el charco hondo

El error

Con el país malherido después de la crisis del petróleo de 1973, la transición galopando sobre campos minados, el paro desbocado o la inflación merodeando el 30%, en 1977 los partidos fueron capaces de lograr el consenso que permitió los pactos de la Moncloa; no fue sencillo, nada lo era, pero se consiguió dar forma a dos documentos -económico y político- que dibujaron una puerta en aquel callejón sin salida. Un año después, en 1978, los partidos volvieron a desafiar los imposibles que iban atravesándoseles en la carretera de la adolescencia democrática, no lo tenían fácil, pero constituyeron la Comisión de Asuntos Constitucionales y Libertades Públicas dando voz en las ponencias al nacionalismo catalán y vasco (que quedó fuera de la comisión) y avanzaron bajo una lluvia de presiones, exigencias y trampas; actores principales y representados perdieron plumas en la negociación, cedieron, demostraron la cintura que requiere el sentido de Estado, abordaron los problemas, dieron con las soluciones, creyeron, levantaron puentes en vez de dinamitarlos, identificaron puestos de encuentro para zafarse de los desencuentros, hicieron posible, otra vez, un pacto mayúsculo, imprescindible. Apenas tres años después, en 1981, la inestabilidad que sembró la caída de Adolfo Suárez y el intento de golpe de Estado amenazaron con devolver al país a la casilla de salida, a las dudas, a la falta de certezas, a la necesidad de retomar la senda de los grandes acuerdos, a los consensos que hicieron posible, esta vez, el pacto para el desarrollo autonómico. Durante décadas, la política fue capaz de aparcar sus diferencias para fortalecer al país con los grandes pactos que la situación requería, pactos contra el terrorismo, pacto de Toledo, pacto por la Justicia o contra la violencia machista, acuerdos que vieron la luz porque la política sembraba respuestas, cedía, tensaba pero no rompía, construía, situaba al país por encima de otros cálculos, y del cortoplacismo. En el mismo país que sobrevivió a tantas turbulencias aupado por pactos maduros e inteligentes, de años a esta parte los partidos mercadean con los estados de alarma, renuncian a una ley de pandemias o aprueban una reforma laboral que, avalada por sindicatos y patronal, se salvó en la prórroga, con un gol en propia puerta. Reducir lo que ha ocurrido a un error informático, a la caricatura de un torpe, es una simplificación. Ojalá eso, pero no. Cuando una reforma de ese calado se aprueba sin la mayoría que merece, lo sustancial no es un error informático sino un error de Estado, de política, de partidos incapaces de alcanzar los grandes pactos que hacen falta.

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