el charco hondo

La Superliga

La pandemia cambiará el mundo, y en algunos aspectos a peor. Los países ricos, inmunes, aumentarán la brecha con los que queden sin vacunar, rezagados o abandonados. Un muro sanitario separará a unos y otros, dibujando una pared que alcanzará un grosor bastante mayor que las razones empleadas por quienes, argumentando desde el lado bueno de la valla, dicen que el pasaporte COVID no será discriminatorio. Saben los europeos, y algunos magnates del fútbol que nunca van al fútbol, que los muros separan y dividen, jamás unen. La Superliga, impulsada por doce de los clubes más poderosos del fútbol, comparte filosofía con el certificado verde; en ambos casos, lo presentan en sociedad como bote salvavidas, poniendo el foco en los supervivientes pero dejando atrás a quienes viajan en segunda o tercera clase del Titanic. Como ocurre con el pasaporte de los vacunados, la competición que proponen los doce galácticos huele a elitismo, a muro, al bote que rescate a los que más tienen sacrificando a los que menos. La Superliga sacrificaría a los clubes de miles de ciudades, ese sería el precio que habría que pagar por añadir al mando de la tele una NBA futbolística. Los clubes son las ciudades a las que dan existencia, o se la quitan. El fútbol son las cafeterías donde los aficionados de los equipos modestos comentan el último partido o especulan con el siguiente, es el balón umbilical que une a hijos, padres y abuelos. Los clubes que jamás pisarán el césped de la Superliga son los que ponen a muchas localidades en el mapa, en la actualidad. El espectáculo habita en las pantallas, pero el fútbol se vive en los barrios, gradas, campos de categorías inferiores, oficinas, bares u hogares de ciudades que rara vez salen en la tele, late en calles que conducen a los estadios menos pudientes. La Superliga traería consigo, entre otras brechas, que los clubes de primera sean de segunda, y los de segunda de tercera, quedando reducidos los equipos y las categorías inferiores a la condición de especies en vías de extinción. La propuesta dibuja un cisma, incrementa el agujero negro que separa a ricos y pobres, galácticos y terrícolas, destierra, expulsa del planeta fútbol a quienes no formen parte de su aristocracia. Los promotores de la Superliga argumentan a corto, porque a medio plazo esa competición acabaría metiendo al fútbol en una jaula de oro, convirtiéndolo en algo de otros, alejado del día a día de la calle, de los campos humildes y de las cafeterías u oficinas que hacen del fútbol algo cercano, de esa conversación inacabable de la que participan todas las ciudades y no solo unas pocas elegidas.

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