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El odio, según la pandemia

Al tradicional odio entre españoles, que ya reflejó Machado en su poema, se une la pandemia de la COVID, que lo refuerza; nos ha hecho más ruines. El origen de la mala situación del país está en el poco respeto que inspiran los políticos en general, en el manejo fraudulento de las redes sociales y en la posibilidad técnica de que una mentira se propague y triunfe. Lo hemos visto, por ejemplo, en la confrontación y la manipulación de los aficionados al fútbol con el tema de la Superliga, de momento frustrada, y que ya ha entrado en los tribunales. Además, España ha exportado el odio fuera de sus fronteras. Los acalorados enfrentamientos políticos en Madrid dan pena y no seré yo quien señale aquí a los presuntos culpables del desaguisado: que hablen los votos. Aunque el valor de un voto, con las redes vomitando calumnias que no tendrán reproche penal alguno, ni consecuencia económica para el calumniador, ha bajado mucho. España anda en la cola de Europa en expectativa de supervivencia, pero se sitúa a la cabeza de la confrontación del pensamiento. Cada vez son más realidad las dos Españas que a mí, como al poeta, me hiela el corazón. La guerra civil comenzó, entre otros asuntos, por odio, el odio nos trajo casi medio siglo de dictadura; la falta de cultura para iniciar y terminar una discusión política civilizada sumió al país en años de atraso, mientras el mundo avanzaba. La derecha culpa a la izquierda y la izquierda a la derecha. Los dos bandos mataron, a sangre fría y ferozmente, para intentar imponer sus ideas. Nadie tiene el monopolio de la verdad, ni de la justicia, ni de la razón. Todos los extremos son malos y odiar a un semejante me parece reprobable, aunque en esto quizá todos hayamos sido culpables alguna vez en nuestras vidas. Qué tragedia, nadie quiere a España.

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