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El drama de la hostelería tras el episodio de anoxia en España: pierden miles de euros a la semana

Se han cerrado las playas a los visitantes y han muerto cinco toneladas de ejemplares de veinte especies marinas

José y Paloma, ambos hosteleros.

En la pintoresca Cala del Pino no hay niños correteando para entrar como ‘kamikazes’ al Mar Menor, ni tampoco turistas bronceándose al sol, ni siquiera hay rastro de los domingueros ávidos de clavar su sombrilla en primera línea. A las 10.22 horas del último viernes de agosto, solo hay dos personas en la arena, con un ‘coro’ de chicharras de banda sonora y tétricas vistas al agua marrón de la albufera. “No somos turistas, solo hemos venido a las clases de yoga del Ayuntamiento de Cartagena”, aclaran Mercedes y Lola a EL ESPAÑOL.

Una buena parte de la franja litoral del Mar Menor que da a La Manga, a Los Nietos y a Los Urrutias, conforma la ‘zona cero’ del episodio de anoxia que ha arrasado más de cinco toneladas de ejemplares de veinte especies marinas. Se trata de un drama medioambiental que está afectando al sector turístico y hostelero. Prueba de ello es el desolador panorama de la Cala del Pino: fue cerrada al baño y desde que abrió el jueves está sin afluencia de veraneantes por la bandera amarilla que alerta del estado del agua.

“Antes venían autobuses con asociaciones de vecinos, de amas de casa, de centros de mayores, pero ya no vienen excursiones”, lamenta Mercedes, propietaria de un piso en la Cala del Pino. “Llevo veinte años veraneando aquí y cada vez va a peor el deterioro del agua: el turismo de La Manga se salva por el mar Mediterráneo“, reflexiona esta sexagenaria. Y no habla en vano: el chiringuito que hay a pie de arena solo tiene dos clientes -con una birra cada uno-. El hostelero no quiere hablar del mosqueo que tiene, así que el periodista se marcha caminando al Restaurante La Cala.

“Es un desastre total”, resume José Manuel, encargado del mítico local que hace 36 años inauguraron sus padres. “Unos días antes de que apareciesen los peces muertos, algunos turistas ya se quejaban de que el agua olía mal y estaba sucia”. De hecho, fuentes de emergencias indican a EL ESPAÑOL que seis niños fueron atentidos en agosto por sarpullidos en la piel, causados por la fuerte presencia de algas en la Cala del Pino. “Unos padres se fueron del restaurante sin comer, para llevar a su hijo al médico porque sufrió una subida tras bañarse”, corrobora el hostelero.

– José Manuel, ¿qué repercusión está teniendo el episodio de anoxia en la actividad del Restaurante La Cala? 

– La semana del 9 al 15 de agosto facturé 13.272 euros; la semana del 16 al 22, cuando aparecieron peces muertos, mi recaudación bajó a 11.267 euros, y esta semana, voy por 2.606 euros. Te puedo ofrecer más datos: el martes 10 de agosto, antes de la anoxia, facturé 1.975 euros, y el martes 24, tras la muerte de peces, solo hice 251 euros. Esto es un problemón porque el momento clave de mi actividad va de junio a septiembre y perder diez días me puede suponer pasarlo mal unos meses. Yo vivo de la gente que viene a pasar el día a la Cala del Pino y para este fin de semana solo tengo una reserva, cuando lo normal es tener doce el sábado y diez el domingo. 

A este hostelero jumillano, de 30 años, no solo le duele el bolsillo, también el alma de ver en la ‘UCI’ a la albufera más importante de Europa. “Mis padres tenían un restaurante en Jumilla y cada año estaba deseando que lo cerrasen para pasar el verano en La Manga: mi infancia la recuerdo cogiendo caballitos de mar, pescando…”, rememora emocionado José Manuel, mientras se remanga la camiseta y muestra su hombro izquierdo donde tiene tatuada Isla Rondella, a la vera del Mar Menor.

Precisamente, la citada isla forma parte de las bonitas vistas de la terraza del Restaurante La Cala donde un viernes de agosto solo hay tres clientes. “En caja solo llevo 10 euros con 90 céntimos”, confiesa preocupado tras despachar a un proveedor sin hacerle ningún pedido porque no hay clientela. “He perdido 15.000 euros desde que empezaron a aparecer peces muertos el lunes 16 de agosto”.

– ¿Cómo está capeando la caída de ingresos en su negocio familiar?

– He tenido que prescindir de los cuatro camareros de refuerzo que tenía los fines de semana para ahorrarme sus sueldos. Esta semana se le acaba el contrato a una pinche de cocina y a una camarera porque no las renovaré. Empecé el verano con una plantilla de nueve personas y acabaremos tres. No creo que el estado del agua se vaya a solucionar. Tenía pensado cerrar el restaurante el 30 de septiembre, pero viendo la situación lo adelantaré al 15.

José Manuel, tras la barra del Restaurante La Cala, mostrando su tatuaje del Mar Menor y la Isla Rondella. Badía

En la Playa de Cavanna que se asoma a la Isla del Ciervo, a un kilómetro de distancia de la Cala del Pino, el panorama no pinta mejor porque la bandera verde -a las 11.29 horas- se traduce en la presencia de siete personas paseando, cero bañistas, una tumbona alquilada y solo un par de turistas alemanes en el chiringuito que forma parte de la Escuela de Vela Manga Surf -donde todas las tablas y los kayak están en el dique seco-.

“El PP y el PSOE tienen que unirse para solucionar este problema”, reflexiona Víctor Lizán. Este enamorado del windsurf es la voz de la experiencia del Mar Menor. A sus 65 años ha sido disc jockey, empleado de apartahotel, empresario al frente de un supermercado, fundador de la escuela de vela y de la Asociación de Vecinos de La Manga Unificada, que en 1989 impulsó la iniciativa para segregar La Manga de los ayuntamientos de Cartagena y San Javier, los cuales se reparten la gestión de esta joya turística del litoral de la Región de Murcia.

– Víctor, ¿cómo ha llegado la albufera a esta situación de colapso ambiental?

– La Manga nunca ha vertido al Mar Menor. Esto se veía venir desde los noventa, cuando empezaron a proliferar las medusas. El estado del agua es fruto de algunos agricultores que hacen mal las cosas y del descontrol en la construcción de urbanizaciones por parte de los ayuntamientos del entorno: San Javier, Los Alcázares, Cartagena y San Pedro del Pinatar. También de las malas redes de saneamiento. Ahora los políticos estoy seguro de que lo van a solucionar, pero solo por una razón: ¡No quedan más narices!

– ¿Cómo le está afectando esta crisis del ecosistema a su escuela de vela y al chiringuito que tiene anexo?

– Este verano solo he recibido en la escuela dos solicitudes para cursos y lo habitual es llegar al centenar, así que he prescindido del monitor para ahorrarme 4.000 euros en nóminas. Los hosteleros y centros de actividades náuticas que estamos en el Mar Menor hemos perdido el 80% de la facturación porque nuestros clientes se han cruzado a la zona del mar mayor de La Manga: los negocios del Mediterráneo se están llevando parte de nuestros clientes.

Al otro lado de la terraza del chiringuito de Víctor, un matrimonio de alemanes jubilados, Ruth y Wolfgang, toma un refresco contemplando la desértica Playa de Cavanna, a cuya orilla llega una extraña espuma, color cobrizo, solo rota por el paso de los operarios de medioambiente. El personal ha pasado de sacar capazos de peces muertos a retirar una especie de chapapote, compuesto por lodo aderazado con algas.https://www.dailymotion.com/embed/video/x83shun?ui-logo=false&endscreen-enable=false&api=1

Operarios de Medio Ambiente retirando algas de la Playa del Cavanna del Mar Menos.

“En Alemania, periódicos y televisiones informan de la contaminación del Mar Menor por los nitratos de la agricultura”, según detalla la pareja, en un perfecto español, fruto de enlazar un verano tras otro disfrutando de la oferta de ocio, cultural y gastronómica de La Manga. “Llevamos veraneando aquí desde 1982, por eso hemos vuelto, pero este año nos bañamos en el Mediterráneo porque este agua da asco y nos hace sentir rabia: esto es un crimen“, zanjan indignados.

Tal sentimiento lo comparte la lorquina Elisa que se está hospedando cinco días en el Apartahotel Las Villas, junto a su esposo y sus dos hijos pequeños. “Llegamos el lunes pasado después de que apareciesen los peces muertos porque ya teníamos la reserva pagada, pero ya no nos planteamos alquilar otro año porque el atractivo de La Manga es bañarse en los dos mares, sobre todo en el menor para los que tenemos niños”. 

La incógnita de septiembre

En el Hotel Cavanna confirman a este diario que las reservas han caído un 5%. “Ya hemos sufrido las primeras cancelaciones, no es un porcentaje excesivo, pero para septiembre esto se complica si la situación no se revierte”, analiza una fuente de uno de los hoteles más emblemáticos de la Costa Cálida, por sus cuatro estrellas, su emplazamiento en el borde del Mar Menor y su Escuela de Vela Cavanna Wind.

“Esperamos estar al 75% de ocupación en septiembre porque tenemos cerca el Mediterráneo, pero vamos a ver la evolución de la escuela de vela para estudiar si la cerrarmos el mes próximo porque el Mar Menor, aunque ha recuperado la bandera verde, visualmente no es atractivo para practicar actividades acuáticas”.  

Soledad Díaz, presidenta de la Asociación de Empresarios de Hoteles y Alojamientos Turísticos de la Costa Cálida (Hostetur), resume con una frase lapidaria las consecuencias que está teniendo para el sector el segundo episodio de anoxia que vive la albufera en dos años: “La imagen de destino turístico está dañada”.

– Soledad, ¿cómo afronta el final de la temporada de verano el gremio hotelero que se levanta en el entorno del Mar Menor?

– La temporada está siendo buena. En agosto hemos tenido un 85% de ocupación, no se están produciendo cancelaciones masivas, pero tras el episodio de anoxia, de cara a septiembre se están ralentizando las reservas. La gente está llamando para preguntar cómo está la situación y eso tendrá repercusión en las reservas hoteleras de las próximas semanas. Para las escuelas náuticas el estado del agua está siendo una hecatombe. En Hostetur esperamos que después de este segundo episodio de anoxia, que se suma al de 2019, las administraciones estatal y regional se tomen en serio el problema del Mar Menor porque han estado mareando la perdiz, a pesar de que era la crónica de una muerte anunciada.

En el aire el alquiler de pisos

Las imágenes de especies marinas muertas, sacadas a puñados del Mar Menor, no solo afectan a la actividad de restaurantes, chiringuitos, centros de actividades náuticas y hoteles, también perjudican a los dueños de pisos que hacen caja en verano con los alquileres turísticos. “Tenía reservada la primera quincena de septiembre por 700 euros y la segunda por 500 euros, pero esta semana me lo anularon”, expone Alberto, un cocinero, que invirtió en un piso en La Manga.

Perderé 1.200 euros este verano y tengo tres hijos“, insiste. “Veo el panorama negro porque mi piso está pegado a una playa del Mar Menor y desde hace siete años, el perfil de clientes que me lo alquilan es el de familias con niños, que no quieren bañarse en el Mediterráneo porque es más peligroso para los críos, y gente a la que le gusta bucear y practicar actividades acuáticas”.

Los empresarios de la restauración de La Manga cuyos negocios se asoman al lado del Mediterráneo están viendo disparados sus ingresos porque varios chiringuitos del Mar Menor optan por cerrar por las mañanas. La falta de bañistas les deja sin clientes, de forma que para frenar la sangría en la caja registradora, directamente no levantan la persiana hasta la tarde para el café y las copas, lo que provoca prescindir de turnos de trabajo. La anoxia no solo mata peces: también aniquila empleos.

El Chiringo Pirata

Paloma, encargada de El Chiringo Pirata en la Playa de Marchamalo.

Basta con visitar cualquier negocio del litoral Mediterráneo para comprobar esta tendencia. El Chiringo Pirata en la playa de Marchamalo está de bote en bote y sus camareros cantan más comandas, a las 14.36 horas, de un viernes 27 de agosto, que los niños de San Ildefonso sacando números del bombo del sorteo de lotería del Gordo.

Los viernes solemos facturar 4.000 euros y hoy llegaremos a los 6.000 euros porque tenemos reservas hasta las cinco y media de la tarde“, avanza Paloma, encargada de este ambientado chiringuito playero, especializado en arroces y pulpo, donde ondea la bandera bucanera.

Desde que comenzaron a morir peces en el Mar Menor nuestra clientela ha crecido un 40%: el 15 de septiembre teníamos previsto cerrar el negocio y hemos solicitado al Ayuntamiento de Cartagena ampliar la temporada de verano este año hasta el 30 de octubre”.

Paloma subraya que no se alegra de que a sus vecinos hosteleros de la albufera les vaya mal y prueba de ello es que le saca al periodista una hoja para firmar la campaña que busca 500.000 rúbricas, con el objetivo de que el Congreso de los Diputados debata una proposición de ley que dote de personalidad jurídica a este espacio natural . “Tenemos que salvar el Mar Menor”, arenga esta joven estudiante de Publicidad en la UCAM.