tribuna

Yolanda

Cuando vi la foto de Yolanda tumbada en la cheslón con su falda de altos vuelos me recordó a alguien

Cuando vi la foto de Yolanda tumbada en la cheslón con su falda de altos vuelos me recordó a alguien. Puede ser que estuviera ante una de esas añoranzas soviéticas del lujo del metro de Moscú o de los palacios de San Petersburgo, una remembranza de los coros del ejército ruso acompañados de brillantes balalaikas, tan alejados de las paupérrimas concentraciones de las revoluciones sudamericanas, con el bongó y las maradas. Al final mi memoria dio con la clave y encontré una fotografía muy tradicional de Serguei María Einseinstein, el del Acorazado Potemkin, con las piernas cruzadas encaramado en un lujoso trono, demostrando que el comunismo también venía a representar el poder omnímodo de los zares. Yolanda está harta de tanto papanatismo tropical y bananero y ha descubierto que ese paraíso no se le puede ofrecer a los españoles sin que les surja el rechazo por haber pertenecido al antiguo imperio y reconocerse en los orígenes comunes de la vieja Europa. Yolanda sabe que desde ahí no se consigue nada, que en la memoria colectiva todavía se acepta mejor un palacio que un manglar, por eso le hace una higa a Podemos y dice que no quiere vivir a la izquierda del PSOE, que su sitio natural está en otro lugar, en aquel donde las cosas sean posibles y dejen de ser el sueño romántico de las reivindicaciones de un pasado que nunca fue. Yolanda se ha elevado poco a poco en el escenario del cuché de la política para ser la preferida, según las encuestas de Tezanos y los pronósticos de Iván Redondo. Pero toda esta situación merece ser analizada con calma. En sus manos estaba seguir siendo la sosias de Pablo Iglesias o decidir cortar para presentarse como algo diferente. De momento, parece que se ha determinado por lo último, por eso no ha incluido a sus compañeras de Gobierno, Belarra y Montero, en esa operación de cinco magníficas que se presentó en Valencia como un ensayo de plataforma transversal. De momento, esa transversalidad estaba construida solo dentro de la izquierda. La novedad actual consiste en incluir a todos los espectros políticos para liderar una transformación social sin precedentes, que es como si fuera entrar en una segunda Transición. Yo pensé, inocente de mí, que se trataba de una de esas escaramuzas para ocupar el espacio del centro, abandonado tanto por la izquierda como por la derecha tradicionales, que ahora parecen más ocupadas en recomponer lo que está ocurriendo a sus extremos, pero Yolanda no pretende eso porque lo que quiere es llenar todo el espectro, el disponible y el que no lo está, en un proyecto de encantamiento global que sea capaz de conducirnos en concordia hacia la agenda 20/30. Más burda es la idea de que quiere reproducir el intento de sorpaso fallido de 2016, que provocó la huida de Pablo Sánchez a sus cuarteles de invierno para retornar con el no es no y el Frankenstein debajo del brazo. Ella no quiere ser el chico de los recados del presidente, el que iba a Lledoners a comprar el voto de Junqueras y a visitar a Otegi para ver que era lo que querían a cambio de aprobar unos presupuestos. Ella no ha movido un dedo en ese sentido. Es más, se desmarca de todas las guerras inútiles y aparece blanca e impoluta como la purísima Concepción. Ha llegado a decir que avisó para que no se celebrara aquella polémica manifestación del 8 M y no le hicieron caso, que eso era cosa de Irene Montero y Carmen Calvo. En esto ha demostrado ser más inteligente que las dos; no digo que Pedro Sánchez porque eso no tiene ningún mérito. Alguien puede pensar que todo esto está muy bien, que lo que necesita España es un líder, o una lideresa, en quien creer, y que esta es la oportunidad para que salgan nuevas opciones. La oferta sobre el papel no está mal: un gran pacto para la transformación social. En el fondo es lo que todos estamos deseando. Luego está esa maldita foto tumbada en la cheslón, con su melena reluciente a lo Llongueras, que tanto recuerda a la del cineasta ruso haciendo el papel de emperador en Iván el terrible. No sé qué pensar.

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