Tribuna

El tenso momento entre Rusia y la Unión Europea

He seguido con mucho interés y no menos estupefacción el revuelo generado hace unos días por la afrenta que el Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell, tuvo que soportar en Moscú ante el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov. Quizás los lectores de este artículo […]

He seguido con mucho interés y no menos estupefacción el revuelo generado hace unos días por la afrenta que el Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell, tuvo que soportar en Moscú ante el ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguei Lavrov.
Quizás los lectores de este artículo no hayan seguido ampliamente la actualidad informativa en este tema concreto y no tienen el detalle de lo que les hablo. Permítanme resumírselo tan brevemente como pueda: Borrell, que viene a ser el ministro de Exteriores de todos los europeos, fue enviado por la Comisión a Rusia, en visita oficial, en un momento de una extrema tensión en las relaciones entre la UE y el país que preside Vladimir Putin.
El contexto de la visita es complejo: desde el año 2014, a raíz de la anexión de la península de Crimea por Rusia, la Unión Europea inició un programa de sanciones económicas que se ha mantenido hasta el día de hoy. En estos últimos años, además, no han parado de crecer las denuncias por el recorte de los Derechos Humanos y las libertades en el país. La gota que colmó el vaso fue la condena a prisión del dirigente opositor Alexei Navalny, un hombre al que, entre otras cosas, se le condena por estar fuera de Rusia en el momento en que batallaba por su vida tras ser envenenado con una sustancia de la que pocos dudan de su origen e intenciones.
Las protestas ciudadanas que siguieron a la detención de Navalny fueron duramente reprimidas por el Kremlin, con más de 1.000 detenidos. En la rueda de prensa posterior al encuentro, que sin duda tuvo que haber sido muy tenso y complicado, Borrell habló abiertamente de la “profunda preocupación” que a Europa le generaba tanto el encarcelamiento de Navalny como su previo intento de asesinato con veneno, así como la contundente respuesta a las protestas ciudadanas.
La respuesta de Lavrov en la rueda de prensa fue dura: no solo exigió a Borrell que la UE no se inmiscuyera en las decisiones internas de Rusia, sino que cuestionó que un ministro europeo de origen español y, además, catalán, viniese a dar lecciones de democracia cuando en España hay, dijo, “presos políticos y políticos exiliados” a cuenta del llamado Procés. Poco voy a comentar de esto más allá de que deberíamos recordarle a Rusia que en España se han respetado las leyes y se ha instado a su cumplimiento en unos procesos judiciales que han otorgado todas las garantías jurídicas a quienes vulneraron flagrantemente el orden constitucional.
Más allá de esto, la mención de Lavrov no buscaba más que hurgar en algo que desde las esferas de propaganda rusa se lleva haciendo desde hace años con cualquier situación polémica en Europa: tratar de ahondar en las divisiones, contribuir a la desinformación y generar desconfianza en las democracias asentadas para, a la postre, terminar de justificar de cualquier forma su autoritarismo y total ausencia de respeto a las leyes. El manual de Putin no anda muy lejos de lo que hasta hace escasas semanas estaba tratando de hacer el propio Donald Trump (y que ya vimos cómo terminó con la gravísima invasión del Capitolio y la herencia de un país más dividido que nunca).
La coreografía de Lavrov, además, llevaba sorpresa. Sin haber informado a Borrell, en ese mismo día Rusia expulsaba del país a tres diplomáticos europeos que habían asistido como observadores a las protestas por el encarcelamiento de Navalny. Expulsar diplomáticos es, en términos de relaciones internacionales, la máxima expresión de la ruptura de relaciones. Al gesto ruso, los países afectados por estas expulsiones respondieron días después con reciprocidad.
Decía al principio que he seguido este tema con mucho interés porque, en términos geopolíticos y del papel que la Unión Europea quiere y debe jugar en el mundo, el momento en que se produce este enfrentamiento con Rusia es clave. En medio de una pandemia mundial y en un instante en que por todo el planeta aparecen proyectos autoritarios, la Unión Europea sigue siendo un faro para las libertades y la democracia que algunos, como a la propia Rusia, les interesa ver debilitado.
Pero decía también que todo este hecho lo he vivido, igualmente, con una enorme estupefacción: mientras los rusos se atreven a escenificar este desplante al mismo jefe de la diplomacia europea, algunos Estados miembros de la UE se han dedicado a criticar antes el gesto de Borrell que lo que está haciendo Rusia. En una Europa unida, es surrealista que algunos Estados critiquen al representante de la política exterior comunitaria por reunirse con Rusia y a la vez defiendan que sus ministros de Exteriores o sus presidentes lo hagan cuando deseen.
Es evidente que las relaciones entre la UE y Rusia son muy complicadas, pero si esto ocurre es porque Europa juega cada vez mejor su baza de gran potencia y no se esconde en escenificarlo. El gesto de Borrell requería de valentía y era necesario ante una situación tan inaceptable como la de Navalny y la posterior represión a los manifestantes que lo apoyan.
Me preocupa especialmente que algunos países de la Unión están jugando con fuerza la carta de la desunión, carguen contra la acción conjunta y miren exclusivamente por sus intereses. En este gran tablero geopolítico que es el mundo, la de Europa es y debe ser siempre la carta de la apuesta por las libertades y el respeto a los derechos humanos. Como digo, me preocupa lo que hemos visto con las críticas dentro de la Unión al necesario viaje de Borrell y me preocupa también la actitud insolidaria de algunos países europeos en el tema migratorio, un partido que se juega en estos momentos con la discusión alrededor del Pacto Europeo sobre Migraciones y del que dependerá la posición europea sobre la llegada de migrantes en los próximos años, que tanto nos afecta.
En este sentido, España lo tiene muy claro. En su recientemente publicada Estrategia de Acción Exterior 2021-2024, que presentó la ministra de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, Arancha González-Laya, se deja negro sobre blanco que la posición española es “unívocamente europeísta y multilateral”, pero que bajo este principio aspira también a proyectar por el mundo los valores que nos caracterizan como sociedad: la libertad, la paz, la igualdad, la justicia, la diversidad, la democracia, la sostenibilidad y el progreso.
La promoción de unos derechos humanos plenos y garantizados es uno de los grandes ejes de actuación de la política exterior española, es decir, de cómo nos mostramos al mundo. Lo de Rusia es una muestra más de que hay muchos actores en el mundo que tratarán de cuestionar estos ideales. El valiente gesto de Borrell quiso dejarlo claro y es grave que todos los miembros de la UE no hayan salido a defenderlo. Sin la defensa de los Derechos Humanos no hay Unión Europea.

* Exsenador y exdiputado socialista
en Cortes Generales