conversaciones en los limoneros

Una mujer involucrada de lleno en un nuevo y gran proyecto: ‘Edén en llamas’

Carmen Cólogan parece suave de maneras, aunque me han dicho que cuando se cabrea es preferible huir. No tuve esa sensación. “Yo pasé varios meses muy cansada el año pasado; sí, me afectó la pandemia porque no me gusta ver sufrir a la gente”. “¿Mi familia?: Sí, te diré que somos cinco hermanos y que yo soy la única que se ha dedicado a la pintura, pero ni una palabra más, porque tú has venido aquí a entrevistarme a mí y no a hablar de mi familia”

La primera conclusión que uno saca al conocer de cerca a Carmen Cólogan (La Laguna, 1959) es que se trata de una persona extremadamente educada. Y no quiere, por nada, que se hable de su familia, ni de su vida privada. En eso es una gran guardiana de sí misma. “Hablemos de arte, que es maravilloso”, me dice. Más pronto que tarde, su vida y su obra aparecerán en la Biblioteca de Artistas Canarios, los famosos libros negros que edita Cultura. La constancia editora y la buena selección de los artistas han provocado que ahí estén casi todos. Si alguien quiere saberlo todo del arte que se ha hecho y se hace en Canarias debe consultar esos tomos, que afortunadamente siguen apareciendo; alrededor de tres cada año. Licenciada en Bellas Artes por la Universidad Complutense, Carmen se dedicó un tiempo a la enseñanza. “Pero no era lo mío, aunque mi familia lo estaba deseando, quizá para que no entrara en un mundo para ellos desconocido”. No quiso seguir en la docencia y lo dejó. Estudió un año en Londres, porque creía que aprender bien inglés en el mundo del arte era lo conveniente; es celíaca y ha sufrido mucho con la pandemia. Sufrimiento del de verdad, por dentro, al ver tanta desgracia en el mundo. Carmen parece suave de maneras, aunque me han dicho que cuando se cabrea es preferible huir. No tuve esa sensación. “Yo pasé varios meses muy cansada el año pasado; sí, me afectó la pandemia porque no me gusta ver sufrir a la gente”. “¿Mi familia?: Sí, te diré que somos cinco hermanos y que yo soy la única que se ha dedicado a la pintura, pero ni una palabra más, porque tú has venido aquí a entrevistarme a mí y no a hablar de mi familia”.


-¿Te dio tiempo de vivir la movida madrileña?
“¡Claro!, la disfruté a fondo. Lo que pasa es que casi siempre el canario acaba aquí. Por mi buhardilla de la calle León pasaba todo el mundo. Recuerdo mucho a Alaska, a Carlos Berlanga, a un montón de gente. Lo pasé muy bien”.


-Es complicado el mundo del arte. ¿Eres de las que se quejan?
“No, porque yo sigo vendiendo, a pesar de todas las crisis. Vivo de esto, o sea que algo debe tener lo que hago para que la gente compre mi obra”.


-¿Y en qué andas ahora?
“En un proyecto que se llama Edén en llamas”.


-Qué curioso, el mejor libro de poesías de César González-Ruano (Ed. Renacimiento) se llama Ángel en llamas. Lo bueno parece quemarse: “La desnudé con pericia de cardenal romano/diciéndole al oído que era González-Ruano/el poeta cubista de esta vertiente pirenaica”.
“No lo sabía. Se trata de un proyecto que se me ocurrió durante el encierro por la pandemia y tras un viaje a China. Estaba muy cansada, como te he dicho. Y empecé a pensar. Yo lo que quería era olvidarme de todo, disfrutar. E imaginé un relato con el árbol, el drago concretamente, como motivo. No la copa, sino el tronco y la raíz. Y, en medio, unos textos adecuados y unas ilustraciones que me salían del alma. Una especie de cuentos, textos cortos, muy míos, acompañados de recreaciones plásticas del drago”.


-¿En qué dragos te inspiraste?
“La Casa de Franchi, en La Orotava, pertenece a mi familia. Allí había un drago magnífico, que murió probablemente de viejo, aunque también hay otros. Esa fue mi inspiración. Y la visión de unos cuadros, en China”.


-Dejaste la enseñanza. ¿Cuánto tiempo aguantaste en ella?
“Siete interminables años en un Instituto de Enseñanza Media de Madrid”.


-Tu origen aristocrático no casa muy bien con esa fauna de artistas. Con esa tribu.
“Mi origen no tiene nada que ver con mi profesión. Es algo que te impone el nacimiento, pero luego tú te dedicas a lo tuyo. Me molesta bastante que me saquen a relucir mis orígenes, de los que por supuesto no me avergüenzo; todo lo contrario, estoy orgullosa”.


-La colección para Edén en llamas, ¿a qué responde técnicamente?
“Trabajo con pigmentos, me inspiro mucho en el escultor británico Anish Kapoor, de origen indio, que hace una obra conceptual interesantísima. Yo utilizo pigmentos para mis pinturas de esta colección que le dan mucho colorido; pinto sobre madera”.


-Oye, Carmen, ¿se vendió mucho arte en la pandemia?
“Yo sí, sobre todo a coleccionistas checos, gracias a esa gran mujer y excelente profesional que es Marcela Tosal”.


-¿Tu marchante?
“No, ella no es marchante, sino gestora de arte, que es algo mucho más elegante y mucho más moderno. Le estaré siempre muy agradecida”.


-¿Qué has tenido que pintar para vivir del arte? Todos los artistas pasan por épocas negras.
“Mira, no me arrepiento de nada. He hecho hasta heráldica, con muy buenos resultados. Y también retratos, pero me parece que con nada de eso soy feliz. Necesito inventar otras cosas”.


-Cuéntame algo más de Edén en llamas.
“Son 16 cuadros de gran formato, 1,90×54, que están hilados en cuanto a su temario. Es decir, que uno tiene algo que ver con el otro. Todos recrean una especie de paraíso, aunque varios contengan troncos negros, porque se han quemado y algunos de ellos están envueltos en una neblina, que puede ser la neblina de la felicidad, del olvido, vete tú a saber. No voy a desvelar el contenido de los relatos, ni de las pinturas, hasta que no aparezcan en la exposición”.


-¿Eres capaz de escaparte alguna vez de tus cuadros?
“No lo sé; pienso que vivo dentro de ellos, tan comprometida con el arte como estoy. No descanso, me muevo siempre por los alrededores de la pintura. Soy incapaz de librarme de ella”.


-¿Y la escultura?
“He diseñado esculturas, pero no he trabajado en ellas con mis propias manos. Hago el diseño y otras manos crean la escultura”.


-¿Tienes otras influencias, además de la expresada?
“Una vez, en China, fui a parar a un distrito de Pekín en el que sólo se creaba. Y entré en una nave, enorme, una galería en la que sólo había dos cuadros del artista británico (aunque nació en Berlín) Lucian Freud. Él empezó siendo surrealista y luego se convirtió en figurativo. Es todo un referente. Era nieto de Sigmud Freud y su pintura tiene una fuerza terrible. La visión de esas pinturas me conmovió y me inspiró en lo que hago ahora. Quizá de ahí nació realmente el proyecto del Edén en llamas. No sé. Ya te digo que aquella visión me impactó mucho. Murió en 2011 en Londres, a los 88 años”.


-Has tenido oportunidad de exponer en ciudades importantes.
“Sí, no me puedo quejar de las exposiciones ni tampoco del éxito alcanzado”.


-¿En qué ciudades?
“Citaré sólo algunas: Praga (en tres ocasiones), Berlín, Lisboa, Madrid, Barcelona, Sevilla, Rabat, Tetuán. En Tetuán, que si vas ahora no conoces la ciudad de hace treinta años, se han abierto instalaciones magníficas para los artistas. Marruecos es un gran país, con mucha sensibilidad. Su progreso cultural me parece evidente. Por cierto, no te he dicho que Edén en llamas se expondrá en Bruselas, en una muestra organizada por el Instituto Cervantes para el próximo año”.


-Pareces una mujer serena.
“Hago yoga desde hace quince años; a lo mejor esto te explica algo”.


-Los palmeros te conocen bien.
“Lo dices seguramente por mi mural de Los Llanos de Aridane, de 1,90×54, que forma parte de una exposición de arte en la calle que la ciudad quiere llevar adelante”.


-Y pareces una mujer trabajadora.
“Me hace gracia cuando me asocian con una determinada capa social insular. Vale, ya dije que no renuncio a mis orígenes. Pero me da rabia, porque me he matado a trabajar. No he hecho otra cosa en la vida que matarme a trabajar. Parece como si lo que tengo, o lo que he conseguido, me lo hubieran regalado; y no es así, te prometo que no es así”.


-No, si yo no digo nada.
“No, hombre, no lo digo por ti, hablo en general”.


(Hablamos de un montón de cosas. Me confiesa su admiración por lo que hace Cristina Gámez, su gran amiga, que ocupó estas páginas hace unas semanas. Me dice que de pequeña se pasaba horas y horas mirando y admirando la fortaleza de los dragos. Y luce un colgante de colores que le han traído de Cabo Verde que, cómo no, es un árbol, aunque no parece salido de su Edén en llamas, sino que es otra cosa, pero muy estética. Elige muy bien la comida por sus problemas digestivos, pero come bien, mucho y a gusto. Queda lejos aquella época madrileña, pero tiene otros proyectos, además de los citados. Prepara para noviembre una exposición comisariada por Marcela Tosal, gestora de arte ya citada aquí, en el hotel Corales Suites de Adeje).

-¿Podrías resumir tu filosofía de vida?
“Lo haré, en pocas palabras. Mi propósito en la vida y en el arte es que junto con la experiencia y la práctica de la pintura pueda encontrar la conciencia y la coherencia para ser siempre yo misma. Sólo eso, o todo eso”.


-Tienes obra en el TEA.
“Sí, el Bosque de Islarios, seis piezas de 1,90×1,08, que se expusieron allí en 2016”.


-Hay que ver cómo se te dan las líneas, los trazos exactos.
“Tengo bastante de perfeccionista y sí, me gustan las líneas rectas. Es una característica de mi obra”.


(No bebe, no fuma, me parece extremadamente educada. No sé si de aquí se irá a hacer yoga, ni siquiera si le he hecho preguntas inteligentes. Las respuestas sí lo han sido. Me he quedado un poco corto con el texto, pero Carmen me envía un whatsapp matizándome algunos conceptos, lo que le agradezco. No le gusta su perfil –a mí sí— y le dice al fotógrafo que afine. Nuestros fotógrafos son muy buenos, Carmen. Parece que lleva los dragos en su sangre lagunera. Había o hay dragos bonitos en La Laguna, como el del seminario viejo. Por el interior de un drago quizá circule la sangre de las islas, es muy posible. Se lo preguntaré a mi amigo Wolfredo Wildpret. Con 19 o 20 años, a Carmen no se le escapaba ningún rincón de Londres, ni tampoco renuncia a seguir recorriendo ciudades para arrancarles sus bellezas para proyectos de arte. Ahora sí tengo que terminar. Ha sido un auténtico placer este rato en Los Limoneros, entre árboles que sólo los puede quemar el sol de mayo. Yo me bebo un whisky como despedida, Carmen ni siquiera eso).

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