Avisos políticos

La extraña pareja

En las últimas décadas del siglo pasado se utilizó mucho por los especialistas un término traducido literalmente del inglés y del análisis político norteamericano: democracia consorciacional. Un adjetivo que la Academia inexplicablemente no ha incluido en su diccionario, aunque sí acepta consorcio y consorcial, ambos con el mismo sentido de unión, colaboración y comunicación mutua […]

En las últimas décadas del siglo pasado se utilizó mucho por los especialistas un término traducido literalmente del inglés y del análisis político norteamericano: democracia consorciacional. Un adjetivo que la Academia inexplicablemente no ha incluido en su diccionario, aunque sí acepta consorcio y consorcial, ambos con el mismo sentido de unión, colaboración y comunicación mutua en beneficio de todos los participantes. El término, aquejado hoy en día de un cierto desuso, hace referencia a una característica definitoria de las democracias del centro y del norte europeos, unas democracias pluripartidistas, pero con un sistema de partidos centrípeto que produce habitualmente Gobiernos de coalición estables y, sobre todo, con pactos de legislatura presididos por la lealtad recíproca entre todos sus participantes. Una lealtad que incluye a la oposición y que incorpora así un elemento del sistema político británico. El último ejemplo se ha producido hace pocas semanas en Alemania y en la despedida que sus adversarios políticos le han ofrecido a Angela Merkel.

Por supuesto, todo eso responde a una cultura política, a una orientación hacía valores y principios de esas sociedades, que no tiene nada que ver con la cultura política de la sociedad española; una sociedad cainita proclive al maniqueísmo, en la que el adversario es percibido como un enemigo al que no hay que vencer, sino destruir. Esas lamentables características españolas explican por qué en nuestra historia política los Gobiernos de coalición son una rara curiosidad, una curiosidad que se limita, además, a experiencias breves e inestables. En ese sentido, por ejemplo, los Gobiernos de la Segunda República -y no digamos de la Primera- y los Gobiernos republicanos durante la última de nuestras guerras civiles fueron un completo desastre.

Todo lo anterior invalida y reduce a sus propios términos ese lugar común que tanto repiten periodistas en busca de autor y presuntos politólogos sobre que el centro preside la política española. Las encuestas y los sondeos reducen a esa idea las respuestas de los electores, pero no tienen en cuenta cómo conciben ese centro al que dicen orientarse. Y el problema es que el ciudadano español promedio no entiende el centro como un lugar de encuentro, de consenso y de consorcio, sino como el frente del que hay que partir para avanzar sobre los enemigos y derrotarlos. Pedro Sánchez lo ha entendido perfectamente, y avanza sobre la derecha al frente de su ejército socialista, sin importarle nada que en su retaguardia comunista Yolanda Díaz le obligue a pasear con ella por La Moncloa o Garzón se aburra con su mini ministerio y confiese que no le gusta la carne.

El Gobierno no es de coalición, es un Gobierno de Sánchez y el socialismo que ha adjurado de la socialdemocracia, acompañado de una facción comunista desleal, que no puede derribarlo y se tiene que limitar a incordiarlo mientras él los ignora. La ministra portavoz afirma que Garzón habla a título personal; el interesado la desmiente, y Margarita Robles, desmintiendo a su portavoz, le recuerda que un miembro del Gobierno no puede hacer declaraciones políticas a título personal. Garzón ataca a su país y a su economía desde un periódico extranjero, y Sánchez le contradice sin citarlo. Una extraña pareja que falta el respeto a los españoles.