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Putin busca un nuevo Holodomor

Otra vez de vuelta de Ucrania. Como cada vez, una gran melancolía. Duelo. Dificultad para encontrar las palabras e incapacidad para hablar de cualquier otra cosa. Así pasó con Bosnia. ¿Caben en una vida dos momentos así? La misma sensación de que todo (la paz, la guerra, el destino de Europa y del mundo, el mío y el de los míos) está en juego… Claramente, sí.

Un periodista le pregunta a Volodímir Zelenski, que hablaba ruso antes de la guerra: “¿Y después? ¿Volverá a hablar en ruso? ¿Conseguirá no oír, en la lengua de su infancia, el idioma del odio y del crimen?”.

Esa fue la misma pregunta que se hizo Vladímir Jankélévitch, que después de 1945 olvidó el alemán. La misma que se formularon Imre Kertész y Victor Klemperer, más matizada, quienes eran conscientes de la corrupción de las palabras del lenguaje de Goethe y Schiller que había encarnado el nazismo.

Y Paul Celan, que prefería recordar que, en su Bucovina natal, el alemán también había sido la lengua de la cultura, del saber y de la vida judía.
¿Enfrentar la lengua contra sí misma? No hay que olvidar que “la muerte es un maestro de Rusia”, pero en ruso también se puede inventar una contralengua… Esa es la respuesta del presidente ucraniano. Es sabio.

No hay noticias del último cuadro de combatientes en Mariúpol al que se le ordenó rendirse el 16 de mayo. Resistieron un asedio digno de Stalingrado. Se comportaron como héroes conteniendo a un regimiento ruso y poniendo el cuerpo para proteger al resto de Ucrania. Y ahora no sabemos si están vivos o muertos, si han sido torturados o los han tratado de manera acorde a las leyes marciales; un manto de silencio y olvido cae sobre ellos, después del hormigón de la Azovstal…

Durante semanas, fueron los soldados del Año II de la revolución democrática de Ucrania. En manos de los separatistas prorrusos, ¿sufrirán el mismo destino que los rehenes del campo de Châteaubriant ante los pelotones de fusilamiento nazis? Macron y Scholz piden la liberación de estos hombres. Ojalá su petición sea escuchada.

Se llama Julia Paevska. En Ucrania, todo el mundo la llama Taira. Herida en combate, campeona de los Juegos Invictus, es sobre todo médica de guerra y desde 2014 ha salvado a cientos de soldados de ambos bandos. Detenida en Mariúpol mientras evacuaba a unos niños, ahora es prisionera de los rusos que, desde hace setenta días, la han calumniado, la han humillado y también la han torturado.

Para mí, es como las Rochambelles de la división Leclerc, la primera unidad de mujeres integrada en un Ejército, como batallón médico. O como Florence Nightingale, esa santa de la medicina de contienda que apareció en la guerra de Crimea, la otra, la de 1853.

Julia Paevska debe ser salvada. Porque es una heroína. Porque las leyes castrenses siempre han perdonado al personal médico. Porque es una mujer que no combate, que sólo quiere curar a los niños y reparar los cuerpos rotos.

Kissinger soñaba con ser Metternich y acabó siendo Chamberlain. ¿Que Ucrania ceda territorio a Rusia? ¿Y que la comunidad internacional presida semejante traición por encargo? La propuesta, en vista de los sacrificios de Ucrania, es indecente. Inmoral.

Pero, por encima de todo, es absurda. Indigna de un geopolítico que, al menos en el pasado, supo enfrentar a China contra Rusia.

Y uno se pregunta qué dirá el día en que, cuando le tomen la palabra, Putin se anexione Polonia o Xi Jinping, Taiwán.

Qué respuesta más brillante la del Kyiv Independent al editorial del The New York Times que pide el fin del apoyo a Ucrania con el argumento de que Rusia es “demasiado fuerte”. ¿Cómo? Por el hecho de que Putin pueda ganar, ¿hay que instar a Zelenski a que pierda?

Es la quintaesencia más absurda del derrotismo. El espíritu de Múnich en versión estadounidense. Es como si, como dicen mis amigos de Kiev, Trump se hubiera convertido en redactor jefe del periódico más importante de Estados Unidos (EE.UU.). Es como si el espíritu de los tratos o la fascinación por los tiranos hubiera triunfado en todas partes. He leído que esa es la postura del ala woke del Partido Demócrata y de Noam Chomsky. En todo caso, es una visión que va en contra del Credo Americano. Y es terrible.

Anoche fue una pesadilla. Kissinger y Chomsky cogidos del brazo, como Talleyrand y Fouché en aquella famosa escena relatada por Chateaubriand en la que acuden a cortejar a Luis XVIII. ¿Quién representa el vicio? ¿Quién representa el crimen?

Putin, por su parte, llega al extremo de la abyección. Al bloquear las exportaciones de trigo ucraniano y elegir países como Irán, que apoyan su guerra sucia, para el trigo ruso, está utilizando el arma del hambre para saciar su sed de poder y está dando el penúltimo paso (justo antes del poder nuclear) en la escala del chantaje.

Lenin quería exportar la revolución a los condenados de la tierra; Putin exporta el hambre a los miserables del mundo. Stalin perpetró el Holodomor; Putin está fomentando, cien años después, un Holodomor a la escala de África y de aquellos países de América Latina y Asia cuya supervivencia alimentaria depende de él.

En 1948, Estados Unidos inventó un puente aéreo para salvar Berlín. ¿No sería necesario un puente aéreo o naval para salvar al mundo de la hambruna mediante el bloqueo de Odessa?

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