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El delator (y 2)

La historia en la que se sumerge Juan Manuel García Ramos en El delator no es una historia compleja. Anuda lo que sucedió en la época a la que se refiere, miles de muertos sin identificar enterrados por los caminos, divergencias políticas y morales que puso en contradicción con terror la dictadura. Así, víctimas señaladas, de Federico García Lorca por ser homosexual a Domingo López Torres por comunista. Y por ser ambos revolucionarios vanguardistas. Luego, intriga repugnante que acaso deba revisarse judicialmente en honor a la inocencia de los desaparecidos. En efecto, Domingo López Torres, por mor de su gran amigo Óscar Domínguez, se vio atrapado por el surrealismo central, con el que tuvo relación directa. Se prueba el encuentro con André Breton desde el año1932. Eso trae a Gaceta de Arte el riquísimo discurrir ensayístico de López Torres sobre la cuestión, porque fue el mejor especialista del tema de toda su generación y del idioma español. Y ello percute en los escritores de su alrededor: el traidor Emeterio Gutiérrez Alvelo, el intelectual Agustín Espinosa (que asimismo sufrió el franquismo por el erotismo de Crimen y eso lo mató) o el socialista Pedro García Cabrera. Nuestro hombre vivió el surrealismo por su condición doble: la tensión vanguardista en su extremo (el sueño, contra las costumbres y la moral burguesa, la expansión erótica…) y la constatación ideológica: estandarte de la izquierda de la Europa occidental, de ahí la aclamada unión de Pedro García Cabrera hasta el fin de sus días. Mas fue Domingo López Torres el que fraguó en Tenerife el supremo acto mundial del grupo: la segunda exposición internacional del Surrealismo, el segundo Boletín Internacional del Surrealismo y la Declaración (que no firmaron Domingo Pérez Minik y Eduardo Westerdahl por el contenido político). Eso manifestaron, al fin del escándalo que no fue por la prohibición oficial de la proyección de La edad de oro, de Luis Buñuel. Trama gloriosa que precipitó el final. El empeño de Breton de llevar Gaceta de Arte al surrealismo hizo reaccionar a Westerdahl y Pérez Minik. García Cabrera (el fundador) y López Torres contestaron a la renuncia dejando la revista para asumir contrarias fundaciones. Se dice que el encontronazo fue cultural (constructivismo frente a surrealismo) y no es cierto; fue fundamentalmente ideológico. Lo visto es lo que asesinó la dictadura (acaso con la ayuda del delator), un sujeto cabal, orgulloso de su ideario y de su responsabilidad.

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