Avisos políticos

El corazón de las tinieblas

Y la vida continúa igual a sí misma, y prosiguen, como siempre, los compromisos, las rutinas y las obligaciones. Debo escribir los avisos políticos del jueves, pero no me siento con fuerzas y la política hoy no me importa nada. Lo único que siento, y que me importa hasta hacerme daño, es la mirada -los […]

Y la vida continúa igual a sí misma, y prosiguen, como siempre, los compromisos, las rutinas y las obligaciones. Debo escribir los avisos políticos del jueves, pero no me siento con fuerzas y la política hoy no me importa nada. Lo único que siento, y que me importa hasta hacerme daño, es la mirada -los ojos- de Olivia y Anna, que me contemplan sonrientes desde una foto o un vídeo que su madre ha publicado en un intento desesperado por ayudar a encontrarlas. Ojalá esa sonrisa fuera actual, ojalá las niñas estuvieran vivas, pero no lo están. Y pudiera ser que así le sonrieran también a su padre antes de matarlas; que le sonrieran al demonio al que llamaban papá y en el que confiaban infinitamente, sin darse cuenta de que ahora era distinto a otras veces, de que esta vez no era un juego, sino que les iba a robar toda la vida, la única vida que tenían por delante y que ya nunca podrán vivir. Y ante el horror que ni siquiera el suicidio redime, la única esperanza es que no sufrieran, que cuando su asesino las tiró al mar y el agua salada anegó sus pulmones de niña, ya estuvieran muertas. A pesar de mis deseos, también en este caso la política asoma su faz mentirosa y cansina. Somos herederos de una perversa cultura nominalista, que cree que al cambiar el nombre cambia la naturaleza de la cosa. Y hemos asistido –incrédulos- a un absurdo debate partidista sobre los adjetivos que deben calificar a esta violencia criminal; un absurdo debate partidista ante los cadáveres insepultos de dos niñitas indefensas asesinadas por su padre. Ahora bien, lejos de la política, la sociedad se cuestiona coherentemente cómo acabar con esta lacra que nos descalifica en cuanto seres humanos. Y con unanimidad se señala que la educación nos puede redimir. Es posible que no haya otro camino, pero somos muy pesimistas al respecto. Primero, porque los siniestros protagonistas de estos comportamientos son mayoritariamente jóvenes. Y, en segundo lugar, porque estamos atrapados en un sistema educativo nefando, que hace que demasiados alumnos que terminan la educación obligatoria no sepan leer y escribir correctamente, y nunca hayan leído un libro digno de ese nombre, y, además, puedan obtener títulos académicos con suspensos: mal van a aprender e interiorizar valores los que no son capaces ni de aprender elementos culturales básicos, que, por otra parte, no les interesan nada. Estos sucesos deben servir, al menos, para que la policía preste una mayor atención a las denuncias de las mujeres, tantas veces ignoradas o minusvaloradas; para que los jueces en ocasiones no denieguen incomprensiblemente medidas de protección que pueden salvar vidas de mujeres y niños; y para proteger a los niños de la saña asesina de sus progenitores. Mientras tanto, nuestro deseo más intenso y fuerte -y nuestra esperanza- es que el cadáver de Anna sea encontrado por fin y que las dos hermanitas estén juntas en la otra vida como lo estuvieron en esta, y así descansen en paz. Nuestro más sentido pésame a su madre y su familia. Y, desde el corazón de las tinieblas y la desolación de la muerte, solo alcanzamos a repetir las últimas palabras de la agonía de Kurtz ante Marlow en el profundo seno de una selva de la que ya no saldrá: “¡El horror! ¡El horror!”. Un horror que no entendemos ni somos capaces de explicar.