tribuna

Mientras el cuerpo aguante

Sergio García Bertrán lleva toda la vida en Los Gofiones. Cuando lo conocí ya estaba allí, y hace muchos años de esto. Hoy lo he visto por Facebook respondiendo a alguien que le dice p’alante, y él contesta: “Mientras el cuerpo aguante”. Somos muchos los que estamos por la vida, sin tirar la toalla, diciendo hasta que el cuerpo aguante. No sé si es bueno o malo. Supongo que debe ser bueno, aunque muchos digan que estamos para retirar, que somos unos pesados y que ya empezamos con la monserga de contar batallitas; pero mientras seamos el vestigio de algo que se niega a desaparecer, el testimonio de un tiempo que permanece a pesar de todo, sea bien empleado ese empeño por seguir para delante. Mientras el cuerpo aguante es una señal de resistencia y además una voluntad de entrega hasta el final o, al menos, mientras tengamos intactas las facultades para seguir haciéndolo. Cada mañana me siento delante del ordenador tratando de encontrar una idea que comunicarles a todos los que me leen. No sé si son muchos o pocos, y además ignoro el nivel de influencia que pueda tener lo que escribo. Si es suficiente para entretener me doy por satisfecho. Mi reto es el de Sherezade, que contaba historias para distraer al Sultán y que éste no le cortara la cabeza. En la vida casi siempre hacemos las cosas para no ser decapitados, por una razón o por otra. Andamos enfrascados en un viaje, como Ulises, sorteando peligros, activos y despiertos evitando la guillotina. En ocasiones ésta se presenta en forma de achaques o de desmemoria y se hace difícil sobrevivir a tanto acoso de nuestra condición natural más débil. Entonces la conformidad con la realidad nos lleva a aceptar que estaremos ahí mientras el cuerpo aguante, como dice Sergio García Bertrán. Hoy estoy intentando salir del paso con este escrito sobre la generalidad de lo que les pasa a los que resisten en una lucha contra la obsolescencia. En realidad, se trata de un truco que consiste en exprimir una palabra o una breve frase hasta sacarle todo el jugo que tenga. Esto lo aprendí de mi amigo el poeta José Antonio González Haba, en la Barcelona de los años 60. En la vida se aprenden cosas sin saber como y algunas de ellas quedan ahí para toda la vida, hasta que el cuerpo aguante. Las más importantes suelen ser aquellas en las que no nos habíamos matriculado. Es difícil soportar impertérrito los embates de lo nuevo. Viene arrasando como un gran tsunami, pero la experiencia de los años te hace ver que es la ola de siempre, algunas veces con más agua y con más ruido y otras con menos, pero la misma, repetitivamente aburrida. Quizá por eso me empeño en sacar algo diferente cada día, para que entre todos huyamos de la monotonía. Sergio García Bertrán me ha hecho ver algo importante, que los jóvenes que acuden a ver a Los Gofiones van a tropezarse con él como si fuera una reliquia, igual que hacían con Perico Lino mientras vivió. Los nuevos no son tan importantes; son la gente del relevo necesario, que hoy son unos y mañana serán otros, para que la máquina siga funcionando, como ocurre con todas las cosas de la existencia. Yo todavía no he conseguido convertirme en un símbolo de nada, ni siquiera represento a una generación, nunca me enrolé en una de esas listas que avanza por la vida dentro de un cardumen protector. Sigo ahí, solitario y escribiendo mientras el cuerpo aguante, fingiendo la fortaleza de la actualidad a la que ya no pertenezco, disfrazando a mis flaquezas con la imaginación. La imaginación es mentirosa y le gusta jugar con la fábula, pero bendita sea mientras nos permita seguir p’alante y estar ahí, presentes frente a las lluvias, a los vientos y a los volcanes, mientras el cuerpo aguante, con el convencimiento de que en todas las garitas hemos hecho guardia, y esto es ya suficiente para que nos sentemos un rato, tú y yo, para hablar con tranquilidad.

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