tribuna

Rafael Delgado, en la inquebrantable hidalguía isleña

Teníamos interés en recoger la firme y valiente actuación que tuvo ante la amenaza que puso cerco al patrimonio; había sido testigo del insaciable derroche especulativo

Su respuesta había quedado para más adelante. “Lo tengo que pensar”, me dijo tras exponerle nuestro intento de entrevista cuando le visité en la que en los últimos años fue su casa, su residencia al borde de la Rambla. Compartía con Carmelo Rivero el interés en recoger su caudal de experiencias, la firme y valiente actuación que tuvo ante la amenaza veloz que puso cerco al patrimonio. Queríamos recordar su respuesta frente al devorador óxido que llegó a empañar los rasgos identitarios. Rafael Delgado Rodríguez había sido testigo del insaciable derroche especulativo que sacudió los cimientos de la Isla en los años 60 y 70, de la voraz piqueta que se llevó por delante buena parte de las mejores huellas. Tiempo atrás nos distinguió con su afecto y consideración, que expresaba cuando acudíamos a visitarle en su domicilio, inmueble que delataba el trazo de Marrero Regalado, en el barrio de Salamanca, donde atesoraba un ingente patrimonio histórico artístico. Se extasiaba relatando la importancia de las múltiples piezas que salían al encuentro. Tenía a bien confirmar su recto vínculo con el mencey de Ycoden y, entre los múltiples tesoros, en ingente cúmulo de exvotos, daba preferencia a mostrar la tabona, símbolo máximo del natural con el privilegio de ser portador de la Chaxiraxi.

Desde hace dos décadas pasamos a ser vecinos en la misma calle y era frecuente el saludo al borde de la puerta, en la estrecha acera que daba pie para abordar los temas de actualidad, interesándonos por su opinión y conocimientos, por aproximarnos a los recuerdos que relataba de manera distendida y entrecruzaba con reiterada frecuencia advirtiendo: “Eso se lo digo a usted y a nadie más, y le ruego que ahí quede”.

Hace un tiempo acompañé en una visita a Maribel Oñate, entonces concejala de Cultura del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife. Maribel acariciaba el proyecto de rendirle un homenaje, para reconocer su labor en diferentes ámbitos, destacando su abnegado empeño en la catalogación de fondos, inventario e investigación de los archivos en el Museo Municipal de Bellas Artes, centro al que prestó un continuado asesoramiento colaborando con la directora María del Carmen Duque. Se pretendía hacer una exposición antológica, que reuniera en el Centro de Arte La Recova una selección de su amplia obra pictórica, con la maestría de sus múltiples retratos. La propuesta se veía interrumpida al primar el recorrido por la casa, cuando el anfitrión destacaba la singularidad de los tesoros, entre ellos la capilla marinera dedicada a la Virgen de Candelaria perteneciente a uno de los veleros que llevaron a los isleños hacia América. Atenta al menor descuido en su locuaz relato, Maribel se esforzaba por disponer de una brecha para retomar la propuesta al tiempo que Rafael mostraba el primitivo y original lienzo del Castillo del Santo Cristo de Paso Alto, con el Crucificado entre San Cristóbal y San Miguel, que evitó que se perdiera para siempre, obra del XVII de la escuela de Gaspar de Quevedo, anterior a la que realizó Juan de Miranda y que custodia el Museo Histórico Militar de Canarias. La propuesta expositiva quedó pendiente, adelantando que de aceptarla no iba a estar exenta de dificultad: “La obra está muy dispersa y requiere de catalogación, para lo que hay que dedicar mucho tiempo. Habría que seleccionarla y, para comenzar, hay que nombrar a un especialista que desempeñe el papel de comisario”. En el aire quedaron algunos nombres y propuso dejar el tema para un estudio pormenorizado, sin cerrar fechas ni que se pudiera considerar su aceptación para llevarlo a cabo.

PRESERVAR EL PATRIMONIO

Tuvimos la oportunidad de retomar la propuesta en otros ocasionales encuentros. En todo caso, bastaba con mencionar un inmueble para que relatara los avatares que hicieron posible su conservación o despertara en él la tristeza al evocar su pérdida. Sin que le temblara el pulso, había defendido la preservación del patrimonio y por diferentes cauces pudimos confirmar que mantuvo firme la mirada ante aquellos que no ocultaban el insaciable afán de sepultar en el olvido inmuebles que gracias a su pronta actuación, en calidad de consejero provincial de Bellas Artes, había salvado, tramitando con celeridad la declaración de BIC.

Contó en más de una ocasión con el apoyo cercano de Luis Diego Cuscoy. Fue el caso del Teatro Guimerá, cuando para unos pocos pero bien parapetados en la urdimbre social era un mero espacio de poco valor y apto para construir un garaje, o el Hospital de Los Desamparados (Hospital Civil, hoy MUNA), sobre el que ya habían trazado el proyecto de una nueva área administrativa. Su decidida intervención en San Cristóbal La Laguna evitó la desaparición de inmuebles tan relevantes como el convento de Santa Clara. Se le requería con frecuencia para tasar obras de arte, de propiedad pública o particular, y se lamentaba de la falta de pericia de las instituciones que no supieron arbitrar alternativas para garantizar, como ejemplo, que quedara en la isla una inmaculada de Juan de Miranda.

Rafael Delgado era un libro abierto. Nos deja un legado de enseñanza que marcha afortunadamente vivo en la trayectoria de sus muchos alumnos. Destacó por su sólida convicción religiosa y por su expresión elegante, sin rozar, siquiera levemente, la pose dada a la cursilona altanería. Su personal y equilibrada estampa era una referencia entre el público, destacando entre sus incondicionales amigos y familiares algunos en el imperecedero recuerdo, como Jesús Hernández Perera y Josefina Cordero, y otros en el presente, como Maca Hernández, Rodrigo Rodríguez, Domingo Martínez de la Peña, Fidela Velázquez, Miguel Ángel Clavijo, Rosario Álvarez, Eliseo Izquierdo o Sebastián Matías. Con todos compartía el saludo y mantenía una prudente distancia, evitando ser centro de atención, por lo que desechaba cualquier invitación que le llevara a participar en calidad de portavoz. Sabía cómo pasar desapercibido y no ocultaba su incondicional preferencia por el clasicismo, por el arte figurativo, al tiempo que marcaba su desapego por lo efímero, por las vanguardias, tendencias que observaba con distanciamiento. Fue firme defensor de la Real Academia de Bellas Artes de San Miguel Arcángel, de la que era miembro, al igual que de las de San Jordi de Cataluña, de la de Santa Isabel de Hungría de Sevilla o de la de Cádiz.

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