después del paréntesis

José Antonio Padrón

Los buscábamos porque un grupo de chicos nos habíamos impuesto conocer a eso que se llama “fetasianos”. ¿Quiénes son? No por azar, nos señalaron la evidencia de Antonio Bermejo, el escritor maldito por homosexual, el hombre abandonado a su suerte por su familia adinerada, el que vivió en una cueva del barranco de Santos y en infames pensiones de La Laguna. Publicamos sus cuentos. Luego conocimos el bar de la Avenida de Anaga donde se reunían cada semana Isaac de Vega y Rafael Arozarena. Allí nos encontramos y comenzamos a ajustar su mundo y sus libros. Pero esto no es todo, me dijo don Isaac una noche; falta otro, el más fetasiano de todos los fetasianos; falta José Antonio Padrón. Perseguimos desde aquel día de principios de los años 80 a Tubalcaín setenta veces siete que su autor se resistía a terminar. Por don Isaac lo encontré. He de reconocerlo, fue una de las borracheras más memorables de mi vida. Don Isaac taciturno y José Antonio que repetía en los delirios del alcohol el mundo, la existencia, la muerte, la condición… Él sabe, me había dicho Rafael Arozarena. Sabía de filosofía, conocía el existencialismo como su mano, me habló de Sastre, de Camus, de Kierkegaard… Sabía que después de la guerra española y de la guerra de Europa, después del nazismo y del poder encubridor del perverso Franco, solo cabía una cosa: aprender a hablar de nuevo porque el discurso viejo ya había sucumbido y para el nuevo solo cabía usar palabras nunca dichas. Eso es Fetasa y eso me lo señaló José Antonio Padrón, un hombre que pensaba como vivía y vivió como pensaba, un ser humano desarticulado por la angustia y la lejana luz de la esperanza, un hombre que alguna vez olió la extraña brisa del Paraíso que fue. El ser que me convenció de que Dios es un grandísimo hijo de p…, porque nos ha creado y nos impuso la crueldad de saber que desaparecemos, don Isaac, me hizo llamar cuando su amigo José Antonio murió (1993). Quería deshacer su pena conmigo. Eso también es fetasa: la soledad en compañía. Jamás he visto a un hombre tan desesperado por la muerte de un amigo como don Isaac de Vega. Hace unas semanas volví a encontrarme con Tubalcaín setenta veces siete, 33 años después. La relectura me hace compartir la maravilla, una de las cumbres fetasianas y de la postguerra española. Entonces concibes la tensión ética en escritura de un autor, la absoluta exigencia; entonces te sumerges en el primor, te fundes con el ser al que en la vida adoraste.

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