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Los embadurnados

No hay nada peor que ir a un cóctel, a la presentación de un libro con tapas (de las de comer), o a un homenaje, boda incluida, y que te abracen. La parte superior de la chaqueta, la que está más cerca de los hombros y del cogote, aparece por la noche, cuando te la quitas, con una densa capa de restos alimenticios, parecida a la banda verde de la camiseta del Elche C.F. Además, la hueles y te estresas, con lo que lo mejor de todo es enviarla directamente a la lavandería. Es que la gente come croquetas y como nunca aparecen las servilletas de papel, pues te abrazan y aprovechan para limpiarse las manos en tu chaqueta mientras te palmean la espalda, porque el abrazo -y nunca he sabido por qué- va unido por lo general a un intenso palmeo que te deja más restos en la prenda. El embadurne es tal que la chaqueta empieza a pesarte más de la cuenta y vas notando como una congoja dorsal y pegajosa, que te va poniendo del mal humor. Acabas la velada completamente embadurnado, sobre todo de restos de croquetas de jamón serrano del malo, no de pata negra. Porque si fuera de pata negra llevaría uno la mancha con mayor dignidad, que es la que tiene el cochino extremeño de bellota, mucho más de la aristocracia cárnica que el chancho vulgar de goro canario, alimentado por el mago hasta con tornillos de ferretería. Los embadurnados de los cócteles son una especie humana altamente renegada de su propia suerte y gastan mucho dinero en lavandería, porque van de ágape en ágape y no pueden reparar en gastos. Hay otros que donde dejan la grasa de la croqueta es en la portañuela, porque no se lavan las manos antes de desabrochársela para mear, por las prisas. Pero su relato no me cabe aquí.

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