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¡Vacunados a la guerra! Carmelo Rivero completa su trilogía sobre el COVID

Con el título ‘Vacunados. Nace el homo pandemicus’, Carmelo Rivero cierra su trilogía sobre la pandemia. Aquí se publica un adelanto del libro

Nace el homo pandemicus. La nueva sociedad resultante de la plaga de coronavirus que asola el mundo desde hace dos años tiene un perfil inédito que la caracteriza social, cultural y hasta étnicamente. Buena parte de esos rasgos asimilados a golpe de infectados y supervivientes permanecerán para siempre en la idiosincrasia de una civilización nueva, distinta e inesperada en el ciclo evolutivo de nuestra especie. No es un factor más de la distopía temporal de la pandemia que sacude nuestra existencia desde 2020; es un hecho consumado e irreversible: el ser humano mutó y es otro.


Cuando la ministra canaria de Sanidad, Carolina Darias, certificaba el pasado 28 de enero que la curva de la sexta ola (propulsada por la variante ómicron, la de mayor propagación de la historia) había sido doblegada en España (y, por ende, en Canarias), delante de sus palabras aguarda el final de la pandemia y el inicio de una endemia, una enfermedad estacional, que el Gobierno español sostiene como la luz al final del túnel para toda Europa, en lo que comenzó a denominarse la “gripalización” de este brote persistente de coronavirus. La propia Organización Mundial de la Salud (OMS), que el 30 de enero de 2020 declaró la emergencia, ha acabado aceptando esta tesis. Así que 2022 será el final de la pandemia, pero no de sus secuelas.


Este es otro mundo. El planeta de los pandémicos. Donde pronto veremos coches volando, como el que ya se ensaya en Reino Unido, de despegue y aterrizaje vertical, que cruzará los cielos de las ciudades en menos de 10 años, a más de 220 kilómetros por hora y casi 1.000 metros de altura. A bordo de esos pájaros eléctricos viajarán los ciudadanos que han superado esta pandemia, cuyas víctimas mortales en el mundo se han contado por millones y los enfermos por centenares de millones. No es el futuro, sino el presente más inmediato. El homo pandemicus irá probablemente vacunado a la primera guerra mundial de este siglo, ante la eventual invasión rusa de Ucrania. “Sería la mayor desde la II Guerra Mundial y podría cambiar el mundo”, advertía el 26 de enero el presidente estadounidense, Joe Biden. Por si alguien tuviera alguna duda. No está el horno para bollos, pero las pandemias suelen dejar un halo de suspense cuando declinan. Y los visionarios contemporáneos, sin duda menos duchos que los gurús que ha habido a lo largo de la historia (pues el exceso de información, distorsiona la realidad), sospechan que en muchos de los territorios en los que se ha cebado el virus, debilitando a los gobiernos, habrá revueltas, crisis políticas y, entre otras secuelas, guerras.


Pongamos el caso de que un astronauta descendiera a la Tierra ahora mismo, procedente de la Estación Espacial Internacional, y, tras una hipotética ausencia de dos años (los años de coronavirus), creería estar en un planeta equivocado. No acertaría a comprender, en una primera impresión, que la gente circulara por la calle y permaneciera en los interiores con la boca oculta tras una extraña mascarilla. Le costaría aceptar que sus semejantes mantuvieran mecánicamente una distancia social de metro y medio para interrelacionarse. Que debieran frotarse las manos con gel alcohólico de modo compulsivo temiendo contraer un virus potencialmente mortal. Y que los niños jugaran en los parques con similares medidas de protección. Que la vida, antes cercana y efusiva, se hubiera tornado fría y sin contacto. Nada, a sus ojos, haría reconocible ese mundo donde ya sería un atrevimiento darse la mano, y el abrazo hubiera quedado abolido socialmente. El astronauta haría preguntas y, a medida que fuera recabando información de lo sucedido, de los periodos de confinamiento y de prohibición de circular por las calles, del apagón mundial del turismo y de las escenas en hospitales y crematorios públicos en India o los ataúdes de cartón en Nueva York, pensaría que el mundo había perdido el juicio y se había acostumbrado a vivir fuera de sí. Y que ahora era él el que estaría volviéndose loco.

No olvidemos la imagen de ese astronauta imaginario irrumpiendo en nuestro campo de batalla como un espontáneo en una plaza de toros. Porque el homo pandemicus irá dejando de ser consciente de su metamorfosis y necesitará de un testigo excepcional para recuperar, en lo posible, algunos hábitos borrados durante estos dos años por el SARS-CoV-2, hábitos que el miedo enterró bajo tierra y que requerirán del valor y el coraje de la nueva sociedad para atreverse a vivir en libertad cuando pasen los tanques de esta guerra y antes de que aparezcan los de las guerras convencionales que ya están tocando a la puerta.
Miraremos al cielo, donde seguimos soñando con volver a la Luna y poner los pies en Marte, ya no para preguntar al ojo de Dios, sino al que los hombres acaban de lanzar al espacio (el supertelescopio todopoderoso James Webb), si estamos solos o hay vida y lugares habitables ahí fuera. Esta pandemia, el cambio climático, las superbacterias que permanecen expectantes libres del alcance de los antibióticos y cuantos peligros potenciales nos acechan han engendrado en nosotros, el conjunto de seres que conformamos este homo pandemicus recién generado, una cultura imprevista de supervivencia dentro y fuera de nuestro planeta. Algunos emprendedores futuristas como Elon Musk hacen de ello el caldo de cultivo de toda una industria espacial en ciernes, para cuando las autopistas de la Tierra no nos basten y hagamos realidad un tráfico regular de naves galácticas. Es la primera vez que esto ocurre, que esa magnitud de una gran evasión concebible, ya no es solo la ocurrencia que invocaba Stephen Hawking, sino una idea compartida por la humanidad, convertida como homo pandemicus en una civilización de nuevo cuño llamada a dar un vuelco a la historia y saltar de una etapa a otra, de una era a otra, de un planeta a otro.


Antes de que el virus atizara un terror imprevisto en Wuhan (China) y de inmediato saltara a la isla de La Gomera, donde el primer caso en España fue aislado en un hospital el 30 de enero de 2020 y confirmado como positivo al día siguiente (el turista alemán de Hermigua), la catástrofe había emitido algunas señales de aviso, como los preludios efectistas de las películas de terror. Canarias fue el primer mojón de la COVID en España y recibió señales premonitorias: los canarios vivieron devastadores incendios de última generación y una tormenta de polvo africano como nunca en los registros históricos de la calima. Las pandemias, erupciones y terremotos copan los grandes desastres de la humanidad, como ha narrado el historiador británico Niall Ferguson (Desastre: historia y política de las catástrofes). Tampoco las Islas dejaron de acudir puntualmente al guion de la historia, y en las postrimerías del tsunami de coronavirus, aún bajo el nuevo paradigma de la cepa ómicron, La Palma experimentó en septiembre de 2021 una erupción en toda regla que duró 85 días.
Así cobró vida en nuestra vanidosa desidia digital y tecnológica el llamado rinoceronte gris, la pandemia previsible que nadie detuvo a tiempo, pese a los informes de las agencias de inteligencia a los respectivos gobiernos capaces de haber procurado los pertrechos necesarios ante los embates del virus en la primera línea de defensa sanitaria. La falta de EPI, mascarilla y respiradores desató un desesperante clima de pánico en residencias de mayores y hospitales, donde los triajes aplicaron criterios macabros a la hora de salvar vidas dando preferencia a los más jóvenes. Nunca nos pudimos imaginar, en la peor de nuestras pesadillas, las escenas vividas con marchamo de muerte. De esa frustración en la cima del dolor proviene este homo pandemicus, cuya indefensión le marcará durante mucho tiempo, en que habrá de sanar sus traumas y volver a creer en las bondades de la humanidad con mente de principiante o de resucitado.

Estragos en la sombra


El monstruo de apoderó del mundo sin dejarse ver, porque no tenía apariencia visible, ni vida, incapaz de engendrarla sin ayuda de sus propias víctimas. Ha hecho estragos en la sombra. Y terminamos admitiendo que nos enfrentábamos a fantasmas. En esta lógica perversa, Europa, el mundo, reaccionó como pudo. Las vacunas (surgieron milagrosos remedios, entre ellos el providencial ARN mensajero) fueron posibles en un tiempo récord y gracias a ellas se han salvado millones de vidas, pero el reparto entre los países más pobres fue desigual y ese ha sido nuestro Talón de Aquiles. La inmunidad de rebaño nunca fue posible, y a estas horas se sigue anhelando alcanzar la superinmunidad del planeta, a falta de vacunas esterilizantes y de una más eficiente distribución de los viales de las pócimas autorizadas. La Unión Europea acordó grades sumas de dinero (los ya famosos fondos del programa financiero Next Generation) para abordar algún día la ansiada reconstrucción. Teóricamente ese día es ahora. Nadie es capaz de evaluar las consecuencias, ya no económicas, sino psicológicas de esta pandemia. La enfermedad del mundo no termina con el último recuperado del virus. Como hemos visto en La Palma, más de dos mil años después que Plinio el Joven ante el Vesubio, las secuelas son también severas en la mente humana. Y esa parcela, como las primeras dolencias causados por este coronavirus, habrá de ser afrontada por la ciencia. A ella nos aferramos cuando estalló la bomba de Wuhan cuya onda expansiva se entendió por todo el mundo. Y a la ciencia volveremos una y otra vez en busca de respuestas a los males que nos aquejan.
Esta es la soledad de la sociedad. La de las postrimerías de la guerra, tras caer en el triángulo de las Bermudas del SARS-CoV-2 y vivir con un pasaporte verde en el móvil adictos a la PCR o al test de antígenos y a la farmacología de la COVID desde la mítica cloroquina fallida hasta el Paxlovid, la píldora milagrosa para los casos críticos. Una soledad inmensa en la superficie y en la profundidad de estas aguas. Seis olas, una detrás de otra. ¿Dónde habita ahora la palabra felicidad? Todo el mundo ha salido en busca de ella. Estamos en pleno éxodo hacia un paraíso que ni siquiera hemos podido prefigurar todavía, saliendo de un susto para entrar en otro. Con más de 90 años, el filósofo Noam Chomsky, meditaba nostálgico en El País: “Yo crecí durante la Gran Depresión, pero entonces reinaba una atmósfera de esperanza”.
¿Por qué nos hemos tirado piedras contra nosotros mismos? O pelotas de tenis con la raqueta de Djokovic. Incomprensiblemente, el ser humano optó por dividirse frente al enemigo común. Y los movimientos negacionistas, que cuestionaron la veracidad del virus y las virtudes de las vacunas (hicieron creer que había grafeno en los sueros para controlar mediante nanobots la voluntad humana) y las mascarillas, consiguieron movilizarse por miles en importantes capitales, desafiando a gobiernos, políticos, científicos y hasta jueces. Esa corriente ideológica ha cobrado forma en la vida pública y, entre otras transformaciones, promete erigirse en una fuerza de oposición que aspire al asalto al poder, como vimos en la toma del Capitolio de los Estados Unidos el 6 de enero de 2021. Cuando Trump, según los términos empleados por Biden en el primer aniversario, “colocó un puñal en la garganta de la democracia de los Estados Unidos”.
Un día de estos, cuando la normalidad recobre todo su sentido, y la coronofobia (“trabajo en casa y evito salir para no infectarme”) desaparezca, y los miedos futuros sustituyan a este, sabremos qué será del homo pandemicus. Ahora solo podemos atisbar que seguirá jugándose la vida cruzando mares en barcas de mala muerte, seguirá enfermando y muriendo por causas ya conocidas y desconocidas, seguirá mintiendo y mintiéndose, disputándose a la fuerza sus riquezas y dominios, y quizá invadiendo territorios ajenos. Pero sí podemos intuir que ese homo pandemicus será psicológica, física, morfológicamente distinto. Acaso, entre sus primeras innovaciones, acepte llevar un sensor en la cabeza, igual que ahora porta un móvil en el bolsillo, como alerta el neurólogo español (de origen canario) Rafael Yuste desde los Estados Unidos, pues viene caminando un modelo de civilización híbrida, expuesta a nuevas tecnologías, que han de ser reguladas y difundidas entre la población, dado que permitirán leer el pensamiento de la gente. Pero nos resistimos a descartar que volverán los días normales y los hábitos más comunes, las sencillas costumbres de hacer cosas simples, como el Papa saliendo de una tienda de discos en Roma.
Seremos cohabitantes de mundos paralelos, el presuntamente real y el virtualmente ficticio, y entre el verso y el metaverso, tarde o temprano, surgirán nuevas y tentadoras hipótesis sobre riesgos inconmensurables, los apocalipsis nos seguirán acompañando en el viaje de la evolución humana. El homo pandemicus tendrá que vérselas con un persistente adversario, como si el Armagedón hubiera pasado a formar parte definitiva de nuestra cultura actual y venidera. Como dice el novelista chileno Benjamín Labatut, el único autor hispano en la lista de los diez mejores del año según el New York Times Book Review, “el fin del mundo es tan lento que quizá no acabe nunca”.

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