tribuna

¡Si García Márquez levantara la cabeza: un volcán en un jardín!

Este 2021 que agoniza guardaba un volcán bajo el sombrero de copa

Este 2021 que agoniza guardaba un volcán bajo el sombrero de copa. Habíamos visto las orejas al lobo de la pandemia, y cómo, en su continuo camuflaje, un microscópico virus destructivo hasta nos enriquecía el léxico. Ahora, el volcán, ya no una mota de polvo invisible sino una avalancha de calima negra y de lava hirviendo que desfigura la Isla Bonita como si arrojaran ácido sulfúrico a un rostro bello, redobla el grito de guerra aprendido: ¡resiliencia! El virus, que infecta disfrazado de delta o de ómicron, y el vitriolo del volcán, que quema a fuego lento la faz occidental de La Palma, son estigmas y desafíos. En estos dos años se trastornó hasta la imaginación, ¡la loca de la casa!, que decía Santa Teresa de Jesús. Bajo la pandemia y bajo el volcán afloran historias espectrales y alucinantes. ¡Si García Márquez levantara la cabeza…!

La erupción de La Palma pasará a la historia por multitud de razones. ¡Los más de 7.000 evacuados (el 9% de una isla de 80.000 habitantes), un ejército de damnificados! La pérdida de casas, plataneras y recuerdos eleva la catástrofe a rango de tragedia humanitaria, sin muertos oficiales -a la espera de la autopsia definitiva de un vecino fallecido durante las labores de limpieza-, tras ver cómo ayer, en la isla de Java, que una vez visité, en el Anillo de Fuego del Pacífico, el volcán Semeru acabó con la vida de un residente a poco de entrar en erupción. Testigo o víctima, el palmero hoy es un pueblo damnificado; dado el mazazo psicológico de la población, solo cabe acompañarla con una gran compasión benevolente. Pero ha sido la historia de Amanda, su casa sepultada por las cenizas con una repentina boca del volcán en mitad del jardín, cuya colada arrasó el cementerio de Las Manchas, con más de 3.000 difuntos, la que ha dado la vuelta al mundo a beneficio de la narrativa de un suceso pasmoso, para cuando la erupción dé el salto a la literatura, que ya se diría que es su lugar natural.

La de Amanda Melián es una historia que se asoma al realismo mágico. La idea de que una boca de volcán irrumpa en el jardín de una casa no se concilia con una erupción normal. La casa está cubierta como un iglú por la ceniza del volcán. Cuando el fotógrafo de Associated Press Emilio Morenatti se fijó en ella, solitaria en un desierto de arena negra, la revista Time seleccionó la foto como una de las imágenes del año. El mismo fotógrafo plasmó después la mítica casa, ya con el cráter en sus dominios y las paredes agrietadas dejando ver la puerta y las ventanas verdes, en una lucha heroica por no rendirse. Amanda, madre de dos hijos, reveló los detalles de la antigua bodega con un cuarto, una cocina y un baño, que transformó en esa casa con un préstamo antes de tener que evacuarla al explotar la montaña de Cabeza de Vaca sin olvidar la minicuna de su bebé. Según relató al periodista Toni Ferrera de Ahora.Plus en el reportaje que fue portada el jueves en DIARIO DE AVISOS, esta palmera trabajadora de Tazacorte, ayudante de cocina en ERTE, había reconvertido el chamizo en un hogar con cristalera y una tele de 68 pulgadas para pasar el resto de su vida. Tras un desembolso de sueños y de dinero que adeuda al banco, alude a la pesadilla que la perseguía: el temor agorero a una erupción. Amanda ya le explicó a su hijo mayor de tres años, que le pide volver a casa, que se la ha comido el volcán, como si hablara el personaje de un cuento del autor de Cien años de soledad. No escatima bromas pese al trauma cuando dice que tiene una jacuzzi en el jardín, adonde acudirán los curiosos y los científicos el día de mañana, sintiéndose dueña de un volcán privado, como el Teneguía, que saltó por los aires en 1971 en los terrenos de una familia de Fuencaliente. Esta noticia no es de este mundo, sino del que la está esperando con los brazos abiertos: la ficción.

De esta casa se seguirá hablando dentro de cien años. Ya se conjeturaba acerca de Cumbre Vieja, como de un tema de ciencia ficción, que provocaría un megatsunami capaz de inundar la costa este americana. Así se vestía el santo antes de que el volcán oficiara su liturgia. Casi 600 años después de la muerte de un sevillano en la conquista de La Palma, seguían retumbando las célebres endechas a la muerte de Guillén Peraza (“Llorad las damas, si Dios os vala./ Guillén Peraza quedó en La Palma,/ la flor marchita de la su cara..,”), uno de cuyos trísticos monorrimos lanzaba esta maldición: “Tus campos rompan tristes volcanes,/ no vean placeres, sino pesares,/ cubran tus flores los arenales.” Sobran los comentarios.

No han faltado secuencias para todas las sensibilidades. Unos podencos en Todoque protagonizaron un rescate con drones suspendido tras ser aparentemente puestos a salvo por vecinos anónimos y aún se especula -con recompensas cuantiosas- si están vivos o muertos; la lava ha arrasado más de 1.100 hectáreas y destruido casi 3.000 edificaciones. Los palmeros temen a un monstruo amorfo de fuego que se arrastra impasible sobre todo lo que encuentra a su paso, y le han visto derribar campanarios, deglutir iglesias, camposantos, estadios y playas a su paso implacable de apisonadora. Ha emitido gases y cenizas insufribles en la décima parte de la isla y provocado confinamientos. Los expertos han pasado del optimismo a la frustración, de darle semanas de vida por el descenso de SO2 a considerarlo el más largo de la isla en 500 años. El volcán se prodiga en bocas emisoras, una de ellas está en el jardín de la casa de Amanda en el barrio de Las Manchas. Ha invadido pueblos como Todoque y La Laguna, y parido fajanas o deltas de isla baja, ganando casi 50 hectáreas al mar con la superficie terrestre más reciente del globo. Los vecinos, heridos en su orgullo por la bestia, inician un éxodo o ya habitan en las primeras casas prefabricadas, sin perder la esperanza de que se construyan ciudades nuevas. Los ríos de roca a mil grados no han podido con los estanques circulares de agua para la agricultura del Valle de Aridane, que son de hormigón armado y vergas reticulares. La especie humana tiene reacciones sorprendentes. La policía tuvo que desalojar a un pintor y a su modelo desnudo frente al volcán en la costa de Tazacorte, donde las coladas de lava provocaban explosiones en el mar. Como una erupción ilusoria, Cumbre Vieja escupe piedras semipreciosas como el cristal de olivino que se ha hallado en Marte.

Los volcanólogos no hacen pronósticos, pero sospechan que este volcán venía rumiando desde un enjambre sísmico de 2017. El antecedente lo publicó en la revista Science Marc-Antoine Longpré, que sostiene que el Cumbre Vieja replantea la idiosincrasia de los volcanes basálticos, porque es efusivo y explosivo a la vez, como si tuviera doble personalidad. Entre jornadas de duermevela, como el pabilo de un cirio derretido, sobresalta lanzando fuego y rugiendo como el diablo aquel primer día de erupción, 19 de septiembre, y ametralla con ráfagas de sismos que mantienen en vilo al oeste de la isla picuda, o cae en la desidia como antes de ayer.

Este puente de la Constitución se pide a los visitantes que acudan a El Time y Tajuya, auténticos palcos naturales del espectáculo, que vayan provistos de chalecos reflectantes y linternas. Hemos olvidado que esta erupción, que ha despertado el afecto del mundo desde Jane Fonda hasta el Papa, sucede en una Reserva Mundial de la Biosfera. Hasta aquí la historia, que pronto dará paso a la leyenda, cuando en la reconstrucción de La Palma se hable ya no de un sitio, sino de una porción de alma del planeta.

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