tribuna

Tonada del viejo amor

Una canción argentina dice que entra el otoño en el corazón, y yo no acierto a saber cuáles son los efectos reales de esa penetración. Con eso del cambio climático ando bastante despistado. En este planeta la cosa va por zonas. Reconozco que en la isla donde vivo las cosas no deben ser iguales que en ese París que pintaba Utrillo, por poner un ejemplo, con sus árboles descarnados y blancuzcos y el frío anunciándose en las pellizas o en las botas graciosas de las jovencitas que dan puntapiés a la hojarasca. Ya no veo el humillo azulado de las castañas asadas en las esquinas ni el anuncio de la temporada de comedias en la cartelera. Parece que el tiempo no pasa, pero sí pasa y sigue siendo, igual que siempre, una época de inauguración y de renovación de nuevos emprendimientos. En la primavera empieza la vida, por eso abril viene de aprire, que es cuando se abren las flores y se disponen para el milagro de ser fecundadas, pero en el otoño es otra cosa. Es la apertura de nuevos proyectos, el principio de una tarea, el inicio de la innovación. Al menos a mí me lo parece así. Entonces que entre el otoño en el corazón no significa que nos invada la umbría y la tristeza, ni que la melancolía de haber perdido al verano nos haga derrumbarnos por la ladera de los desencantos. Nada de eso. El otoño es la promesa de lo nuevo, el comienzo del futuro, la apertura de las puertas de la esperanza. Este otoño he elaborado el programa para que las cosas me vayan mejor. Aquellas en las que mi esfuerzo pueda contribuir a que lo sean, porque las otras, las inevitables, las que son producto de la fatalidad, no merece la pena empeñarse en corregirlas. En este otoño un volcán dejará de arrojar lava, a pesar de que el derrotista preferirá decir que comenzó a hacerlo. El otoño no es gris ni oscuro ni presenta un manto de luto como el presagio de algo peor. Es dorado y rojizo y esconde su nostálgica alegría en los suelos amarillentos tapizados de hojas que se han aburrido de estar al sol. Este otoño iré a visitarte para enseñarte a disfrutar del amparo de las sombras. Las sombras tienen el encanto de los acompañantes silenciosos. Los agoreros, siempre barruntando los nubarrones negros de la desgracia, pretenden ensombrecernos la vida con sus vaticinios porque creen que el otoño es el tiempo propicio para hacerlo, pero yo proclamo que es al revés, que esta es la época en la que el contraluz nos desvela la auténtica belleza de las cosas que nos rodean. Todo está sobre el celemín que se vislumbra lejano, pero que en realidad luce en el interior de nuestros corazones. Eso es lo que quiere decir la tonada del viejo amor de Jaime Dávalos. Una promesa escrita sobre la arena donde se dice que el olvido no existe, aunque el viento borre las palabras. Te propongo que en este otoño vayamos de la mano hacia el pasado para tratar de construir el futuro. Quizá ahí encontremos las razones para resucitar un tiempo que se nos muere poco a poco, sin que nos demos cuenta. El otoño marca el final del tedio y el inicio de la labor, por eso está lleno de indicadores positivos. Es el camino de losetas amarillas que nos lleva hacia el reino de Oz, a pesar de que sepamos que el mago que allí habita sea un fraude, un mentiroso escondido detrás de un biombo. Al final de la senda siempre está el arcoíris, que, aunque sea inalcanzable, no deja de ser ilusionante. Aquí podemos ir a la playa en otoño y el agua se sigue mostrando azul, pero si prestamos atención descubrimos otros colores en el fondo, porque allí sigue estando la vida, hirviendo al ritmo de los bandos de alevines despintándonos con sus desplazamientos imprevisibles. Las nubes también son de otro color y el sol nos ofrece sus mejores ocasos que son el preludio de un amanecer radiante. Vamos a sumergirnos en este otoño con olor a estuche con lápices de colores, con gomas de borrar y libretas nuevas donde escribir el deseo de que todo va a ser mejor que lo que dejamos atrás. No deseches esta aventura para salir del pesimismo. Es negocio.

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