TRIBUNA

El plan piloto

Tenerife no levanta cabeza con la COVID y se enfrenta en las próximas horas con contumacia a nuevas multas y restricciones, que son la calle de en medio para doblegar la curva de los contagios. Hay quien aprecia un inconfesable pulso en el marcador entre Tenerife y Gran Canaria mediáticamente pleitista; las Navidades fueron más […]

Tenerife no levanta cabeza con la COVID y se enfrenta en las próximas horas con contumacia a nuevas multas y restricciones, que son la calle de en medio para doblegar la curva de los contagios. Hay quien aprecia un inconfesable pulso en el marcador entre Tenerife y Gran Canaria mediáticamente pleitista; las Navidades fueron más severas en el chicharro y los Carnavales no tan estrictos en la isla redonda. Pero escudarse en el insularismo profundo no cuela como coartada. La evidencia es que Tenerife no termina de rematar su desescalada particular. Es una isla renuente o la hechiza el coronavirus (el carnavalito de la calle Clavel lo ilustra a la perfección); sus razones tendrá. Y le han salido algunos imitadores, como Lanzarote, que es curiosamente la espía cómplice que tuvo siempre en la otra provincia.
Si por suerte ya son más los vacunados que los contagiados en Canarias (más de 50.000 frente a menos de 40.000), y Sánchez nos puso de paradigma para el resto del Estado, hagamos votos para que esa progresión no se detenga (el desiderátum de la vacuna no se ve igual en las islas que en Madrid). En el reciente viaje a Las Palmas de la ministra portavoz Montero para la toma de posesión de los cargos de la ZEC, sostuvo en privado, durante el almuerzo con políticos, empresarios y sindicatos, que la inmunización de rebaño se hará efectiva en verano. Ese es el pulso de la ciencia y el Gobierno frente al virus, la sístole y la diástole de la bradicardia de la economía, que ahora tiene un corazón lento. Si Tenerife regresa el lunes al nivel 2 por su errática convalecencia de la COVID es hasta para celebrarlo, agotadas todas las vías y ante el temor de una espiral de relajación, como ha ocurrido otras veces. Aquí prevenir es como la primera dosis de una vacuna, ponerse la venda antes que la herida inmuniza de manera comunitaria. Ahora entramos en otra fase de esta III Guerra Mundial (aunque la metáfora ha ido decayendo), si se cumple el cronograma de la vacunación, y Tenerife, de querer volver al podio turístico, se la juega no siendo un destino de fiar. Canarias, lo mismo.
En este periódico hemos invocado inocentemente un plus vacunal para acelerar la inmunización del destino. Ya he visto que Baleares también lo ha hecho, con poco predicamento en el Ministerio; supongo que seguiremos la misma suerte. Pero nos asisten razones de peso. La bomba no causó los mismos estragos en todas partes; en las islas dejó cráteres que cubren de humo y ceniza el resto, y no estamos hablando de las olas de calima. Sino del PIB, del turismo cero, de la legión de parados, y una crisis que toma el testigo de la Gran Recesión. Sin vacunación exprés no hay destino seguro a corto ni medio plazo, y las consecuencias no están escritas. El efecto es distinto, más grave y localizado que la tormenta peninsular: aquí se trata de una ciclogénesis explosiva. Y aunque el argot y el argumento del Gobierno central hayan sido el consabido café para todos, en esta crisis del coronavirus las islas son como las autonomías históricas, no somos iguales ni el daño es comparable y, por tanto, la emergencia tampoco. En esta semana en que la periferia insular y norteafricana de España tomó la palabra en el Senado como un conglomerado exótico, uno se pregunta por qué a menudo carecemos tanto de influencia política estatal respecto a cualquier autonomía (pongamos por caso Aragón, a título aleatorio). Si decimos que debemos ser compensados en el ritmo de inmunización, nos cuesta verbalizarlo, hasta con sentimiento de culpabilidad.
Se habló de islas laboratorio para los experimentos desconocidos, en el origen de los tiempos de esta pandemia. Éramos un buen eslabón para probar la futura cadena de confinamientos, cuando, en los prolegómenos del virus, se decidió someter a cuarentena a todo un hotel con mil personas dentro, en Adeje (cuyo aniversario traemos hoy a colación). Éramos buenos conejillos de Indias para documentar empíricamente el turismo cero, y cerramos el Archipiélago a cal y canto, pasando del agasajo a disolver de turistas hoteles, playas y aeropuertos. También fuimos pioneros en La Gomera, aislamos a los alemanes que trajeron el virus -que aquellos días de enero era como un ave de paso- y fuimos felicitados por la oficialidad.
Es consustancial a las islas considerarlas como tubos de ensayo para ciertas probaturas. (Ahora mismo lo es convertirnos en una secuela de Lesbos y Lampedusa en la crisis migratoria.) Y todas estas anomalías casi adhesivas al hecho insular no se tienen en cuenta, con la misma lógica, para intentar en territorios acordes (por espacio y población) la vacunación masiva. Entonces, se nos iguala al hecho continental. ¿Querrían España y Europa un buen ejemplo de inmunización de rebaño en tiempo récord? Pues tienen islas a tal efecto, a qué esperan.
En Homo Deus, Yuval Noah Harari cometió en 2015 un error de cálculo perdonable, al celebrar que los tres grandes quebraderos de cabeza de la humanidad (el hambre, la guerra y la peste) habían dejado de capitalizar los mayores riesgos de la humanidad. Apenas un lustro más tarde saltó el coronavirus y desarmó toda la agenda de desafíos de la civilización. Pero ahora que le hemos visto las orejas al lobo, son los pequeños territorios los que pueden ayudar a solucionar más deprisa los problemas globales que afectan a continentes enteros. Las islas, sin quererlo, serán las cobayas de las crisis sanitarias futuras (el coronavirus entró en España en enero de 2020 por La Gomera; el segundo caso, en febrero, fue un médico italiano en Adeje que obligó a la cuarentena del hotel H10 Costa Adeje Palace). Acelerar la vacunación en los archipiélagos que inauguraron el apocalipsis conviene a esa dinámica. El hundimiento económico de Canarias dobla la media nacional (el PIB cayó el 20,1% respecto al 9,1%), no parece razonable que guarde la misma cola para los antídotos, cuando aquí, por tamaño y censo, como en Baleares, sería posible una inmunidad de rebaño inmediata, si se quisiera. Pero no albergo esperanzas. El Estado tiene tics que no mutan. Del mismo modo que consiente la bomba migratoria de Las Raíces a sabiendas de que ocurre lejos en un lugar aislado, se resiste a priorizar la inmunización de Canarias y Baleares, dos destinos turísticos que necesitan urgentemente reivindicarse como corredores seguros, por más que fueran dos casos de éxito en Europa de las políticas apremiantes de 2021, el año de la vacuna, tras 2020, el año de la pandemia.