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Martin Baron: “La Iglesia no ha hecho todo lo necesario; 20 años después, todavía seguimos hablando de los abusos”

El exdirector del Washington Post recuerda, dos décadas después, en una entrevista en exclusiva con DIARIO DE AVISOS, la investigación que destapó el mayor escándalo en la Iglesia católica
Martin Baron
Martin Baron: “La Iglesia no ha hecho todo lo necesario; 20 años después, todavía seguimos hablando de los abusos”. / DA

Su penúltimo proyecto profesional, en la dirección del Washington Post, supuso una revolución en la conocida por muchos como biblia del periodismo, zambulléndose de lleno en una transformación digital y de modelo que hizo reflotar un barco que parecía estar entrando tarde en el futuro de la profesión. Martin Baron (Tampa, Estados Unidos, 1954) logró, de la mano del dueño de Amazon, Jeff Bezos, que pocos meses después de su aterrizaje en la redacción del Post adquirió la cabecera, casar un periodismo valiente, comprometido con la verdad, con los intentos de amordazar a la prensa del Gobierno de Donald Trump. Ello motivó que, por primera vez en 140 años, el diario norteamericano adoptara un eslogan oficialmente: “La democracia muere en la oscuridad”.

Y es que la trayectoria de Baron está plagada de exclusivas e investigaciones de éxito. La más conocida fue en The Boston Globe, donde apostó, cuando nadie antes lo había hecho, por destapar el sistemático encubrimiento de los casos de abusos sexuales en la Iglesia católica. Un trabajo que le hizo merecedor del Pulitzer -de cerca de una decena que le preceden-, y de cuya publicación se cumplieron dos décadas el pasado mes de enero. En esta entrevista en exclusiva con DIARIO DE AVISOS, el veterano periodista repasa distintos temas de actualidad.

– Veinte años después de la serie de artículos que destapó los abusos en la Iglesia, ¿han cambiado las cosas, o siguen intentando encubrirse?

“El primer artículo lo publicamos el 6 de enero de 2002. Fueron casi 950 durante un año y medio, y provocó no solo un impacto en la Iglesia, sino en el mundo del periodismo también, porque muchos periódicos iniciaron sus propias investigaciones. Y los fiscales de varios países dejaron de tener deferencia hacia la Iglesia. El Vaticano, al principio, fue bastante hostil con la prensa, pero en los últimos dos o tres años parece que ha cambiado su postura, e incluso ha emitido declaraciones en las que nos agradece haber investigado los escándalos. Aunque 20 años después todavía seguimos hablando de esto. Si la Iglesia hubiera hecho todo lo necesario, no tendríamos que abordar el tema. Está claro que no han hecho lo suficiente”.

– En España se han abierto varias líneas de investigación. La más destacada es la que encabezará el Defensor del Pueblo, a la que la ultraderecha se ha opuesto. ¿Le sorprende?

“No. Ha habido un gran encubrimiento de estos abusos porque hay muchas personas que muestran mucha deferencia hacia la Iglesia, y debido a esto, a lo largo de los años, de las décadas, hemos visto tantos escándalos. La Iglesia pensaba que tenía el derecho a esconder lo que estaba pasando”.

– ¿Qué papel deben seguir desempeñando los medios ante la lentitud en el enjuiciamiento de los culpables?

“La prensa tiene la obligación de estudiar minuciosamente los abusos. Debemos responsabilizar a cualquier institución que cometa o encubra crímenes graves”.

– ¿Cuál fue el primer hilo del que tiraron para iniciar esas célebres investigaciones?

“Hubo un caso en la ciudad de Boston. Un sacerdote fue acusado de haber cometido abusos contra más de 80 niños, y algunas víctimas habían llevado el caso a la Corte. El abogado de los demandantes decía que el cardenal lo sabía, pero había reasignado a esos sacerdotes de una parroquia a otra sin que importara la gravedad de su conducta; ese cura seguía teniendo la oportunidad de abusar. Cuando llegué al Boston Globe, en el verano de 2001, había leído una columna sobre ese caso. En los últimos párrafos, la autora decía que era posible que nunca supiéramos la verdad, porque los documentos que podían revelar lo que sucedía estaban sellados, el público no tenía acceso a ellos”.

– ¿Cuándo decidieron solicitar que se levantara el sello?

“Durante mi primera reunión en mi primer día como director del Boston Globe, le pregunté a los editores que cómo podíamos descubrir la verdad. Quería que fuésemos más allá de La Iglesia dice esto y el abogado de los demandantes dice lo opuesto. Y ellos me recordaron que los documentos estaban sellados. Empezamos a hablar con el abogado del periódico, que me dijo que había un 50% de posibilidad de que ganáramos una moción ante la Corte para que se hicieran públicos. Y afortunadamente, la jueza emitió una orden a favor nuestra. Con esos documentos y una investigación paralela de los reporteros de Spotlight, publicamos el primer artículo”.

– Ha explicado el cómo, pero, ¿por qué apostar por un tema del que nadie hablaba?

“Porque creo que la prensa tiene la obligación de investigar a las instituciones poderosas. Si hay mala conducta dentro de ellas, tenemos la obligación de averiguarlo todo. Hay instituciones que no solo pueden hacer daño, sino que tienen la capacidad de esconder lo que quieran”.

– ¿Qué le impactó más?

“Las víctimas. Casi por primera vez había alguien que estaba dispuesto a escucharlas. Por muchos años, ellas habían intentado atraer la atención de la prensa, de los fiscales, de la Iglesia, de los políticos, pero no habían tenido mucho éxito porque había demasiado temor hacia la Iglesia y su poder. Eran personas corrientes, sin poder, sin acceso a los medios, y durante décadas nadie las escuchó. Nosotros descubrimos que habían dicho la verdad: que no eran uno, dos o tres casos aislados. Eran una gran serie. Había una política de encubrir los crímenes de los curas solamente para proteger la reputación de la institución, en contra de las necesidades de las víctimas y en contra de la verdad”.

– El Papa Francisco dijo, en una entrevista con el periodista español Jordi Évole, que el motivo de que se encubrieran los casos en su momento era por la concepción de la época. ¿De verdad hemos cambiado?

“Parece que hemos cambiado, pero no suficientemente. Pienso, por ejemplo, en las regiones donde hay más crecimiento de la Iglesia: África y Asia. Nunca escuchamos casos allí, ¿por qué? Porque no hay presión de la prensa, de los gobiernos, de nadie. La Iglesia solo reacciona ante la presión; si no existe, la Iglesia no hace nada. Es lo que pasaba en casi todo el mundo antes de nuestra investigación, y es lo que está pasando en esas regiones”.

– ¿Cree que las investigaciones periodísticas, como concepto, se vieron reforzadas gracias a ese hallazgo de Spotlight?

“La investigación de 2002 ocasionó un gran impacto en nuestra profesión, más allá de la Iglesia. Muchos periódicos empezaron a dedicarse de nuevo al periodismo de investigación, de denuncia. Y fue, a mi parecer, un gran resultado. Es la primera obligación de la prensa: hacer rendir cuentas a personas con poder, a instituciones con poder, cuando nos enteramos de su mala conducta”.

– Cuando aterrizó en el Washington Post, la situación era muy delicada. ¿Cómo fue la transformación del modelo?

“Antes de que llegara, el periódico había reconocido que estábamos viviendo en una nueva época, digital. Tuvimos que hacer una transformación para prepararnos para ese nuevo tiempo, que no lo era tanto. Nosotros habíamos llegado tarde. Empezamos a pensar en la nueva manera de recibir información: la mayoría lo hace a través de su móvil o el ordenador. Entonces, tuvimos que cambiar el sistema dentro de la redacción; la forma en que escribíamos los artículos. Adoptamos un formato más informal, como si fuera una conversación con familiares o amigos, y publicamos los artículos a diferentes horas, porque, obviamente, los lectores no iban a esperar al día siguiente para leerlas en papel. También modificamos la estructura interna para, por ejemplo, enfocarnos en las redes sociales. Fueron una gran variedad de estrategias las que aplicamos”.

– ¿El periódico en papel es una pieza de coleccionista, o todavía tiene pulso?

“Hay muchas personas que leen el periódico impreso, y la verdad es que los medios ganan dinero con ellos. Muchos, de hecho, ganan más con los periódicos impresos que con sus sitios en Internet. Sin embargo, no es el futuro de la profesión: los jóvenes casi no leen los periódicos impresos ni las revistas. El futuro es digital. En 10 años, los medios impresos no serán tan importantes para nuestra industria”.

– En la década de 2010, aprendimos a pagar por servicios de suscripción como Netflix. ¿La década de 2020 será en la que aprendamos a pagar por el periodismo de calidad?

“Espero que sí. Le he dicho a muchos periodistas que tienen que adaptarse al mundo digital e iniciar un modelo de pago, de suscripciones, porque lo cierto es que no van a ganar suficiente dinero con la publicidad en sus sitios de Internet. En el pasado, insistíamos en que los lectores pagaran por el periódico. No es un gran cambio respecto a la época actual, que insistimos en que los lectores paguen por la información, porque nos cuesta mucho dinero obtenerla, pagar a nuestros reporteros, editores…los lectores y el público deben asumir que para recibir información de calidad tienen que pagar. Hay periódicos en España, como El País o El Mundo, que han dado con personas dispuestas a pagar. No hay otro remedio. Tenemos que hacerlo”.

– ¿Y no hay riesgo de que se imponga el periodismo ideológico? David Jiménez, exdirector de El Mundo, describía en su libro El Director cómo los lectores han pasado de leer el periódico para informarse a hacerlo para reforzar sus propias ideas.

“Nuestra profesión tiene muchos retos, y ese es uno de ellos. Los lectores tienen derecho a escoger entre varias fuentes de información, pero no todas lo son. Hay desinformación, mala información y teorías de la conspiración. Creo que una gran parte del público quiere recibir buenas investigaciones y hay mercado para el periodismo tradicional, que ofrece al público reportajes de profundidad y también una gran variedad de opiniones. Esa es la perspectiva del Washington Post. Somos, casi, el país más polarizado, según varios informes, y aun así hemos encontrado mercado para el periodismo del Post. Ha tenido éxito; hay millones de suscriptores y mucho tráfico en su sitio de Internet. Pero también hay mercado para otros sitios que solo piensan en su nicho político, en la desinformación, teorías de la conspiración… Este es, desafortunadamente, el mundo en el que vivimos”.

– ¿Cree en los Ministerios de la Verdad contra las fake news?

“No quiero que el gobierno sea el árbitro de la verdad, porque muchas veces el gobierno es el que difunde la información falsa para proteger sus propios intereses; los de los políticos que quieren poder. No podemos confiar en un Ministerio de la Verdad creado por un gobierno”.

– Hay una frase que se le atribuye sobre la era Trump: “No estamos en guerra, estamos trabajando”. ¿De verdad nunca se sintió en una guerra?

“Reconocía que el Gobierno de Trump libraba una guerra contra nosotros, pero yo no pensaba que estuviéramos en una guerra contra él. Teníamos la obligación de hacer nuestro trabajo, y no quería responder a él como si estuviéramos en una guerra, porque no lo fue. Fue el trabajo tradicional del periodista, bajo la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. Los partidarios de Trump decían que la prensa era parte de la oposición, y era importante que no actuáramos de esa forma”.

– La última vez que hablamos, mencionó que estaba escribiendo un libro con sus memorias. ¿Cómo lo lleva?

“Va bien. Lleva mucho trabajo, así que creo que lo publicaré en 2023. Es un libro sobre mis más de ocho años en el Washington Post, sobre la compra del periódico por Jeff Bezos, la transformación que hicimos, la llegada de Trump a la política estadounidense y el conflicto que resultó con su gobierno. Y también el asalto contra la verdad, contra la realidad objetiva. Ese es el legado más importante de Donald Trump”.

– ¿Cree entonces que la democracia estuvo en peligro?

“Sí, porque para tener una democracia, debemos debatir partiendo de unos hechos básicos. Y ahora muchas personas no entienden qué constituye un hecho; cuáles son los elementos necesarios para establecer que algo lo es. Por eso la democracia está en peligro”.

– Con la guerra en Ucrania, se ha censurado a dos medios afines al Kremlin, Russia Today y Sputnik. ¿Es esta la solución a la desinformación?

“Es una parte de la solución, pero no la solución completa. Hay mucha desinformación por parte de medios de varios países. No toda la desinformación tiene origen en Rusia; la tiene en nuestro propio país”.

– ¿Concibe un escenario de Tercera Guerra Mundial?

“Espero que no, obviamente. Pero cuando hay un conflicto entre Rusia y Estados Unidos, o la OTAN, siempre hay un riesgo. Es una situación muy peligrosa”.

– ¿Qué le diría a los periodistas del futuro? ¿Hay esperanza?

“Siempre hay esperanza. Si hay democracia, hay periodismo. El pueblo quiere enterarse de lo que está pasando en su sociedad, en su gobierno. Una gran parte de los periodistas son, por naturaleza, pesimistas. Y no deben serlo tanto sobre nuestro futuro. Hay nuevas maneras de contar historias, métodos muy efectivos y poderosos. Por ejemplo, los periódicos con un legado impreso ahora tenemos la capacidad de contar las historias con vídeos, animaciones, gráficos interactivos, audio… Tenemos que aprovechar las oportunidades que se abren. Hay buenas razones para ser optimistas, no debemos pensar solo en los problemas y desafíos, que, por supuesto, tampoco podemos pasar por alto”.

– Después de tantos scoops, ¿con cuál se queda?

“Con la investigación de la Iglesia católica, porque ha tenido impacto en la organización y en las víctimas, en personas corrientes. Eso me importa más que un impacto sobre los políticos. Muchas víctimas me han expresado su agradecimiento por nuestro trabajo, y para mí significa mucho”.

UN PERIODISMO ‘DE CINE’: DE BEN BRADLEE A MARTIN BARON

La búsqueda permanente del scoop, de la exclusiva, es inherente a la profesión periodística. Y en el caso de personas como Baron, forma parte de su ADN. Siendo director del Miami Herald, se realizó una amplia cobertura del caso del niño Elián González, célebre por crear un dilema en torno a la migración entre Cuba y Estados Unidos.

En el Boston Globe, apostó por investigar el encubrimiento de los casos de abusos sexuales en la Iglesia, por lo que ganó un premio Pulitzer. Y en el Washington Post, lideró la transformación del modelo hasta lo que es hoy, dejando tras de sí exclusivas como la interferencia rusa en las elecciones presidenciales de 2016 o el espionaje masivo por parte de la NSA.

En esta última cabecera, el Post, se llevó a cabo una de las investigaciones más afamadas de la historia: el caso Watergate, que provocó la dimisión del entonces presidente Richard Nixon. Una historia llevada a la gran pantalla en Todos los hombres del presidente (1976), que narra el trabajo de los reporteros Bob Woodward y Carl Bernstein y del director del medio, Ben Bradlee. Baron, con su exclusiva de los abusos, también tuvo su caracterización en el cine en Spotlight (2015).

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