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No hay trucos para librarse de la multa en una fiesta ilegal

Actuaciones como la de la Policía Local lagunera, que el pasado jueves frustró un botellón privado en un chalé de la Vega, demuestran que las argucias ideadas para dificultar su trabajo no sirven para nada
Varios miembros de la Policía Local de La Laguna proceden a la identificación de un grupo de jóvenes en un servicio reciente. CEDIDA

Impedir el acceso de la policía a la vivienda, esperar horas en el interior a ver si se cansan y se van, pasar desapercibido aprovechando la confusión propia de la situación… Son algunas de las artimañas que, popularizadas a través de los medios de comunicación, han captado la atención de quienes pretenden organizar o simplemente acudir a las fiestas ilegales que, pese a la pandemia actual, están teniendo lugar por todo el país, especialmente en fines de semana o días festivos como los de esta Semana Santa.

Sin embargo, por mucho que se quiera confiar en que, gracias a alguna treta como las descritas o similares, logrará evitar la correspondiente sanción en caso de que las autoridades se presenten en el lugar, la realidad es que solo están sumando la necedad a su incivismo.

Sirva como ejemplo lo ocurrido en la noche del pasado Jueves Santo en un chalé ubicado en el Camino del Pino, en plena Vega lagunera, desde el que aquella noche se empezó a escuchar, ya en horas del toque de queda, la música propia de todo tenderete.

Alertados por el estruendo, los vecinos del lugar dieron parte y allí se presentó, minutos después de las once de la noche, una patrulla de la Policía Local de La Laguna, cuyos componentes comprobaron inmediatamente que se trataba de una fiesta ilegal.

Es más, lo primero que hicieron fue echar un vistazo al interior de la propiedad, dado que la valla perimetral no era lo suficientemente alta como para impedirlo. Así averiguaron que, al menos, había 15 personas en el jardín del chalé disfrutando de la francachela sin cumplir las medidas más elementales contra la COVID, como son el uso de la mascarilla o la distancia social.

El despliegue

Los agentes actuaron como está previsto en estas situaciones, y alertaron a sus compañeros, Cuando a las once y veinte decidieron tocar el timbre del chalé, ya eran nueve los policías locales laguneros en el lugar.

Dos jóvenes abrieron la puerta (las edades de los incívicos involucrados oscilan entre los 19 y los 24 años), y uno de los cuales dijo ser el hijo de los propietarios, que por supuesto, no estaban esa noche en casa.

Aquí empezaron las artimañas. Como reza el manual del buen incívico, lo primero fue negarse a que los agentes accedieran al interior de la propiedad, aunque, puestos al tema, los chicos se vinieron arriba y también se negaron a identificarse y a facilitar la filiación del resto de los presentes.

Armados de paciencia, los agentes dialogaron con los jóvenes y emplearon casi media hora para explicarles que, si bien tienen derecho a negar el acceso, hay que identificarse cuando se lo pide un policía, a lo que finalmente accedieron tanto el hijo de los dueños del chalé y dos más.

En realidad, los jóvenes ganaban tiempo para la segunda artimaña de la noche, menos glamurosa que la primera. Se trata de esconderse, y a ello se pusieron una media docena de los asistentes a la ya malograda velada. Confiados en las notables dimensiones de la finca en cuestión, salieron a hurtadillas del chalé para esconderse en los recovecos exteriores de la misma, aunque siempre dentro del perímetro. Ni qué decir que la escena despertó el interés de los agentes apostados en la valla.

Faltaba muy poco para la medianoche cuando los policías hicieron ver lo absurdo de la situación, dado que sabían hasta los arbustos donde se habían ocultados unos, o los coches tras los cuales pensaban pasar desapercibidos. La cordura regresó entonces a ocho de los presentes, que optaron por salir e identificarse ante los agentes.

Como no podía ser de otra manera, hubo quien ejerció de ‘cuñado’. Fue el primero que se negó a identificarse y, en todo momento, insistía al hijo de los dueños para que no colaborase con los agentes. Incluso, quiso asustar a un agente con el anuncio de que su padre era Policía Local y que se iba a enterar… No sin antes darles un nombre falso, a las doce y veinte acabó mostrando el DNI.

Pocos minutos después de la una de la madrugada del Viernes Santo e identificados todos los que ya habían salido del chalé, tanto el hijo como su amigo ‘asesor’ anunciaron que dormirían en la casa, pero esta nueva treta tampoco coló. A los agentes no les salían las cuentas: solo diez identificados y había al menos 15 personas.

La última bala

En ese momento fracasó otra de las artimañas más populares: esperar lo que haga falta a ver si la Policía se cansa. Agotado el tiempo para la paciencia, los agentes dejaron claro al hijo de los dueños que montarían un perímetro en el exterior hasta que salieran los que faltaban y que estaba a un palmo de ser denunciado por un delito de desobediencia.

Ahí terminó por desmoronarse la ingenua convicción de que hay trucos para no responder ante la autoridad si eres sorprendido en una fiesta ilegal, por privada que sea el lugar de celebración. Salieron los que faltaban (al final eran 16 los presentes) y fueron identificados. A todos se les ha denunciado por incumplir las normas contra la COVID, y al ‘asesor’ además por la ley de seguridad ciudadana.

Sirva como colofón que, mientras esperaban a que los jóvenes entraran en razón, los policías tuvieron tiempo de sobra para multar a los vehículos situados frente al chalé por su mal estacionamiento. Otro recuerdo más de la, posiblemente, la peor fiesta de sus vidas.

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