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A la española

Cuando el amable –y curioso- lector ojee estas líneas estará informado de los resultados de las elecciones madrileñas y hasta podrá barruntar de que signo político será el nuevo Gobierno autonómico. Es un privilegio vedado al autor, que ha tenido que escribir y enviar al periódico el artículo con una antelación que no le permitía incorporar el análisis de los resultados. De modo que el curioso –y amable- lector ya sabrá si se han cumplido las previsiones que le concedían a Díaz Ayuso una cómoda ventaja –y hasta la mayoría absoluta-, mientras expulsaban a Ciudadanos a las tinieblas exteriores de la Asamblea por no alcanzar la barrera electoral. Y también sabrá si los brutales ataques a Vox –en algunas ocasiones físicos, con piedras y palos- han tenido efectos en un sentido o en otro; si Gabilondo debe concentrarse en no perder el tren del Defensor del Pueblo, y si Pablo Iglesias y Errejón han de seguir peleándose –fraternalmente-, pero en la oposición.
La campaña electoral que hemos sufrido los españoles -en esta ocasión Madrid ha sido España- tuvo caracteres muy preocupantes, porque incorporó la violencia, la agresividad y el sectarismo del abyecto y cenagoso pantano en que ha devenido el escenario político de este país. Las amenazas postales de muerte, con balas incluidas, fueron el alarmante final de esta campaña, que nos ha revelado una vez más por qué a lo largo de unos pocos siglos nos hemos enfrentado brutalmente y con saña asesina en siete guerras civiles, aunque hay muchos empeñados en olvidar las seis primeras. No está fundamentada la hipótesis de Vox de que se trató de un montaje a la desesperada de la izquierda para remontar unas expectativas más que pobres desde el victimismo indefenso. Pero lo cierto es que, por ejemplo, sirvió de coartada a Pedro Sánchez para introducir en la campaña a la directora de la Guardia Civil, receptora de una de esas cartas, operación sin precedentes que vulneró el obligado apoliticismo del Instituto armado, que, además, tiene carácter militar, y, por consiguiente, ofendió a todos sus miembros. También sirvió para justificar la negativa de la izquierda a participar en los dos debates televisivos que faltaban, dada la contundente derrota que les había infligido Díaz Ayuso en el único que se celebró. Y no olvidemos que, en el pasado, Rita Barberá y Javier Arenas recibieron cartas y balas semejantes.
Esta campaña electoral a la española incluyó que el candidato socialista, fiel al estilo mentiroso de su mentor, pasara de “Con este Iglesias, no” a “Pablo, tenemos doce días para ganar”. Ya antes, en la Exposición de Motivos de la norma, publicada en el BOE, que despenaliza las agresiones, coacciones y amenazas de los piquetes en las huelgas, de manera insólita y sin precedentes se había atacado al Partido Popular y al Gobierno de Rajoy.
Si estuviéramos en un país serio, en Correos se hubieran producido más que ceses y dimisiones por la no detención de las balas y por la emisión de tickets de votos emitidos a nombre de ciudadanos que no habían votado por correo.
En un debate en La Sexta, una profesional sanitaria calificó la muerte de un cabo del Ejército después de haber sido vacunado con AstraZeneca de “hecho anecdótico”. Para ella la muerte de un ser humano es una anécdota. No hay duda, estamos en España. Y en plena octava guerra civil.

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