el tiempo perdido y no permitir que se nos sigan escapando oportunidades por el desagüe de la historia, con el alto coste añadido que tiene en riqueza y empleo. Las ayudas serán bienvenidas solo si sirven para mejorar nuestra situación como isla, pero no lo podrán ser tanto si lo que se consigue es sacar adelante proyectos de oportunidad, es decir, solo aquellos que estén preparados y encajen con la visión corta de una burocracia que ha dejado de sernos útil. Los grandes proyectos no pueden seguir aparcados en una gaveta esperando interminables trámites cuando existen personas encargadas de velar por el buen desarrollo de los mismos, la financiación disponible y unos empresarios ávidos de poder demostrar que cuando otros sectores se paralizan o se vienen abajo, quienes hemos tenido que sortear con muchos sacrificios anteriores crisis volveremos a estar en primera línea contribuyendo a la prosperidad de nuestra tierra. Y, esto es esencial, lo haremos junto a una ciudadanía que ha preferido elevar la voz ante tanta desidia, secundando la acción decidida de una organización empresarial como Fepeco que debe su independencia y capacidad de maniobra a su trayectoria y a poder presumir de que sus recursos dependen exclusivamente de sus asociados y no de la gracia gubernamental.

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