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Marcela, de la ira a la serenidad de saberse una mujer trans

La activista LGTBI chicharrera da nombre al primer local que el Ayuntamiento de Santa Cruz ha cedido al colectivo en el municipio

Se pasó dos meses con el DNI en la mano. Cada vez que alguien se dirigía a ella en masculino enseñaba su carnet de identidad y obligaba a su interlocutor a dirigirse a ella por su nombre, el que siempre usó, y el que, por fin, figuraba en su identificación, el de Marcela. Ella, una mujer trans, es una reconocida activista de los derechos LGTBI, motivo que ha llevado al Ayuntamiento de Santa Cruz a poner su nombre al primer local municipal que el Consistorio cede al colectivo. Marcela Rodríguez, sentada en el kiosco Numancia, frente al Parque García Sanabria, recuerda cómo desde ese mismo punto salió la primera manifestación de mujeres trans en 1978. También cómo justo enfrente, en la charca del García Sanabria, se reunían “las travestis”, porque así las llamaban entonces. Era el único punto en el que estaban tranquilas, recuerda, y el único oficio, el de la prostitución, en el que podían comportarse como mujeres sin que nadie les pegara o las metiera a la cárcel.
“Yo tengo muchas amigas que fueron agredidas, últimamente no, pero te puedo contar dos asesinatos por homofobia aquí. Uno en los puestos azules. Allí murió Lulú, y luego en el container, donde iban los travestis a ocuparse, hace unos 34 años más o menos, que es donde está el cuartel de San Carlos, allí murió la Greca. Fue con un chico joven, tendría unos 22 años, la estranguló y luego intentó quemarla; estuvo siete años en la cárcel por matar a mi amiga, que se dice fácil”, cuenta Marcela de un tirón.


Cuando se le pregunta sobre los últimos ataques homófobos vividos en el país o por los rumores de agresiones en la Isla, opina que las cosas no han cambiado tanto como se cree. “Eso siempre ha existido”, sentencia, para añadir a continuación que, “aunque haya nuevas leyes que castiguen esos comportamientos, eso no quiere decir que no siga habiendo la misma homofobia que hace 50 años”.

“Somos una sociedad hipócrita -continúa- y de doble moralidad, haces cosas que luego niegas, porque conozco tanta gente que en público decían y se comportaban de una forma y en privado de otra..”. Lo dice Marcela porque, como ella misma reconoce, regentó “una casita de niñas”, en la que asegura que vio a muchos conocidos, “amigos míos, que ni por la cabeza se me hubiera pasado verlos allí. Los veías con travestis, porque hace 50 años la palabra de transexual yo no la conocía, después de que la descubrí, no le tolero a nadie que me llame travesti, porque yo no soy un travesti, soy una mujer transexual. Nací en un cuerpo de hombre, y con una mente de mujer, eso lo tengo bien aprendido”. “Yo vivo mi vida sabiendo quién soy. Eso es lo que me ha dado la libertad de pensar en cómo soy, en lo qué tengo que hacer, y cómo me tengo que comportar”.


Y es que, reconoce Marcela, la ira y la furia de sus primeros años como mujer trans han dado paso a la serenidad de saber quién es, de darse su lugar, como ella misma dice. “Cuando veo las noticias puedo sentir rabia, me cuesta entender que haya personas que no aprenden a convivir con los demás. La libertad es que vivas tu vida, siempre que respetes para que te respeten, así que no siento miedo, pero rabia sí”.

A sus muy bien llevados 67 años, cuando echa la vista atrás, asegura que no se queja de su vida. “Con todo lo que he pasado, la vida ha sido buena conmigo. Tuve unos padres maravillosos, unos hermanos que son una maravilla, aunque después de la muerte de mi madre no tengamos relación”. Y es que de los seis hermanos que tuvo Marcela, tres son mujeres trans, y sus padres, aunque al principio les costó, acabaron aceptándolos sin ningún tipo de problema, asegura Marcela.
Recuerda con cariño, si es que se puede recordar así, el punto de reunión en la charca del García Sanabria. “Entonces no había tanta conciencia, porque estábamos recién salidas del franquismo, no teníamos la capacidad para revelarnos. Cuando Franco murió yo tenía 21 años. No podíamos trasvertirnos abiertamente. Por ir con una blusa de mujer y un pantalón acampanado, hace 40 años, se nos aplicaba la ley de peligrosidad social, por la que te podían caer de seis meses a seis años de cárcel. Mi hermana, la Gitana, estuvo ocho meses en prisión, por ser como era”.

76 días de cárcel
Aunque a Marcela nunca le aplicaron la ley de peligrosidad social, sí que pasó por la cárcel. Estuvo 76 días por injurias al Jefe del Estado gracias a una denuncia anónima. “Mi amiga, Lolita Vargas, y yo fuimos a ver al rey Juan Carlos, que vino a la Capitanía de Canarias”, cuenta Marcela. “Estaban todas las autoridades, incluido el obispo, y lo que pasó es que la Vargas fue abusada de niña por un cura, y cuando vio al obispo en el balcón, se le fue la lengua y lo insultó”.


Esto fue suficiente para que la policía empezara a buscarlas. “Nos mandó a detener el ministro del Interior, Martín Villa”, cuenta mientras pide que pongamos con todas las letras que el todopoderoso ministro mandó a detener a “dos maricones por una denuncia anónima”. “Fuimos 76 días a prisión. Nos pedían un millón de fianza, y 12 años de cárcel”. Al final lo sobreseyeron. “Cuando declaré ante el juez le dije la verdad, que había firmado porque me obligaron; nos dieron una cuerada que ni te imaginas”.

Asegura que nunca ejerció la prostitución. “En esa época yo pesaba 170 kilos. Mis amigas eran verdaderas modelos. Lo que hacía para ganarme la vida era vender piedritas de chocolate”. Con los años regentó el bar El Laurel, en la avenida de San Sebastián. “A mi amiga la Francisca y a mí nos fue muy bien”, cuenta, y recuerda que junto con el bar cogió una casa de citas. “La gente, antes que ir a La Húngara, venía a nuestra casa”.


El bar se quemó y lo cerró, y siguió unos años con la casa de citas hasta que expropiaron la zona para construir el TEA. El mundo del espectáculo, en el que se ha ganado la vida haciendo galas, y ahora una paga no contributiva, resuelven la vida de esta mujer que cuenta orgullosa que lleva una vida feliz junto al que durante muchos años fue su pareja, y desde hace 15 es su marido. Admite que cuando le dijeron que le darían su nombre al local municipal LGTBI no se lo creía, para asegurar que ha sido “una gran alegría”. El espacio será entregado en breve a los distintos colectivos LGTBI de la capital.

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