viernes a la sombra

Derechas

Esto no ha hecho más que empezar. No van ni cien días de la alianza gubernamental entre Partido Popular y Vox en la Comunidad de Castilla y León, y si los primeros gestos parecían propios de días de vino y rosas, algunas actuaciones subsiguientes claramente responden a lo que podía esperarse y ya presentan flancos críticos.

El vicepresidente de la Junta, el ultraderechista Juan García Gallardo, después de algunas lindezas sobre la perversión con la educación sexual en las aulas (culpable, of course, Pedro Sánchez), el reparto territorial con las autonomías y la ley del aborto, ha maltratado dialécticamente, en una sesión parlamentaria, a una procuradora del PSOE con diversidad funcional. “Le voy a responder como si fuera una persona como todas las demás”, dijo sin inmutarse. O sea, que de condescendencia nada.

Y claro, es consecuente que en el PP se hayan puesto nerviosos. Estas cosas, cuando traspasan la frontera de las diatribas entre políticos, cuando involucran a terceros, sin importar que sean portadores de esa diversidad, se ganan el rechazo de la gente. De ahí la incomodidad popular que, si va a seguir flirteando con quienes practican estos modales y exhiben estos discursos, se verá acentuada. La proximidad de las elecciones andaluzas ha sembrado cierto pánico allí donde el candidato Moreno Bonilla, liberado de Ciudadanos, quiere captar respaldos de sectores moderados para apuntalar su liderazgo y tratar de encabezar las opciones de formar gobierno.

Cauta respuesta inicial de los populares –Feijóo incluido- que habrán de irse acostumbrando a estas posiciones de la formación ultraderechista. Que no sorprenden, ciertamente. A su inexperiencia en lides gubernamentales, se le debe añadir las ganas de lucir músculo en la que seguramente considera carrera ascendente en la que quiere rebañar de todos lados, pero principalmente del espacio ocupado por los conservadores. Poco le importa a Vox que le hagan ver que no todo vale: por desgracia, se ha comprobado lo contrario y ya lanzados, nadie va a frenar estas minucias. Lo ocurrido con Macarena Olona, la ufana candidata consagrada por la Junta Electoral para encabezar la lista por Granada, da igual que esté empadronada o no, pone de relieve que para frenar el avance de los ultra hace falta algo más que la mera observación de los resultados de los comicios franceses. Ni los demás partidos ni buena parte de la ciudadanía se ha tomado en serio este asunto.

El caso es que los exabruptos van subiendo de tono. Es el clima y el ambiente que gustan a la ultraderecha, por lo que ahora, con tal de conquistar nuevas parcelas, irán in crescendo, sin que falte ración para el periodismo que les resulta rechazable. Si es verdad que en la cúpula del PP hay preocupación y algunos dirigentes ya han llegado a exclamar, siquiera en privado, que cuatro años en ese tour de force no se pueden aguantar, deberían ir preparando otro terreno. La ultraderecha ha llegado para romper reglas y esquemas de juego que nos hemos dado. Le da igual eso del respeto y la tolerancia. Viene para implantar sus estilos y sus viejos cauces. Lo hace, además, con cierto tono revanchista. Y con autoritarismos.

En Castilla y León –ya veremos en Andalucía- se está comprobando.

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