la victoria de acentejo

Concepción (Bazar-Mercería Conce): “Yo soy como la farmacia, tengo que estar las 24 horas, no puedo fallar”

Bazar-Mercería Conce es un clásico en el municipio no solo porque se puede encontrar de todo sino porque si no lo tiene, su dueña lo consigue
Concepción (Bazar-Mercería Conce)

Nació en el municipio de La Victoria de Acentejo, en la Carretera Vieja hasta que se mudó a su domicilio actual, en el número 204 de la Carretera General, donde tiene la tienda.

Concepción González Guzmán tenía 15 años cuando sus padres cerraron la casa de comidas que regentaban. Coincidió que había terminado los estudios básicos así que les pidió si con ese dinero, le podían poner una mercería ya que desde pequeña le gustó mucho coser y tenía claro que quería estar entre botones, hilos, cintas, elásticos y lanas.

Sus progenitores cumplieron su deseo y el 15 de agosto de 1975 abrió su tienda, una fecha que nunca se le olvidará. Estuvo un año al frente de la pequeña mercería hasta que un imprevisto obligó a la familia a cambiar de planes. Todos los ahorros que habían sacado del restaurante los tenían en la agencia de préstamos Santaella, que “se fue a pique” y sus padres se quedaron sin nada, igual que muchas personas en Tenerife así que tuvo que “devolverles” el negocio para que pudieran salir adelante.

Durante el tiempo que sus padres atendieron y se hicieron cargo de la tienda ella se dedicó a coser: trajes de comunión, de boda, disfraces, paños de cocina, ropa de bebé y todo lo que caía en sus manos. Su madre era costurera y a su abuela también le gustaba mucho esta labor. La apuntaron a aprender corte y confección, una actividad que le encantaba -y le encanta- y que aprendió muy rápido.

Le prometieron que la mercería volvía a ser de ella en cuanto fuera posible. Y así fue. Su madre trabajó allí durante más de dos décadas hasta que en 1999 se jubiló y regresó a sus manos el 1 de diciembre de ese mismo año.

Al principio mantuvo el pequeño cuarto pero con el transcurso de los años lo fue ampliando y adaptando según las necesidades de la clientela.

Amplio stock en Bazar-Mercería Conce

Desde menaje hasta ropa, pasando por juguetes, zapatos, sábanas, mantelería, artículos de decoración y de cocina, regalos, trajes típicos y de Carnaval que ella misma confecciona, hasta bijoutería, sin dejar de lado la mercancía propia de una mercería. Pero eso no es todo, tintes para el pelo, los clásicos jabones Lagarto, velas, abanicos, paraguas y bolsitas de chuches “porque vienen niños y hombres muy golosos”, completan su amplio stock. Como los magos, puede sacar una cafetera debajo de un juego de sábanas o una tira de pegatinas de colores escondida detrás de un juego de mesa.

Al principio fue una tienda de 150, distintivo que todavía conserva en la fachada, y luego se transformó en Bazar Mercería Conce. La primera pregunta que uno se hace cuando llega al local es cómo encuentra las cosas. “Igual que uno sabe lo que tiene en su casa, yo aquí también sé lo que tengo, en el sitio que lo tengo y voy derechita a buscarlo”, explica.

Y cuando alguien le dice que ya no hay lugar para más nada, ella no duda en contestar: “Ustedes tienen la culpa porque empiezan a pedir, pedir y ya no me cabe”, bromea. Pero siempre deja contentos a sus clientes.

“Venía la gente y me preguntaba si tenía un pijama porque iba a ingresar en el hospital. Y así empecé añadiendo unas cholas de levantarse, una mantita y una cosa llevó a la otra. Por pedir hay cientos de artículos que la gente pide y a veces es imposible encontrar, por ejemplo, el colador antiguo para el café, porque eso ya no se consigue”, sostiene.

Un día se pararon unos chicos frente a la tienda y le preguntaron si sabía dónde quedaba El Corte Inglés de La Victoria. Les respondió que no y “muertos de risa” se marcharon. Hasta ese momento ignoraba que a su negocio lo conocían por ese nombre, “porque tiene de todo”, no hay nada que allí no se pueda encontrar, como en los grandes almacenes y si no lo tiene, seguro que ella lo consigue.

Sin embargo, cuando le insisten que “tiene de todo” aclara que no es así. “De todo no tengo, eso está mal entendido. Yo lo que digo es que de lo que tengo no falta nada”, apunta Conce. Es una mujer muy coqueta, le encanta hablar de su trabajo “porque le encanta” y contagia su entusiasmo. Eso se nota y los clientes lo perciben.

Ella misma se encarga de comprar en los mayoristas, de recorrer tiendas, mirar, comparar precios, elegir y cargar la mercancía aunque a veces tiene ayuda para esto último. Otras cosas las pide a la Península. “Para conseguir de todo hay que caminar un montón”, recalca.

La costura: su verdadera pasión

Los trajes típicos de Canarias son uno de sus ‘puntos fuertes’. Adquiere las telas y los confecciona porque le sale mejor y más rentable que comprarlos ya hechos y los completa con los diferentes accesorios: sombreros, fajines, alpargatas, remangos y pañuelos. En su tienda, junto al mostrador principal, están apuntadas de su puño y letra las fechas de las próximas romerías y bailes de magos.

Al lado de una de las ventanas tiene su máquina de coser, su pequeño tesoro. “Es la segunda, porque la primera se me desconchó y tiene los mismos años que la tienda, 22”, precisa.

Nunca dejó de coser, es su verdadera pasión y a día de hoy también sigue haciendo arreglos si no son muy complicados.

Cuando empezó con los trajes de Carnavales la gente se le agolpaba por fuera de su casa. “Había personas que se pegaban hasta dos horas esperando para poder comprar un disfraz. Lo bueno es que lo hacían rápido, ni siquiera se lo probaban, la gente era menos exigente”, cuenta. “En ese entonces, eran pocas las tiendas que había y la gente se desesperaba cuando se acercaba la fecha”.

Sus clientes le siguen siendo fieles pese a todos los establecimientos grandes y pequeños que hay y además, vienen desde distintos puntos de la Isla.

Conce se tuvo que acoplar a las nuevas tecnologías. Al mes de reabrir la tienda se vio obligada a compaginar la peseta con el euro. “Recuerdo que mi madre me decía que si le pasaba a ella tenía que cerrarla, pero yo me fui adaptando divinamente”, asevera.

A ello le siguió el pago con tarjeta de crédito, y otros cambios necesarios para su supervivencia comercial. Entre ellos, dejar de fiar. Había personas que negaban que tenían una deuda, no la pagaban y en lugar de cancelarla, iban a comprar a otro sitio. Después de algunas malas experiencias, aprendió la lección. Ahora reserva lo que le piden y cuando el cliente puede, lo retira y lo paga.

Mascarillas durante la pandemia

Durante la pandemia Conce estuvo tres meses y medio sin poder trabajar pese a que como todos los comerciantes, tenía que pagar los impuestos. “¿Sabes lo que hice?. Me dediqué a hacer mascarillas de tela porque no había por ningún lado”.

En ese tiempo cosió 800 grandes y 200 pequeñas y las repartió por todo el pueblo, las llevaba a la farmacia, a quienes lo necesitaban e incluso iban a buscarlas a su casa. También editó un vídeo y lo distribuyó en el que enseñaba cómo hacerlas.

Concepción no ha decidido todavía hasta cuando seguirá al frente de la tienda. “Yo quiero seguir trabajando. Si me encuentro bien y Dios me da vida y salud, estaré unos añitos más. Porque estás con gente, hablas, tienes tu rutina, te arreglas, en la casa no es lo mismo”, asegura. Y si hay algo que no puede negar es que es “muy presumida como decía mi madre”.

Desde que se ocupa del bazar-mercería nunca ha cogido vacaciones. Cuando vivía su esposo se tomaba una semana pero ahora solo cierra los festivos, los domingos y si tiene que ir a comprar algún día a la semana. “Yo soy como la farmacia, que tengo que estar las 24 horas, no puedo fallar”, dice convencida.

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