Visiones Atlánticas

Las consecuencias de la paz

John Maynard Keynes (1883-1946) está considerado el padre de la macroeconomía moderna. Tras la primera guerra mundial y el Tratado de Versalles, anticipó en su obra las Consecuencias Económicas de la Paz, las derivas que llevarían a la segunda guerra mundial, por las condiciones de paz impuestas a Alemania. Defendía las políticas activas de los […]

John Maynard Keynes (1883-1946) está considerado el padre de la macroeconomía moderna. Tras la primera guerra mundial y el Tratado de Versalles, anticipó en su obra las Consecuencias Económicas de la Paz, las derivas que llevarían a la segunda guerra mundial, por las condiciones de paz impuestas a Alemania. Defendía las políticas activas de los gobiernos para estimular la demanda en tiempos de desempleo. Teórico referente de la política del New Deal de Roosvelt; respuesta a la Gran depresión de EE.UU., entre 1933-38, para ayudar a los más pobres, reformar los mercados financieros y dinamizar la economía, luego del Crack de 1929. Mantuvo Keynes su influencia después de la segunda guerra mundial, en los acuerdos de Breton Woods y la fundación de la ONU. Como inspirador del Plan Marshall 1948-52, para la reconstrucción de Europa y el Japón, y con ello de las naciones de economía liberal, ya situados en la Guerra Fría.


La coincidencia en el tiempo para Europa de las crisis del virus y la economía profundiza las divisiones entre los países de la UE. Por un lado, en la economía entre el Norte y el Sur, acreedores y deudores. Con la crisis de los refugiados centrada en la división entre el Este, que no los quiere y el Oeste que aún los acepta. La reciente Encuesta del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores analiza la opinión de sus ciudadanos en relación a las restricciones ejercidas por sus gobiernos en la crisis. Conforme a la cual identifica tres grupos. Los “que confían en sus países”, caso de Alemania, Holanda y los nórdicos. Los “suspicaces”, que entienden que sus gobiernos han usado las restricciones para cubrir sus fallos de gestión, caso de Francia e Italia. Y los “acusadores”, que no solo no se fían de ellos, sino que ven las restricciones como un mecanismo para elevar el nivel de control político, caso de Polonia, Hungría y España, donde asistimos a una clara degradación de sus democracias. Se ataca la separación de poderes, contra el poder judicial, contra el núcleo del Tratado de la Unión, el Greco, Grupo de Estados Contra la Corrupción y lo acordado en la Comisión de Venecia. En España contra la postura de las tres asociaciones mayoritarias profesionales de los jueces, que han elevado queja a Bruselas.


La realidad de Europa, gigante económico reducido en sus dimensiones diplomática y militar, con EE.UU. replegado sobre sí y la OTAN abandonada a su suerte, cambian los equilibrios de la globalización. Resalta la encuesta del Consejo Europeo, la crisis generacional, donde mientras los mayores de 60 años no se sienten afectados, los jóvenes de menos de 30 ven la grave amenaza al sentido de sus vidas, sacrificadas a padres y abuelos. Se traduce en que no se fían de los gobiernos, desconfían del sistema político y desengañados de la democracia dejan abierta la vía de los populismos, que fomenta la desculturización de las sociedades. La orwelliana transformación mediante el agitprop, las “palabras mordaza” y sus organizaciones y medios sociales de pago, acompañan la deriva.


España se sitúa al límite de lo posible, con escasa capacidad de reacción. Con una deuda del 125% del PIB, un déficit estructural superior al 7 %que no controla y con el gasto público disparado. En plena crisis doble, envía al futuro el sistema de pensiones mediante ingeniería contable. Con un gobierno bifaz único en la UE, con apoyos neocomunistas y nacionalistas disolventes, es imposible atravesar la crisis. La factura de la luz es la “prueba del algodón”, donde la sobrecarga de impuestos y los costes de transición apresurados del sistema eléctrico, nos ofrecen las tarifas más altas de Europa, colocando a los más desfavorecidos en la pobreza energética. Traslada sus costes a toda la cadena productiva, impidiendo competir en la globalización. El Gobierno en su columna mientras la sociedad se disuelve.