cuadernos de la periferia

Luz tenue de diciembre que deja este puente de invierno

Cualquiera de estas historias podría escribirse desde la terraza de una habitación del Hotel Médano, lugar de observación, arqueología del turismo de balneario y vida lenta

A los cinco minutos de llegar al apartamento que hemos cogido para pasar un par de días de este puente, mi hija ya quiere quedarse para siempre: “¿Por qué no nos compramos esta casa?”, dice, ignorando que ese reino no es de nuestro mundo, fascinada con una tele que dobla en tamaño a la nuestra, una cocina modernísima con encimera de metal, baños nuevos y relucientes, una habitación calentita con vistas, un pequeño naranjo con catorce frutas perfectas, un buda en un gran macetón, cuatro sillas de mimbre y una reproducción enorme de El beso de Klimt.

Los apartamentos a los que fui en mi infancia solían ser sitios de paso con muy pocos muebles, funcionales, sin demasiado encanto, segundas viviendas que los dueños ponían en alquiler cuando no las usaban, con sillones de escay donde uno se podía tumbar relajado y poner los pies, porque solo hacía falta darles unas pequeñas sacudidas para quitar la arena. Un hogar era otra cosa: hecho con detalles, ambiciones vitales y cuidados cotidianos. Y estaba muy bien pasar del uno al otro, dejar el calor de la rutina y disfrutar de la vida sin horarios de la playa en una vivienda de combate. Pero esto parece un lugar familiar, cuidadosamente arreglado por la dueña que lo alquila.

“Nosotros nos vamos un par de días a El Médano, que es como ‘Los Hamptons”, le digo vacilando a un amigo periodista que se pilló un billete para ir a Galicia y se ríe con el chiste. No hay grandes mansiones ni vive El Gran Gatsby, pero en diciembre es habitual esa luz suave de invierno y algunos pasean con suéter o chamarra deportiva. Hay señoras de entre cuarenta y cincuenta sentadas en sillas de rayas leyendo novelas gruesas. Hay señoras de entre sesenta y setenta sentadas en sillas azules charlando sobre la nada, tan sustanciosa. Hay parejas extranjeras con niños rubios, abundantes proles imposibles para un país como el nuestro, donde se cobra poco y se concilia menos. Pocas personas se meten en el agua para darse un baño. Salvo al fondo de la playa, donde los surfistas avanzan hacia la orilla con sus neoprenos, sus tablas y sus velas. En el bar ‘Flash Point’, la gente disfruta de las acrobacias que se ven en mar y toman té, café, fruta con yogur y muesli, ‘apfelstrudel’, cigarrillos de liar.

En torno a las doce del domingo, la vida se le acaba a un bañista de 86 años que muere ahogado. Cuando llego al paseo, ya solo quedaba su cuerpo inerte, tumbado sobre la arena. Y al lado, el equipo de reanimación cardíaca y un montón de gente mirando, con mucha más tristeza y preocupación en los ojos que morbo, como si estuvieran pensando en lo imprevisible que es todo: ahora estás entrando en el agua y cinco minutos después estás muerto. En un banco hay dos chicas muy jóvenes que lloran con el neopreno puesto, al lado de una señora mayor que parece la abuela. Más allá, las terrazas siguen llenas de café con leche y cerveza.
Cualquiera de esas historias podría escribirse desde la terraza de una habitación del Hotel Médano, lugar de observación, arqueología de ese turismo de balneario y vida lenta en lo que fue la playa de un pueblo de pescadores. No resulta difícil imaginarse a un Paul Bowles cualquiera, allá en los sesenta, con maleta de piel y correa en la puerta, apuntando detalles en la libreta, vestido con camisa de lino y sombrero, antes de bajar a la cafetería a desayunar un té y unos huevos revueltos.

Todo cabe en un puente de diciembre, donde algunos aprovechan para poner en casa el árbol de Navidad y el belén. A la vuelta de la playa, La Laguna sigue vestida de frío y humedad mientras aparecen las truchas de batata en algunas dulcerías y el chocolate caliente acompaña las compras, llenas de luces. Estos días de fiesta lo aceleran todo. En breve estaremos cenando lo que la pandemia y el dinero nos deje. En una de esas casas faltará el señor que murió en El Médano el pasado domingo en el mar del mes diciembre. Descanse en paz.

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