Tribuna

Playgrounds

Nuestras urbes se ven salpicadas de intervenciones de escasa entidad, donde elementos prefabricados escogidos por catálogo convierten a estos espacios en lugares predecibles, repetitivos y sin relación alguna con el entorno


Aldo van Eyck, Playground Dijkstraat, 1954. Antes y después.

Hace poco más de treinta años que la Convención sobre los Derechos del Niño se convirtió en ley después de ser aprobada y firmada por más de 20 países, entre ellos España, donde se recogían los derechos humanos de los más pequeños: “No hay causa que merezca más alta prioridad que la protección y el desarrollo del niño, de quien dependen la supervivencia, la estabilidad y el progreso de todas las naciones y, de hecho, de la civilización humana”.

A lo largo de sus 54 artículos, reconoce que los niños son individuos con derecho de pleno desarrollo físico, mental y social, y con potestad a expresar libremente sus opiniones. Llama particularmente la atención el punto 31 donde se reconoce el juego como uno de los factores fundamentales en su desarrollo a través del cual, los infantes pueden crecer intelectualmente (aprender a pensar), socialmente (aprender a ser), físicamente (aprender a hacer) y estéticamente (aprender a crear).

Francesco Tonucci, psicopedagogo y especialista italiano sobre la infancia, lleva más de tres décadas hablando de la necesidad de otorgar a los más pequeños un papel activo en las decisiones que afectan a la ciudad, devolviéndoles el espacio urbano que precisan para, al igual que los adultos, poder disfrutarla: “Una ciudad donde hay niños en la calle es una ciudad sana; aquella donde no los hay, es una ciudad enferma”. Asimismo, comenta que las áreas de juego deberían ser menos rígidas y regladas, dando pie a estructuras que promuevan la imaginación y estimulen los sentidos.

Algunos de los planteamientos de Tonucci ya fueron desarrollados por Jane Jacobs en una de las obras capitales del siglo XX sobre teoría del urbanismo en su libro “Muerte y vida de las grandes ciudades”, publicado en 1961. Sin embargo, esta manera de proyectar, donde los más pequeños ocupan un papel esencial a la hora de diseñar el espacio urbano, fue entendida y puesta en práctica con anterioridad por algunos arquitectos y paisajistas en la década de los 40. Entre ellos cabe destacar la figura del arquitecto holandés Aldo van Eyck, quien entre 1947 y 1978 desarrolló unos 700 parques (conocidos como playgrounds) mientras trabajaba como técnico en la Oficina de Obras Públicas de Ámsterdam. Eyck, desencantado con los postulados híper funcionalistas del movimiento moderno, defendía una actitud ante el diseño urbano donde era posible conciliar la modernización técnica y el arte de vanguardia con una ciudad humanista y democrática.

En este contexto, sus playgrounds eran lugares destinados al juego que fueron apareciendo durante tres décadas desde el centro hasta los barrios de la periferia. Se proponía que los niños fueran concebidos como actores principales de la ciudad, y sus espacios de juego -entendidos como configuraciones abstractas a base de barras, muros, asientos o areneros- podían ser explorados por grandes y pequeños. Cualquier área considerada, a priori, de escaso valor podía ser la oportunidad para desarrollar uno de estos playgrounds, desde terrenos antes ocupados por edificios o áreas sin construir a solares abandonados.

En este sentido, los proyectos de Eyck operaban a dos escalas: una pequeña, donde se creaban espacios de relación y juego a través de composiciones arquitectónicas elementales; lugares que, entendiendo su contexto físico, construían ciudad. Y la otra, a una escala mayor, representaba la confianza en que muchas pequeñas intervenciones, bien planteadas, eran capaces de tejer una red de espacios que estructurasen el ecosistema social.

Hoy en día, la realidad de los parques infantiles es bien distinta. Nuestras urbes se ven salpicadas de intervenciones de escasa entidad, donde elementos prefabricados escogidos por catálogo convierten a estos espacios en lugares predecibles, repetitivos y sin relación alguna con el entorno. Podemos encontrar el mismo parque en Canarias, en una ciudad del mediterráneo o un pueblo escandinavo. Convertimos estos fragmentos del territorio en piezas industrializadas que poco tienen que ver con nuestra cultura o con nuestra manera de relacionarnos.

La normativa europea de obligado cumplimiento -que recoge las dimensiones, materiales, características e instrucciones de montaje y mantenimiento de estos juegos- representa un obstáculo cuando arquitectos o paisajistas se enfrentan al diseño de un parque infantil. En nuestro territorio encontramos ejemplos donde los profesionales han sabido, no solo resolver el programa de necesidades requerido sino, además, ofrecer al ciudadano lugares atractivos para la estancia y la interacción. Deberíamos entender los parques infantiles como piezas integrantes del espacio público, seguros y accesibles a todas las personas y no solo como cotos cerrados híper protegidos para los niños.

Hace unos meses, el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife hizo pública la convocatoria para diseñar “el mayor parque infantil de Canarias”: 2.500 m² destinados a los juegos para niños bajo la temática de La Gesta del 25 de julio de 1797. El emplazamiento elegido se encuentra en la explanada de ampliación de la Plaza de España donde, actualmente personas de todas las edades invaden esta área, aún carente de elementos de mobiliario urbano y sombra, con sus patines, patinetes o bicicletas. Se ha convertido, contra pronóstico de la Administración, en un lugar de éxito si hablamos en términos de uso, y es precisamente ahora cuando se propone su transformación. Ante esta coyuntura, surgen algunas preguntas: ¿es necesario plantear un parque infantil de tales dimensiones en un lugar que ya satisface las necesidades de los ciudadanos? Y, en caso afirmativo, ¿no sería pertinente diseñar un espacio de tal importancia en el frente marítimo con algo más de atención, permitiendo la convivencia de usos y atendiendo específicamente a un espacio de vital importancia, recién recuperado para la ciudad? ¿No es posible concebir las zonas de juego como lugares que, promoviendo la autonomía y la creatividad, sean más ricos y sugerentes desde su componente urbana?

Ampliando el foco, vemos que esta problemática es consecuencia de una falta de suelo destinado al ciudadano, donde el modelo, ya obsoleto, que prioriza el vehículo privado sobre otro tipo de movilidad más sostenible, ofrece pocas alternativas para crear áreas de dominio público. Así como hiciera en su momento Aldo van Eyck, numerosas localidades españolas han desarrollado estrategias para ocupar, de manera temporal o permanente, espacios vacantes dentro de la ciudad. A través de los denominados “huecos urbanos” algunos ayuntamientos han promovido, en solares vacíos (públicos o privados), la creación de parques, plazas o huertos urbanos con carácter efímero mediante la cesión o alquiler del suelo. Estos lugares han conseguido revitalizar su entorno gracias a propuestas de bajo coste y, sobre todo, a una voluntad política decidida a ofrecer más espacio y de mejor calidad a la población.

La ciudad es probablemente la entidad más compleja que ha creado la humanidad, y los arquitectos, o más concretamente aquellos que se dedican al urbanismo, tienen la enorme responsabilidad de ordenarla. Cabría, por tanto, una reflexión más profunda sobre las cuestiones que atañen al diseño urbano, pues las decisiones que tomemos hoy, definirán nuestra ciudad del mañana. Se antojan, en definitiva, urgentes planteamientos: más rigurosos, integrales y operativos, que respondan a las demandas reales de nuestra sociedad.