en el camino de la historia

Las viejas historias de Canarias

No habrá que remontarse en el tiempo al acuerdo de Calatayud, en 1481, que se firmó entre el guanarteme – ya bautizado Fernando- y el rey de Aragón, Fernando El Católico, en el cual se hacia referencia a las nuevas circunstancias de convivencia y armonía entre los canarios que quedaron después de la conquista y ,sobre todo, en el convencimiento de que los “alzados” serían conducidos al nuevo orden y aceptarían las normas establecidas entre lo que se denomina España y Canarias.
Tampoco habrá que remontarse a la desproporcionada aventura de Alfonso XIII, que, en un alarde de cobardía institucional, se hizo a sí mismo un atentado que facilitó durante siete años una dictadura que produjo malestar y retroceso político-social en el despegue de un país que se asomaba con cierta timidez a Europa, y más sin el desgaste de no haber participado en la Primera Guerra Mundial. Y el general Primo de Rivera, que, en un afán de seleccionar, de diferenciar, dividió el Archipiélago distribuyendo poder entre las islas grandes y dejando atrás las pequeñas, en donde se empezó a salir de manera tórpida mediante el Mando Económico de Canarias propiciado por el General Franco, en 1941.
Canarias tiene viejas historias a veces movidas por personajes que tampoco habría que remontarse a aquel presbítero de Garachico, Matias de Aguilar, durante el trienio liberal, que por propagar sus ideales independentistas fue perseguido y apartado de sus relaciones con los feligreses, el cual se perdió en las hojas del libro de los tiempos, pero quedó, al menos, como referente de un personaje que dejó un palpito de reflexión sobre situaciones colonizadoras, de opresiones y, sobre todo, de irrespetuosidad hacia una tierra que se doblegó por la fuerza de los que llegaron de afuera y por la traición de los de aquí.
No nos olvidemos de esas viejas historias desde un camaleonismo perfectamente urdido y amparado por aquellos que desde lo mezquino de sus ideales fueron comparsa del adulamiento y secuaces del desaguisado. Muchos se pasaron de un lado a otro en un santiamén; cuando antes habían sido furibundos defensores de las libertades, al día siguiente se ampararon en la censura para cortar todo lo que concerniera a la libertad de los pueblos, actuando como denunciadores de muchos que fueron camino de las cárceles y del destierro.
Sería muy necesario y conveniente que nuestra vieja historia no fuera manipulada y menos inventada. No se debe en un momento quizás decisivo para las Islas transitar por los vericuetos del engaño y estar arropadas en un falso entusiasmo. Canarias necesita comenzar a construir una nueva historia con unos personajes que no escondan resabios, que sean limpios en la preocupación, que no se embosquen en los reductos de la venganza o de la traición, y que, primero, se comporten como líderes de su propia persona para poder tener y ser con toda credibilidad líderes de los demás.
Canarias no solo podrá alimentarse de viejos cuentos, sino que también necesita nuevas palabras que sean capaces de construir un argumento diferente donde ya se pueda sentir como sujeto histórico, mandando a la porra leyendas que son buenas para entretener, pero que crean dificultad para caminar.
El Archipiélago necesita una nueva historia que comience a escribirse con mayúsculas y dentro de un espacio socio-político ensanchado, ilimitado, que diga en su inicio que somos un pueblo por un sinfín de razones y que pretendemos ser una nación también por un sinfín de razones y poder encontrarnos a sí mismos, sin más cuentos y más historias. Es la primera, quizás, la única, la más importante, la que hay que empezar a escribir.
¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Se dan condiciones ideológicas para dar el salto que nos equipare al resto de las naciones del mundo? Y, además, ahora cuando las amenazas son múltiples desde el retroceso social hasta la zozobra y amenaza propiciada por países terceros, y no vamos más allá de Marruecos, ¿tenemos un cuerpo fuerte para romper ataduras y poner en rodaje un nuevo contrato político?

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