Tribuna

No, no es normal

Asistimos, de un tiempo a esta parte, a una serie de pronunciamientos que llaman mucho la atención. En artículos anteriores hemos incidido en la visión a largo plazo que nos caracteriza a muchos empresarios, fruto del amor a esta tierra, algo que no es patrimonio exclusivo de quienes se presentan a sí mismos como defensores […]

Asistimos, de un tiempo a esta parte, a una serie de pronunciamientos que llaman mucho la atención. En artículos anteriores hemos incidido en la visión a largo plazo que nos caracteriza a muchos empresarios, fruto del amor a esta tierra, algo que no es patrimonio exclusivo de quienes se presentan a sí mismos como defensores del territorio pese a las baladronadas y exabruptos que profieren para defender, es un decir, su posición. Ocurre que son, las más de las veces, profesionales bien pagados con trabajos asegurados a prueba de crisis, tanto económicas como sanitarias y que tampoco se ven comprometidos por sus acciones. Es decir, se oponen, gritan, escriben, movilizan, insultan…, y nada tiene incidencia sobre su suerte laboral. Que tengan tanto tiempo libre juega en su favor, pero no pueden encontrar el silencio cómplice de una sociedad hastiada que reclama desarrollo, progreso y riqueza de manera inteligente. Una sociedad que observa, también, como podría esperar mucho más de organizaciones sociales -con las llamativas excepciones de la siempre combativa Fepeco y del Círculo de Empresarios del Sur de Tenerife (CEST)- a las que no ha escuchado nada todavía ante los atropellos.
Aclaremos que cualquier interacción con el territorio tiene incidencia, no hay forma de mantener una relación neutral. Por tanto, se requiere de todo nuestro saber hacer, nuestra experiencia y capacidad para que esa relación obvie los aspectos más lesivos y potencie los positivos. Eso no solo es deseable, es también posible, fruto del conocimiento acumulado, nos beneficiamos de los aciertos y errores que cometieron generaciones pasadas, como así ocurrirá con las que nos sucedan. Se debe dejar atrás esa desconfianza insana que lleva a creer que los empresarios somos, per se, depredadores del territorio, mientras que esos acomodados dirigentes e intelectuales seráficos actúan desprovistos de intención alguna.
Quienes se oponen, posiblemente sin reflexionar profundamente, deben valorar el horizonte que legamos a nuestros jóvenes, con tasas de desempleo impropias de un país civilizado. No se puede seguir desechando oportunidades ni parece razonable creer que un Estado con una deuda pública por encima del 120% del PIB pueda atender demandas sociales crecientes de sus ciudadanos.
Las infraestructuras no son un capricho, sabemos que las comunicaciones entre Islas mejoran las condiciones de todas, sería extraño que no ocurriera lo mismo con Fonsalía. ¿Se podría entender La Gomera actual sin la conexión entre Los Cristianos y San Sebastián? ¿Se abastecería igualmente El Hierro o La Palma si no fuese posible ese puente marítimo que las une con Tenerife? Esto debería estar fuera de toda duda razonable y sabemos que hoy, probablemente fruto del éxito y del propio desarrollo del comercio interinsular (también un número mayor de pasajeros que conocen islas que sienten como propias y a las que acceden en barco) aquel puerto de Los Cristianos no puede dar el servicio de antaño, desbordado y ocasionando problemas serios a los residentes y turistas. Asuntos que pueden resolverse con un nuevo puerto en Guía de Isora, capaz de incrementar el bienestar de aquellas islas con las que se conecta y aumentar también el de quienes habitan esa zona de Tenerife. Ese sería el debate, sin apriorismos y valorando todos los aspectos posibles. Tiene razón el presidente del Cabildo de Tenerife, Pedro Martín, cuando defiende el desarrollo porque precisamente procede de un municipio -Guía de Isora- que por incorporarse tarde al turismo tuvieron la oportunidad de mejorar mucho su propia oferta. Hoy es una zona con espacios comunes agradables, hoteles de calidad poco invasivos y emblemáticos…, prosperidad que trasladar a sus vecinos fruto de las enseñanzas del pasado, observaron lo que querían y con determinación lo llevaron a cabo.
No parece juicioso seguir paralizando toda actividad pese al entusiasmo que derrocha esa ociosa y ruidosa parte de la sociedad, incluso política, profesionales del NO que jamás asumen consecuencia alguna por su cortedad de miras. Ni tampoco afrontan su responsabilidad ante los jóvenes a los que niegan un futuro mejor. Esto debe cambiar haciéndoles entender que hay una forma distinta de defender Tenerife, que es, al menos, tan legitima como la suya.