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El drama del suicidio: “El cáncer del alma se llevó a Isabel y Cándido, los devoró por dentro”

Sonia y Antonio se mortifican cada día pensando que los suicidios de sus parejas se podían haber evitado. Hoy alzan sus voces para exigir a la Sanidad Pública más medios frente a la depresión
Antonio y Sonia, en el Parque García Sanabria de la capital tinerfeña, durante el reportaje para DIARIO DE AVISOS.

Cándido decidió quitarse la vida con 41 años, un par de meses después de ver cumplido su sueño de ser padre. Trabajaba como empleado del banco BBVA y adoraba a Sonia, su mujer. La primera señal de alarma llegó cuando ella aún no había recibido el alta tras el parto. Un ataque de nervios le llevó hasta el hospital y allí  intentó sin éxito acabar con su vida, aunque algunos psiquiatras lo interpretaron como un “parasuicidio”, una forma de llamar la atención, argumento que nunca se creyó su familia, que, más allá de notarlo “un poco tristón y nervioso” por el cambio de oficina decidido por su empresa, con el que él no estaba de acuerdo, jamás le había escuchado un comentario que dejara entrever la decisión que rumiaba.


Después de permanecer 11 días ingresado, visitó hasta cinco psiquiatras, cuatro de ellos en su consulta privada. Ninguno advirtió la gravedad de la depresión severa que lo carcomía. La Sanidad Pública le dio cita con un especialista a los cinco meses. Demasiado tarde. 16 días después, Cándido decidió emprender su viaje.


“Mi marido se suicidó por el sufrimiento del alma. No hay una única causa, pero la que terminó llevándolo ahí fue su carácter superperfeccionista y su capacidad de trabajo. Entraba en la oficina a primera hora y salía de noche. Sintió que se descontrolaba, que perdía el timón sobre sus sentimientos y emociones, que no gobernaba su vida”, explica a DIARIO DE AVISOS Sonia, que no puede olvidar un comentario cuando tocó fondo nada más ser padre: “Ahora no tienes un niño, tienes dos. Soy un estorbo”.


Después de perder a su marido, Sonia tuvo las agallas suficientes de volver a la consulta de uno de los psiquiatras privados que le había atendido, al que acudió “desesperada”, y que le aseguró que “el que se quiere suicidar se suicida”, después de recomendarle que “si se comporta como un niño, hay que tratarlo como un niño”. “Me senté frente a él y le dije: Vengo sola, mi marido ya no está. Tenía razón, quien quiere matarse se mata. ¿Sabes qué me contestó? Que había sido una cagada, que estaba mal diagnosticado por el hospital, porque no padecía un simple trastorno adaptativo”.


Han pasado ocho años y la memoria de esta profesora de Lengua e Inglés, que disimulaba su duelo en público a base de maquillaje y forzando la sonrisa “mientras lloraba por dentro”, guarda los mejores recuerdos de Cándido. Cierra los ojos y lo ve feliz plantando naranjos en la huerta de sus padres o disfrutando de las vistas al mar del apartamento que compartían en Playa de la Arena. “Siempre me decía: Nos vamos a ver de viejitos aquí. No le dio tiempo [se emociona], era una persona excelente y hubiera sido un padre fantástico”.


Sonia confía en dejar atrás “este continuo dolor, aunque sé que nunca habrá un carpetazo definitivo” y recomponer el mapa de los sueños que cada día le ayuda a dibujar su hija. “Él deseaba mucho ser padre y creo que ella nació porque tenía que irse él”. 

“Sabía que iba a ocurrir”
 Isabel tenía 54 años cuando decidió terminar con su infierno. Su caso fue distinto al de Cándido. Tras un primer intento en 2012 mejoró, pero al cabo de cinco años reincidió y quedó temporalmente en estado de coma. 18 meses después consumó su propósito. De profesión docente, era una persona inteligente, luchadora, que se refugiaba en la lectura y la escritura como antídoto a un martirio que, a pesar de sus poderosos tentáculos, confiaba en vencer. Pero la depresión, agravada por otros trastornos, fue implacable.


“Se quitó la vida porque llevaba muchos años sufriendo. Yo tenía la certeza de que algún día iba a ocurrir porque ella me decía que lo haría”, confiesa a este periódico Antonio, su esposo, que la define como una persona “muy perfeccionista, que se autoexigía muchísimo y que no le gustaba nada perder el control”. “Tenía la sensación de que los días se le escapaban y en la última fase de su enfermedad repetía que quería ser la de antes”, explica quien se convirtió en su “cuidador” entregado en cuerpo y alma a su pareja, guiado por las pautas que le marcaban psiquiatras y psicólogos.


Antonio recibe medicación que le ayude a sobrellevar el duelo. Más de dos años después de perder a su “otro yo” –su noviazgo con Isabel comenzó siendo los dos estudiantes-, sigue sintiendo rabia y culpa. “Siempre piensas que podrías haber hecho más, porque estaba en juego nada menos que la vida de la persona que más quieres, no hay nada más arriba; te mortificas eternamente con la idea de que lo podías haber evitado, buscas culpables fuera, pero sobre todo en ti mismo”.


Este profesor de Tecnología se pregunta “hasta qué punto una persona que padece una depresión profunda es libre”. Él mismo aporta la respuesta: “No lo es, está condicionada por su enfermedad”. Sostiene que en esas situaciones extremas “debería haber un entorno familiar y profesional que rescate a esa persona para que sea consciente de las decisiones que toma”.


Desde el dolor asegura que el “cáncer del alma”, que es como se refiere a la depresión, le arrebató a su mujer. “Te devora por dentro y te genera tal sufrimiento que te lleva al acto más violento que puede existir, que es el de quitarte tu propia vida”. El suicidio rondó por su mente durante los meses de confinamiento, porque “no soportaba aquella soledad recluida, necesitaba hablar y me vi solo en casa con un teléfono móvil”.


Hoy Antonio pelea cada día por lograr su meta: encontrar la paz. “Quiero sentirme tranquilo, no vivir con ansiedad y dejar mi medicación”. Asegura que nunca olvidará a Isabel, “ni quiero olvidarla”. Reconoce que “no hay un solo día, ni uno solo, en que no piense en ella”.


Recuerda a su esposa leyendo y escribiendo, sus dos grandes pasiones. Era la burbuja en la que se aislaba de los demonios que le hacían la vida imposible. Hoy guarda como un tesoro los cuentos de Isabel y no descarta publicarlos algún día.


Antonio y Sonia son dos supervivientes (así se denomina a las personas que han perdido un familiar por suicidio) que han decidido dar un paso adelante y contar por primera vez públicamente su dolorosa experiencia para exigir mayores recursos sanitarios destinados al tratamiento de las enfermedades mentales: “Más psiquiatras, más psicólogos y más gabinetes” (grupos de profesionales coordinados que tratan en sesiones largas a los afectados). Insisten en que “no es un gasto sino una inversión, porque una persona equilibrada y sana produce y genera riqueza. Es lo que más pedimos. Nuestra esperanza es poder ayudar a otras personas, porque los muertos, muertos están”.


Cuando a la psicóloga Sara Bote se le pregunta por la puerta que abrió para escapar del infierno y aferrarse a la vida, explica que “sentía que mi hermano tenía unos valores que yo estaba obligada a mantener vivos, eso me dio mucha fuerza”. Sabe muy bien de lo que habla porque conoce lo que hay al otro lado de la alambrada. Emilio José decidió desaparecer con 20 años en La Gomera y la depresión arrastró a su hermana al borde del precipicio. Un día optó por rendirse, pero no cayó al abismo.


“Llegó un momento en que me planteé el suicidio como una opción válida porque no quería seguir sufriendo, no veía otra alternativa. Ahora, en cambio, aseguro que hay muchísimas”, confiesa a este periódico. Su mente hizo crack en el instante en que percibió a su alrededor que se evaporaba el apoyo social en pleno duelo por su hermano: “Los demás esperan que tú sigas con una vida normal, pero no puedes porque se acabaron las fuerzas”.
Sara ha tomado buena nota de aquella experiencia. “Aprendí que todos podemos vernos en esa situación límite, pero también que podemos salir”, remarca. Hoy, a sus 34 años, casi 19 después del fatal suceso que marcó su vida, es una especialista en el tratamiento de las personas que le dan vueltas en su cabeza a la idea de abandonar voluntariamente este mundo y en la atención de quienes sufren las secuelas de una pérdida inesperada. Sus pacientes hablan maravillas de ella. Ha fundado la asociación Volver a vivir, que define como una “red de apoyo que fomenta la complicidad”, en la que supervivientes se reúnen periódicamente para compartir penas, intercambiar experiencias y, sobre todo, repartir ánimos.


Proyecta una mirada limpia que adquiere un significado especial para quienes buscan desesperadamente un salvavidas cuando la catarata acecha. Recomienda “escuchar sin juzgar” como primer paso para desactivar un sufrimiento que, reconoce, esconde demasiados enigmas, entre ellos, algunos comportamientos desconcertantes: “Hay casos de personas que el día antes de suicidarse participaban en una celebración, festejaban con familiares y amigos, reían y se abrazaban a ellos”.


Los expertos sostienen que el suicidio puede afectar a cualquier persona, sufra o no una enfermedad mental, y diversos estudios confirman que hasta la mitad de la población piensa en él a lo largo de su vida. “Es muy común, porque entra dentro de la realidad humana planteárselo cuando estamos mal, y es algo que a todos nos puede pasar”, sostiene la psicóloga, “basta que se vengan abajo los pilares de tu vida (el fallecimiento de un familiar muy próximo, la pérdida del trabajo…), sufrir algún problema de salud crónico o una enfermedad degenerativa o incurable, arrastrar algún factor de atrás o padecer estrés o falta de sueño, sin olvidar los casos de personas que lo tienen todo (apoyo, salud, trabajo…) y se sienten vacías”.


Las mujeres verbalizan más sus intenciones porque expresan con mayor facilidad sus emociones. Reconocer las señales de riesgo es una cuestión de vida o muerte, recuerdan los especialistas. Los estudios indican que la gran mayoría de las personas que se suicidan lo había comentado abiertamente y un alto porcentaje de ellas acudió a su médico de cabecera en el último año.


No obstante, la experta destaca que “hay casos que se pueden prevenir y otros que no”. Explica que “esto no es un problema de que la familia haya actuado de una manera o de otra, es una cuestión mucho más profunda como consecuencia de una sociedad que está fallando en bastantes cosas, por ejemplo, en el ritmo de vida o en lo que entendemos por éxito o felicidad”.

Impacto emocional
El duelo por suicidio deja unas secuelas profundas y duraderas. El dolor extremo, agudizado por un sentimiento de culpabilidad, puede cronificarse y generar trastornos mentales. Hay casos en los que el impacto emocional es tal que aparece en el superviviente el deseo de correr la misma suerte del ser querido. Los familiares sufren, además, el estigma de no poder hablarlo con la normalidad con la que se comentan otros duelos. “Se crean vacíos y silencios incómodos, la gente no sabe qué decirte, no te vuelven a nombrar a la persona fallecida”.


Sara Bote, que pide más planes preventivos, mayor seguimiento a los pacientes y una apuesta decidida por la formación especializada, recomienda a quienes estén pensando en el suicidio “contarlo a alguien que les acepte incondicionalmente” y, de inmediato, buscar un especialista. Desde la experiencia como profesional, pero también como superviviente y víctima, recalca que “cuando te sientes acogido, como mínimo aplazas la decisión, porque, como solemos decir los psicólogos, para ‘eso’ siempre hay tiempo”.

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