por qué no me callo

El ‘capitoliazo’

A la semana de tomar posesión, Lula sufrió este domingo el capitoliazo de los seguidores de Bolsonaro, que es una suerte de golpe de Estado testimonial, para instigar a los militares a que den uno de verdad, poniendo la carreta delante de los bueyes. Desde que este modus operandi de la ultraderecha fue acuñado el 6 de enero de 2021 en Washington, a instancias de Trump, existe la amenaza de que el método se instaure poniendo en peligro las democracias de los países donde previamente los partidos y líderes más conservadores han azuzado a la multitud y, llegado el momento, le quitan el bozal según el escrutinio electoral.

Jair Bolsonaro, antes de huir hacia Estados Unidos, a modo de exilio preventivo, jaleó a su jauría. Esa turba de seguidores acampó frente al Cuartel General del Ejército de Brasilia (y otras ciudades), desde donde recorrió este domingo ocho kilómetros hasta la Plaza de los Tres Poderes, del célebre arquitecto Óscar Niemeyer. Los asaltantes del Congreso, la Presidencia y el Tribunal Supremo calcaron el guion del Capitolio norteamericano invadido hace dos años tras la victoria de Joe Biden. Invadieron las instalaciones como elefantes en cacharrería, destrozaron el mobiliario, robaron aparatos, atentaron contra obras de arte y provocaron incendios, mientras se hacían selfies o grababan vídeos familiares de sus fechorías tan campantes.

Tanto Estados Unidos como Brasil, en cada punta del continente americano, son países significativos para engendrar un efecto sinérgico. En estos dos años, el populismo casposo encarnado por Trump y Bolsonaro ha perdido el poder en las urnas y ha enseñado los dientes. El capitoliazo fracasó en Estados Unidos hace dos años y en Brasil este domingo. Pero la semilla de la especie invasora, una vez plantada, amenaza con poblar las débiles democracias del mundo occidental de un chantaje golpista de manual

En España, a los verdaderos demócratas, no les hizo ninguna gracia la reciente fractura en la separación de poderes que interfirió en la votación de una reforma legal. Digamos que ese juego de atajos no simpatiza con la esencia de la democracia. El domingo, algunas reacciones a los graves sucesos de Brasil, en la oposición conservadora, abundaron en ciertas frivolidades que no vienen a cuento en el año en que España se dispone a ir a las urnas en dos ocasiones. Todos los partidos democráticos sin excepción están llamados a hacer pedagogía al respecto.

El terreno se ha vuelto demasiado resbaladizo, pues en España se ha tensado la cuerda más de lo debido. Salvo una drástica alteración de los equilibrios, el PP se sabe llamado a pactar con Vox, para llegar, en su caso, a la Moncloa. Los de Abascal, aliados de Bolsonaro, guardaron el domingo un coherente silencio. En el PP, chirriaron algunas comparaciones de Cuca Gamarra, sobre Brasil y España fuera de lugar. Feijóo pasó de puntillas omitiendo mencionar a Lula. Y fue Macarena Olona (exVox) la más explícita y lúcida en la derecha: “No es un levantamiento popular. Es golpismo. Ley y orden. Sin democracia no hay libertad”. Conviene repasar ese abanico de voces, porque España entra en modo electoral este 2023, no en las mejores condiciones de fortaleza democrática, y por primera vez esta es una prueba de fuego en 40 años de libertad.

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