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¿Para qué más Memorias?

Aunque yo creo que mis auténticas Memorias están en las hemerotecas, un editor me las propone de nuevo. Hablando con una amiga, el otro día pasé revista a ciertos episodios de mi vida. Pero cuando le dediqué mi novela El dedo de Mustafá (Burgado Editorial, 2005) me di cuenta, releyendo el texto, lo que no […]

Aunque yo creo que mis auténticas Memorias están en las hemerotecas, un editor me las propone de nuevo. Hablando con una amiga, el otro día pasé revista a ciertos episodios de mi vida. Pero cuando le dediqué mi novela El dedo de Mustafá (Burgado Editorial, 2005) me di cuenta, releyendo el texto, lo que no suelo hacer tras dar a la estampa un libro mío, de que una buena parte de mis Memorias se contienen en ese volumen. En ese y en otros. Pero El dedo de Mustafá, cambiándoles los nombres a los personajes, es la crónica de mi vida en los periódicos, acaso lo único que podría tener interés para los lectores. El libro ya no existe, está agotado, sólo quedan los ejemplares del archivo, pero ahora que lo releo está bien escrito y es fiel a lo que ocurrió. Todo parte de cuando aquel día recibí un dedo putrefacto que se cortó un senegalés. Yo era director de La Gaceta y a Pupé, mi secretaria, casi le da un yeyo cuando abrió el sobre. Mustafá quería llamar mi atención sobre su inocencia (estaba en la trena). Llamé a la policía y le mandé el dedo a J.M. Fernández del Torco, a la sazón juez de vigilancia penitenciaria, que supongo se habrá cagado en mi madre, con el ruego de que estudiara el caso. Habrá aventado el dedo. Lo cierto es que aquel hombre abandonó la prisión un día y su agradecimiento fue infinito. A partir de ahí escribí ese libro El dedo de Mustafá, que se vendió a tope, pero nunca me ocupé de más ediciones porque en esos años empecé a viajar por el mundo y a divertirme, lo que nunca pudieron soportar los envidiosos. Coño, qué tendré yo que mi amistad casi nadie procura, citando a Lope de Vega al revés. No sé si mi amiga lo pasó bien con mis historias, ojalá que sí.