visiones atlánticas

Rehacer la historia

Georges Orwell escribió la distopía 1984, luego de su dramática experiencia en la guerra civil española, donde acudió voluntario con las Brigadas Internacionales. Vivió en la retaguardia de Cataluña los conflictos fraticidas, entre la CNT y el POUM, y regresó decepcionado de los totalitarismos de Hitler y Stalin. Premonitorio 1984 de las actuales derivas, manipulación de la información, vigilancia masiva, represión político-social, limitación al dinero, la familia, la religión, la empresa y la escuela. Anticipó Orwell el ministerio de la verdad, hoy en la Ley de Memoria Histórica a degradar con la democrática. Prohíben pensar en su contra, disponiendo a su efecto, su “policía del pensamiento”.

Pretenden rehacer la historia, dando a la República del 31 una legitimidad que no tuvo. Desde su inicio constitucional, que dejaba a las derechas fuera del gobierno. Concordia que no aprobó el propio presidente de la República, ni 98 diputados de las derechas que se ausentaron. Se repitió el golpe con la revolución bolchevique de Asturias de 1934, luego de las elecciones que ganaron las derechas e impidieron a la CEDA gobernar. Largo Caballero, el Lenin español, líder de la UGT y del PSOE, repetía el golpe de estado que ya había dado en 1917 en la Revolución de Cataluña; como nos cuenta Roberto Villa García, en 1917 El Estado Catalán y el Soviet Español (2021). Condenado en ambos casos a cadena perpetua, fue liberado a seguido por razones políticas. Milagros del apaciguamiento.

Estalló nuestra guerra civil, luego de la 1ª vuelta electoral de febrero del 36, donde el Frente Popular de Azaña sustituyó al gobierno Portela, en un clima de “fraude y violencia”, que inclinó el escrutinio a favor de las izquierdas; como señalan Álvarez Tardío (1936 Fraude y Violencia) y Niceto Alcalá Zamora en sus memorias (Asalto a la República). El 7 de abril se constituyó el Congreso, que destituyó a Alcalá Zamora, nombrando presidente a Manuel Azaña el 10 de mayo. Fraude electoral, violencia desatada, huelgas, quema de iglesia, negación de la constitución y las leyes, revancha de la Revolución de Octubre del 34. El asesinato de Calvo Sotelo, líder de la oposición, por la guardia de asalto de Indalecio Prieto el 12 de julio, precipitó la guerra civil el 18. Salvando los tiempos, como si la escolta del ministro homónimo Avalos, entrara en la noche en casa de Pablo Casado, lo raptara, matara y arrojara al cementerio de la Almudena.

Nos cuenta el marketing del actual gobierno PSOE-Podemos, soportado en la prensa y medios afines, que la 2ª República fue asaltada en un golpe de estado. Cuando ya había sido demolida por los extremismos a su interno, con la connivencia de las fuerzas moderadas republicanas. Como señaló Ortega y Gasset, “no es eso”, decepcionado por la degradación de la república que apoyó. Se insiste en dar un salto de legitimidad de 1931 a 1976, ignorando la guerra civil, el franquismo, y lo que es más relevante, la Ley de Amnistía del 77, base de la Constitución del 78. Se produce vía leyes, una sistemática transformación de la Constitución, como en el caso de la anticonstitucional Ley de Memoria Histórica. Proceso que viene frenado por el poder judicial, que colateralmente se invade y deslegitima, en sus diversos entes, por el ejecutivo.

No existe en nuestra historia postura homologable a la del actual gobierno. Siquiera la de Largo Caballero, golpista reiterado, que nunca perdió la conciencia de la nación española. Posición extensible a Manuel Azaña, que asumió al final de la guerra civil, incluso la legitimidad del otro bando, con tal de garantizar la unidad de la nación. El próximo gobierno quedará comprometido a deshacer las derivas populistas que nos vienen alejando de las democracias liberales, que exigen la pertenencia al club europeo y a nuestro ámbito económico occidental.

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