por qué no me callo

Vulcanología y vacunología

Hemos dado un salto en la prelación de nuestras preocupaciones. Durante casi dos años hemos vivido bajo la pesadilla de una pandemia que parecía interminable. El caso de Tenerife resulta paradigmática, pues ha sido una isla enferma en un archipiélago epidemiológica y paradójicamente más sano. La comparación inevitable con los contagios de Gran Canaria, dos islas paralelas, era descorazonadora; no lográbamos remontar y la deficiente trazabilidad (los casos detectados en cada brote) nos estigmatizaba como un territorio imposible, sin control. Así mes tras mes, desde febrero, hasta el otro día en que todas las islas nos equiparamos en el semáforo verde de las alertas. Digo que servimos de conejillo de Indias en cuanto a la pandemia y nunca nadie logró desvelarnos el misterio del precario rastreo. No de los rastreadores, profesionales de probada dedicación, sino del manual y recursos respecto a otras islas donde sí se dio con la tecla para atajar a cada nuevo positivo y su radiación de contagios. Se hará algún día la tesis correspondiente sobre esa doble insularidad de Tenerife como el patito feo en la Canarias COVID.

En el caos todo se veía boca abajo. Cuando imperó el criterio de la desescalada global, llevados del éxito de las vacunas, nos hemos inmunizado de aquel miedo y ahora convivimos como predicaban los países nórdicos al principio, con vocación de inmunidad de rebaño. Pero con vacunas, pues en 2020, sin ellas, esa estrategia era suicida. Ahora bien, instalados en el optimismo de la grada, corremos el riesgo de creer que, una vez lleno el estadio, cesó la pandemia. Y los malos datos de Alemania, con las tasas de incidencia acumulada al alza, según el acreditado Instituto Robert Koch, y la muerte de Colin Powell (con la pauta completa), nos invitan a la reflexión. No se trata del vasto interrogante de África, donde los vacunados y el mero registro de casos no son todavía significativos, sino la Alemania del primer mundo, el motor y espejo de Europa, y la referencia de ejemplaridad, disciplina y civismo. Tomemos nota.

Ha sido el volcán de La Palma el que ha abarcado nuestro campo de visión. Ahora, lo que urge es lo que arde. Y nos volcamos en la erupción destructiva. Con toda la lógica de una emergencia. Pero la pandemia no la ha sepultado todavía el volcán de la vacuna. Y así afrontamos esta recta final de año, con las dudas incitantes sobre el virus y la lava. Entre la vulcanología y la vacunología.

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