tribuna

El impacto de la desertificación en África

Hasta Abiyán, la capital de Costa de Marfil, se desplazaron hace solo diez días un amplio número de jefes de Estado africanos y personalidades de todo el planeta para celebrar una COP (conferencia de las partes) específica sobre desertificación. Reunía a un total de 6.000 delegados de todo el planeta y terminaba hoy, con la meta de federar esfuerzos de diferentes países para frenar el alcance de un fenómeno que, especialmente en África, tiene una incidencia abrumadora y actúa como un vector multiplicador de conflictos, hambrunas y, en última instancia, movimientos de población, algo que nos remite a un término al que irremediablemente tendremos que acostumbrarnos, el de los refugiados climáticos.

Esta COP responde a una advertencia urgente (como todas las que tienen que ver con la salud de nuestra biosfera) de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación: casi el 40% de las tierras de nuestro planeta ya están degradadas, con consecuencias desastrosas para el clima, la biodiversidad y los medios de vida. Según leo en las declaraciones de uno de los delegados que participaron en esta COP, el senegalés Emmanuel Seck, su particularidad es que amplía la comprensión. Solemos limitar la convención sobre la desertificación a las zonas áridas y semiáridas, pero esta reunión incidió en el hecho de que ahora sabemos que las personas que viven incluso en zonas forestales están sufriendo una grave degradación de la tierra. Además y como siempre sucede en este tipo de grandes reuniones, se prometieron fondos y se presentaron estrategias que pretenden atacar una cuestión de vital importancia para el mantenimiento de la vida en nuestro planeta, como la gestión sostenible de nuestras tierras.

Recordemos que la desertificación es el proceso de degradación ecológica mediante el cual se transforman en desiertos extensiones de tierra que eran fértiles y productivas. A pesar de ser un problema global, completamente imbricado en este proceso de emergencia climática que vivimos, el continente africano está siendo el mayor damnificado por la desertificación pese a que, como he escrito en reiteradas ocasiones, solo es responsable del 3,8% de los gases de efecto gases invernadero a nivel global.

En África, la desertificación actúa en tándem con una aliada implacable: la sequía. Ambas están estrechamente vinculadas. Y, lamentablemente, las noticias que leemos últimamente sobre sequía en África, especialmente en toda la zona del Cuerno de África, son extremadamente preocupantes. De hecho, estos días se ha hecho público que la sequía actual en el Sahel y el Cuerno de África es la más grave en cuarenta años y agencias como Efe informan de que se teme que el número de personas en riesgo inminente de hambre aumente en las próximas semanas, causando muertes, una ola de desplazamiento mayor y conflictos por los pocos pastos que quedan. Treinta y cinco millones de personas sufren hambre en estas zonas del continente africano y la ONU nos advierte de que pronto será muy tarde para acudir en su ayuda y de que urge financiación.

El responsable de acción humanitaria de la ONU, Martin Griffiths, se quejó en una reciente conferencia de prensa de que, mientras que la crisis humanitaria en Ucrania ha recibido una respuesta generosa y pronta de los donantes, la larga y agónica crisis climática y alimentaria en África recibe una respuesta lenta e insuficiente.

De nuevo, estas palabras me hacen reflexionar sobre la poca conciencia que tenemos en lo que se refiere a la globalidad de los problemas, que cruzan fronteras y nos afectan a todos, aunque parezcan lejanos y me causan una enorme pena por estos dobles raseros en asuntos humanitarios e internacionales, en los que percibo que África siempre sale perjudicada, como pusimos ya de manifiesto, por ejemplo, en el acceso a las vacunas de la Covid-19.

Si bien la sequía es la principal causa de la desertificación, hay otros elementos en juego: la superpoblación, el sobrepastoreo, la deforestación y, en última instancia, el cambio climático, porque fenómenos meteorológicos extremos como las inundaciones y virulentas tormentas, cuyo origen nadie duda en achacar al cambio climático, también tienen consecuencias perceptibles en la desertificación. Me explico: al llover mucho y con mucha fuerza sobre terreno tan seco, el agua arrasa con todo lo que encuentra haciendo imposible la vida al amparo de una cubierta vegetal inexistente.

Casi la mitad de África -el 47%- es víctima de la desertificación. De los 54 estados que conforman el continente, Senegal es quizás de los países más afectados y el Sahel (área donde se estima que viven 75 millones de personas), es una de las zonas del planeta más castigadas por esta cuestión. Como he explicado en otras ocasiones, la desertificación no solo lleva consigo un incremento de la problemática alimentaria, sino que también influye en la inestabilidad de la zona.

Pero no me gusta el pesimismo y considero que, además, no es útil en este contexto. Hay que reseñar que, en una zona geográfica donde el 65% de las tierras productivas están degradadas y cuatro millones de hectáreas de bosques desaparecen cada año, son varias las iniciativas que se están llevando a cabo desde los países africanos para la resolución del problema de la desertificación y el cambio climático.

El proyecto más ambicioso –por inversión y envergadura- es el de la “La Gran Muralla Verde”, una iniciativa que se planteó en el año 2007, parte de la agenda de la Unión Africana. Tenía como objetivo plantar árboles en una extensión de ocho mil kilómetros de largo y quince de ancho, uniendo con vegetación Senegal con Yibuti, en el cuerno de África. La Gran Muralla Verde quiere detener la expansión del desierto, restaurar 100 millones de hectáreas de tierras degradadas y crear diez millones de empleos, pero su ambiciosa planificación no se corresponde con los resultados. Por el momento. Se estima ha alcanzado entre el 4 y el 20% de su objetivo.

Más allá de esta iniciativa, que se mueve en el territorio de lo macro y de la colaboración entre grandes organizaciones regionales y Estados, hay que poner en valor la aportación de muchos agricultores, de comunidades y de pequeñas organizaciones, que de manera consciente e inconsciente han contribuido a repoblar y recuperar ecosistemas en Níger, Mali o Burkina Faso. Algo que indica que hay esperanza, conciencia y capacidad.

Es importante que todos seamos conscientes de que la desertificación es una tendencia nefasta y global: todos estamos inmersos en ella. El cambio climático afecta todas las poblaciones y se estima que, en unos años, las consecuencias del mismo sean irreversibles. De no actuar ahora, poblaciones como las africanas verán cómo sus vidas se complican y empeoran, pero nosotros tampoco nos quedaremos al margen.

A este respecto, desde Casa África y en nuestro afán porque la realidad del continente sea mejor conocida en España, este pasado martes llevamos a cabo, junto con la Embajada de España en Mozambique, un webinario sobre desastres naturales en este país. Es parte de nuestro compromiso con la Fundación Biodiversidad de nuestro Gobierno, y nos reunió con expertos mozambiqueños y españoles que nos ayudaron a comprender mejor la evolución del país en lo que se refiere a la emergencia climática.

Mozambique, recordemos, ha sufrido ciclones imputables al cambio climático (constatado por los expertos) como Idai o Kenneth, de consecuencias catastróficas, y este webinar nos dio claves para trabajar juntos y prevenir sus efectos más drásticos para evitar más desgracias o la pérdida de vidas humanas.

Por último, me gustaría recalcar que la expansión de los desiertos, el impacto nocivo de nuestra acción en los sistemas ecológicos y biológicos y los desastres naturales son las consecuencias de un cambio climático que está dejando un panorama desolador a su paso. Es obligación de todos contribuir a la sostenibilidad del planeta. El cambio climático, junto a las migraciones y el papel de la mujer en África, conforman las tres prioridades estratégicas de Casa África según hemos recogido en nuestro Plan Estratégico hasta el próximo 2024, así que espero entiendan la insistencia y empeño que estamos teniendo en que la ciudadanía sea consciente de la importancia de este fenómeno en el continente.

Somos una sociedad global e interconectada y el tiempo apremia. Tenemos que dejar de dirigir nuestros esfuerzos hacia esa urgencia que compartimos y centrar la mirada en ese continente africano tan vulnerable en algunos aspectos, que busca salidas y que, si sale a flote, nos ayudará a nosotros a salir también a flote. No hace ni falta comentar cuánto se está jugando Canarias en la evolución de todo este fenómeno y qué irresponsables seríamos si no le prestamos atención.

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