No ha muerto para mí el mejor político de la historia de Canarias, ha muerto un amigo. Jerónimo Saavedra nos dijo adiós en silencio, como el silencio intencionado de sus últimos años. Nunca pensé que tuviera que escribir esto y lamento la redacción de su obituario. Con Jerónimo Saavedra viví días extraordinarios aquí, en la isla, y fuera de ella, en viajes que marcaron la política exterior de Canarias. Siempre muy interesantes, siempre muy atinados y programados. La figura de este personaje trasciende en mucho lo canario. Se codeó con personalidades mundiales, que siempre valoraron su conversación, su sabiduría y hasta su consejo. Jerónimo no fue sólo presidente de Canarias, ministro, diputado del común, profesor, sino que fue un estadista. Un hombre con un sentido profundo del Estado, con ganas de enseñar; y un innovador. El IUDE (Instituto Universitario de la Empresa), que él creó, fue el comienzo definitivo de una nueva universidad y el lanzamiento de una innovadora política económica en las Islas Canarias. Jerónimo fue aquel profesor progresista en el que todos encontrábamos consejo y posteriormente el político sensato que dinamitó desde el tortuoso afán conservador hasta la euforia desatada de la izquierdona basta. Era el equilibrio, la manera perfecta de hacer política y la sensatez hecha persona. Con él desaparece un referente del político cabal y honesto, capaz de perdonar a sus enemigos y de regatearlos a todos en medio metro del campo de juego. Lo acompañé muchas veces, alguna vez en situaciones dolorosas, como en su intervención de cadera, en Madrid. Ahora ha muerto plácidamente, me dicen que mientras desayunaba. El otro día hablé largamente con él y me pareció más lúcido que nunca, siempre analizando el destino de su patria chica y de su patria grande. España pierde a un político histórico; Canarias, no digamos. Y yo a un amigo.
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