el charco hondo

Un Messi

Si la responsabilidad individual se asocia a nuestra capacidad para entender las consecuencias de las acciones que protagonizamos, y la corresponsabilidad a las obligaciones que competen a más de uno, los políticos de este país están llegando tarde a la incorporación de la corresponsabilidad epidemiológica (o culpa pandémica compartida) al relato gubernamental

Si la responsabilidad individual se asocia a nuestra capacidad para entender las consecuencias de las acciones que protagonizamos, y la corresponsabilidad a las obligaciones que competen a más de uno, los políticos de este país están llegando tarde a la incorporación de la corresponsabilidad epidemiológica (o culpa pandémica compartida) al relato gubernamental: no hay cargo público que se abra en alguna comparecencia a la posibilidad de que también haya pecado de irresponsable, sea por acción errónea u omisión con consecuencias fatales. No hay presidente ni ministros que reconozcan haberse equivocado al decretar o eludir determinadas medidas. Al igual que las pérdidas suelen socializarse mientras las ganancias se acogen al beneficio de la privatización, los gobiernos acompañan las olas de contagios poniéndose de perfil al paso de las restricciones mal planteadas o eludidas para, acto seguido, volcar las culpas sobre los excesos, la inmadurez, el egoísmo y la irresponsabilidad de los cerca de cincuenta millones de allegados que cada mañana hacemos que el país se tenga en pie. Cuando el virus nos da un respiro -siempre fugaz, y traicionero- la mejora de los datos solo obedece al buen trabajo de los responsables públicos, punto final; pero los repuntes nada tienen que ver con ellos, los picos son cosa de gobernados, jamás de gobernantes. Fueron los allegados quienes repuntaron, nunca los ministros -la culpa fue del chachachá, que tú me invitaste a bailar-. Tal vez, quizá, la descripción maléfica que desde los atriles se hace del comportamiento colectivo -generalizándolo- deba dar paso a discurso más humilde y autocrítico por parte de la parte política contratante. Tal vez, quizá, a los cargos públicos que en declaraciones o entrevistas culpan de la tercera ola a padres, nietos, sobrinos, hermanos y amigos, cabría pedirles que nos digan de qué padres, nietos, sobrinos, hermanos o amigos están hablando, de qué abrazos, excesos, besos o celebraciones, porque la inmensa mayoría hemos pasado las navidades preguntándonos cuándo carajo podremos volver a besar, abrazar y zarandear a quienes queremos. Fatiga. Cansa que nos hagan un Messi para sacudirse responsabilidades, culpándonos de los males propios y ajenos. Ofende. Nadie cuestiona la irresponsabilidad de algunos, pero toca reconocer públicamente el esfuerzo brutal que la inmensa mayoría está haciendo para acabar con esta pesadilla de una puta vez; y, ya puestos, podrían ministros y asimilados asumir alguna vez que también ellos la han cagado.

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