cuadernos de la periferia

Cuando el Sáhara sonó más fuerte que la crisis económica

El Gobierno supera sin demasiados problemas su segundo Debate sobre el estado de la Nacionalidad, con gran protagonismo de la excolonia española
Debate sobre el Estado de la Nacionalidad. Sergio Méndez

Quizá la mayor evidencia de que el Debate sobre el Estado de la Nacionalidad ha sido un poco extraño es que el momento más intenso no lo protagonizó una refriega entre el Gobierno y la oposición. Lo hizo Luis Campos, diputado de Nueva Canarias -uno de los socios del Pacto de Progreso-, a cuenta del cambio de postura del Ejecutivo español respecto al conflicto del Sáhara Occidental. Ni Coalición Canaria ni el Partido Popular han conseguido colar ningún titular relevante. La diputada tránsfuga Vidina Espino persevera en su deriva a ninguna parte. Y el ciudadano Ricardo Fernández de la Puente no acaba de dar con el tono, encapsulado en una oratoria monocorde.

Era previsible que Campos, del sureste de Gran Canaria, tierra de tradición tomatera y nacionalismo progresista, criticara duramente a Sánchez, cuya decisión de apoyar una autonomía dentro de Marruecos como opción más realista definió como “lamentable y miserable”. La defensa del pueblo saharaui es una bandera histórica de ese espacio político, y Campos avisó de que no permitirán que la posición del Gobierno de Canarias sea igual a la de Sánchez. Al final, el Parlamento apoyó ayer una resolución de NC para instar al Ejecutivo canario a que inste al español a “volver de manera inmediata a la posición histórica” de neutralidad sobre la soberanía del Sáhara Occidental, dentro del “marco de la legalidad internacional”. Con la abstención del PSOE.

Pero algo se ha movido en el terreno geopolítico, pues el Gobierno de Sánchez se suma, de manera bastante más explícita de lo que lo hizo Zapatero, a una posición que ya tienen EE.UU., Francia y Alemania. Y que ve con simpatía la autonomía ofrecida por Marruecos al Sáhara Occidental, un movimiento bendecido por la propia Comisión Europea a pesar de los pronunciamientos de tribunales europeos dándole la razón al Frente Polisario sobre el uso ilegal que hace Marruecos de los recursos del Sáhara ocupado.

Nunca dos guerras a la vez, titulaba hace unos días Lluis Bassets en un artículo de El País, donde explicaba cómo la decisión de Sánchez evidencia la gravedad de la crisis con Rusia y la necesidad de cerrar el contencioso con Marruecos, que maneja el flujo migratorio a su antojo y es una pieza importante en el control del terrorismo yihadista. Con la OTAN activando sus defensas contra armas nucleares o químicas, como para tener a Marruecos desestabilizando la zona. De hecho, las llegadas en patera se han frenado en seco. “Europa no puede permitirse una crisis en el flanco meridional, donde se halla la alternativa al gas ruso, ni mucho menos una peligrosa pugna que pudiera terminar de mala manera con la soberanía española en las ciudades de Ceuta y Melilla”, afirma Bassets.

En clave isleña, eso podría suponer una tensión entre las exigencias de una creciente política de seguridad europea -cuyas consecuencias seguramente implican a todo el territorio europeo, incluidas las islas- y la posición histórica de defensa del pueblo saharaui, arraigada en las Islas desde hace décadas.

Lo de utilizar la migración es un “chantaje” marroquí, recordaba Campos durante el debate, aunque la socialista Nayra Alemán, algo molesta con las críticas del portavoz de NC a Sánchez, se apresurara a decir que un efecto inmediato de ese acuerdo con Marruecos es que disminuirán las muertes de quienes se ahogan en el mar. También, el presidente español aludió al argumento migratorio en Ceuta y Melilla el pasado miércoles. Torres apenas lo mencionó durante el debate, y le dijo a Campos, con esa actitud conciliadora que tan buenos resultados le da, que ya se esperaba su intervención “apasionada”. Luego destacó que es necesario tener relaciones de buena vecindad con Marruecos. Pero que cualquier acuerdo sobre el Sáhara debe ser aceptable para las dos partes y darse en el seno de la ONU. También destacó que Sánchez tiene que explicar a Canarias este cambio de postura.

Ayer, la diputada de CC Rosa Dávila acusó a Nueva Canarias de vender sus convicciones prosaharauis por la “poltrona de Don Román Rodríguez” en el Gobierno. Un zasca en toda regla que contrastaba con los aplausos que los diputados nacionalistas dedicaron el día anterior a la intervención de Campos. Pero CC enfocó más el debate en las cuestiones económicas, altamente condicionadas por los disparados precios del combustible, y en el aumento de los datos de la pobreza, según el último informe Foessa. Ayer, Dávila hablaba de “inacción” y “pasividad” de Torres por no utilizar los instrumentos fiscales que tiene Canarias para mejorar la situación.

Pero Torres está convencido de que bajar los impuestos a los hidrocarburos solo sirve para detraer recursos con los que pagar los servicios públicos, como le recordó a José Miguel Barragán, portavoz de CC, el primer día de debate. Y que apenas se nota el impacto, pues el mercado las absorbe con rapidez. El Gobierno, afirmó, se está reuniendo con los distintos sectores económicos para tomar medidas y dar subvenciones. Y aunque reconoció que el problema de la pobreza es enorme, afirmó que las políticas sociales del Gobierno han impedido un golpe aún mayor tras la pandemia, recordando que ha crecido un 4’4% en Canarias frente al 73,1% en Andalucía, donde gobierna el PP.

No estuvo mal el nuevo líder del PP, Manuel Domínguez, mucho menos histriónico que su predecesora, Australia Navarro, y quizá buscando un perfil propio al PP canario que no pase solo por pactar con CC a toda costa, como alentaban Casado y Egea. Domínguez llamó al consenso al PSOE, aunque exigiendo sacar de la Consejería de Derechos Sociales a Sí Podemos Canarias, cuyo portavoz, Manuel Marrero, tomaba ayer esto como un piropo, pues nada mejor que ser el “antagonista” del PP.

Y estuvo entristecedora Vidina Espino: “No me hablen ustedes de transición digital, de transición ecológica, de modernización de la economía, cuando hay miles de personas que se están quedando atrás en los más básico”, dijo en uno de esos giros antiintelectuales tan típicos de la derecha populista. Como si mejorar el modelo de desarrollo no beneficiara a los sectores más desfavorecidos.

De diversificar el modelo productivo habló el líder de ASG, Casimiro Curbelo, que reivindicó el papel de la “izquierda” y la “socialdemocracia europea” para salvar a las clases medias durante la pandemia. En cada generación nace un líder socialdemócrata como el sueco Olof Palme. El nuestro está en San Sebastián de La Gomera.

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