después del paréntesis

Las recompensas

Se llamó Felice Bauer y vivía en Berlín. En el año 1912, en casa de su amigo Max Brod en Praga, el amigo que no respetó el mandato de Kafka de destruir su obra y fue su primer gran editor y por el que conocemos, entre otras muchas cosas, gran parte de los cuentos y sus dos excepcionales novelas El proceso y El castillo, en casa de Max Brod la conoció. Surgió en él el enamoramiento. Así es que desde esa fecha, y dado que para Kafka el mundo y la existencia solo cabía en escritura (de ahí su proverbial Diario que comenzó a fijar en el año 1910), comenzó a afianzar la relación con cartas. Dado que la chica las guardó, hoy las conocemos: más de quinientas. La vida de Franz Kafka asumía una vía lógica: independizarse, casarse con la mujer elegida, crear una familia…

Así se prodigó pidiendo por primera vez matrimonio a Felice. Lo deshizo. En 1917 volvió. En ese año escupió por primera vez sangre y los médicos sentenciaron la enfermedad que lo mataría en 1924 con cuarenta y un años de edad: tuberculosis. En esa hora del 17 Kafka rompió con dolor definitivamente el compromiso, aunque la joven siguió en el lugar de su estima, tanto que se alegró cuando su antigua novia se casó.

La historia proclamaría para el caso que la enfermedad sentenció el cese en Kafka del amor correspondido y el casarse. Pero de las cartas a Felice se coteja no solo la inestabilidad emocional de la víctima sino que esa mujer era para él una entelequia, el tesoro en letra del amor platónico. Porque Kafka ocupaba para sí una relación con la vida irrevocable: era un solterón, no cabía en él el compartirse.

El por qué lo explica maravillosamente en la Carta al padre, carta que su progenitor jamás leyó, carta que era para sí mismo. Siempre contó con modelo, de carácter, de autoridad, de capacidad, físico (el cuerpo de su padre) y familiar; que el padre eligiera a aquella mujer (su madre), que la adorara y que fundara la familia que fundó con consecuencia. El modelo era incomparable, jamás podría ocuparlo y menos superarlo.

Por eso Felice se perdió en el tiempo, como se perdió Julia Wohryzek (la relación con Milena era solo sexual) y a Dora Diamant apenas le dio para asistir al lecho de la muerte. Así atusó el orbe este hombre complejo, huraño, extraño, distante y atado solo a una condición: la soledad con la que resolvía su escritura. ¿Cómo habría de aclararse un planeta lleno de solteros? Las mujeres no atienden al elegir por desear; eso es solo astucia del macho difuso, Y ahí la tensión. No se cumpliría el mandato de las iglesias que dice yacer para procrear. Para ello, mujeres especializadas para el fin sin contacto particular alguno con los hombres. Eso es Kafka, un ser confuso, oscuro y radical pero extraordinario.

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