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Misión no cumplida

El 4 de octubre de 2014, en una entrevista en El Mundo, Pedro Sánchez afirmó literalmente que el Ministerio de Defensa sobraba. El PSOE se vio obligado a reaccionar asegurando que se refería a reducir el presupuesto de Defensa, pero no a su eliminación. En realidad da igual, porque Sánchez es el maestro de la propaganda y la intoxicación informativa, y es capaz de defender una idea y al día siguiente su contraria, y de mentir y tergiversar cualquier cosa, amparado en la impunidad que le proporciona la torpe oposición de Casado, el apoyo de Podemos y los nacionalistas catalanes y vascos, y la complacencia de la mayoría de los medios públicos y privados. Ha ofendido a todos los ciudadanos de este país, y también a los refugiados afganos, al ser el único dirigente occidental que permaneció de vacaciones mientras estallaba la crisis afgana. No contento con ello, nos sigue ofendiendo a todos al negarse a comparecer ante el Congreso de los Diputados para dar cuenta de su gestión de esta gravísima crisis, según han hecho ya todos los líderes occidentales. Y, cuando se aseguró de que no había víctimas españolas y se decidió a regresar de Lanzarote, montó en la base de Torrejón un centro de recepción de refugiados que ofreció a la Unión Europea, a cuyos dirigentes pudo exhibir ante los medios internacionales. Unos dirigentes que, en justa correspondencia, alabaron su liderazgo y lo pusieron como ejemplo de solidaridad europea.

Inmediatamente se puso en marcha el aparato de propaganda sanchista, que, convocado por el “misión cumplida” del presidente, intentó convencernos de que lo habíamos hecho muy bien y de que éramos el ejemplo en el que se miraban todos los demás. Ni los Estados Unidos ni ningún otro país involucrado se atrevió a maquillar de esa forma lo que fue una derrota vergonzante y una retirada vergonzosa, pero ninguno de sus dirigentes supera a Sánchez en cinismo.

Al contrario de lo que se nos intentó vender, nuestra retirada estuvo presidida por el caos y la improvisación. Para empezar, en un alarde de inoportunidad y de desconocimiento de la situación, días antes de la toma de Kabul por los talibanes se cesa al embajador y se nombra a uno nuevo, que, por supuesto, no llegó ni a viajar, mientras el cesado se quedó hasta el final. Y, a partir de ahí, todo fue improvisar a remolque de lo que hacían los otros. No había ni listas de colaboradores en peligro, y se habló de unas ochocientas personas, cuando al final se rescató a algo más de dos mil, muy por debajo de los rescatados por las principales potencias occidentales. Y así todo lo demás.

Los colaboradores con España y, en particular, los traductores, son personas que han puesto sus conocimientos de nuestra lengua al servicio de nuestro personal, y han arriesgado así su vida y la de sus familias. Solo por eso merecen que se les acoja e, incluso, que se les conceda la nacionalidad española. Los traductores de otros países merecen lo mismo. Ahora bien, muchos nos preguntamos por qué el conjunto de los refugiados afganos, que huyen de los talibanes por diversos motivos, y a los que Pakistán cierra sus fronteras e Irán no acoge por ser sunníes, tienen que venir a Europa y no son acogidos, por ejemplo, en los ricos emiratos del Golfo o en Arabia Saudí, que, además, comparten su cultura. Son los misterios del petróleo.

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