visiones atlánticas

Gobernar a la contra

La globalización ha puesto al límite a las democracias liberales. El derribo de la ideología comunista, que debía llevarnos al “fin de la historia”, nos trajo el relativismo como principio organizador. En el mundo, dos sistemas compitiendo con sus propias reglas comerciales, financieras, estratégicas, geopolíticas y militares. Se degradan las democracias liberales, por quienes nos gobiernan a la contra, que en el virus vemos extremados. Nos movemos entre los sistemas “constitucionalistas” de las democracias liberales, con imperio de la ley en libertad, igualdad y fraternidad, primando al individuo como referente y medida de sus valores. Contra los sistemas “multiculturales, que han renunciado a defender al ciudadano, contra el estado que es el paradigma. Donde los “neocomunismos” de cualquier ideología extrema y/o nacionalismos sacrifican los derechos individuales. Aparecen múltiples sujetos a los que dar preferencia, anteponiendo legitimidades segmentadas soportadas en sexo, nación, ideología, clima, animalismo, eutanasia, raza, educación, empresa, religión, reproducción, colonialismo, familia y más. Lo adjetivo contra lo sustantivo. Situaciones extremadas que vemos en Cuba, Venezuela y Nicaragua. Naciones comunistas que precisan transformarse en sistemas de “partido único” y empobrecer a sus “descamisados”. Para gobernar un caos económico que se mantiene con la fidelidad de un tercio de la población y la corrupción de sus fuerzas armadas. No debe asombrarnos el asalto al Parlamento de Maduro en Venezuela y la persecución criminal a la oposición encabezada por Guaidó. Análoga escena ofrece el matrimonio Ortega-Murillo en Nicaragua, donde en el arranque de las elecciones a celebrar en noviembre, encarcela o secuestra a las cuatro principales aspirantes de la oposición. A Cristina Chamorro, la hija de Doña Violeta, a Arturo Cruz y su Alianza Ciudadana, a Félix Madariaga abanderado de Unidad Nacional Azul y Blanco y al economista Juan Sebastián Chamorro, primo de los Chamorro, con su Alianza Cívica. Asombra la postura de la UE y más aún la española, inclinada hacia el costado de su actual gobierno, cuyos efectos directos llegan hasta nuestro ministro de Asuntos Exteriores de la UE. Aquí el constitucionalismo social, que desde 1959 degradó con el peronismo la Constitución Argentina, movimiento iniciado en el actual Chile y que seguirá en Bolivia y Perú. Degradación Constitucional que en el caso español ofrece la barrera de los 2/3 para reformarla, si bien se va a su contra desde otros frentes. Atentando contra la separación de poderes en la elección del Fiscal General del Estado, en la renovación del Consejo General del Poder Judicial, cuya rotura unilateral paró la UE. Contra la Constitución, con la Ley de Memoria Histórica ahora democrática, contraria a la Ley de Amnistía del 77, núcleo de la Constitución del 78, que ofrece al estilo orwelliano su Ministerio de la Verdad, negado ya por el poder judicial. Ocupando empresas públicas y participadas, medios y agencias. Se concentra la pérdida de legitimidad del actual Gobierno, en la pérdida de confianza generalizada, ligada a su deslealtad e imprevisibilidad de sus actos. Pérdida de lealtad ante sus compromisos electorales, pérdida de lealtad a la Constitución, las leyes y la nación. Y pérdida, que quizás sea la principal, de lealtad contra la verdad. Cuando la realidad no se pliega a la ideología, se reconstruye. Dos representaciones “tartufas”. Ante Biden, que no se fía de España, con efectos en Sudamérica, Marruecos, la UE y la Alianza Atlántica. Y en la deriva “multicultural”, moral adulterada que pliegan en los asesinatos vicarios de “nuestros ángeles de Tenerife”, a su deriva ideológica. Cuando en este tipo de actos en Europa, los 2/3 los ejercen ellos y 1/3 ellas. Dolor nacional.

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