tribuna

El timo de la cruzada

Era marzo como ahora hace cuatro años. Estalló la pandemia y fue como una plaga dispuesta a arrasar con todo y con todos. Y otro riesgo por el estilo vuelve estos días a la palestra en medio de una crisis bélica, ya no sanitaria.

Es la socorrida amenaza nuclear, el coco en las cimas del poder, algo tan infantil y macabro, pero que ha logrado que Europa, en este primer trimestre del año, se lo tome en serio y no hable de otra cosa. Lo raro de todo esto es que en España está pasando desapercibido. No existe como tema de preocupación, ya no como prioridad en la agenda política. Cero. Ni se menciona.

Parece que esta vez, por la psicosis de Ucrania, se han encendido las alarmas en Bruselas, como si bajo tierra avanzara un topo. “La amenaza (de Putin) no es inminente, pero tampoco imposible”, llegó a admitir circunspecta Ursula von der Leyen, esta semana, en un pleno del Parlamento Europeo. ¡Pero si en España no se ha dicho ni mú, a qué viene esto!, cabría pensar, en nuestro brexit doméstico, como aquella vez en la Gran Recesión, sin verlas venir. Y, entonces, uno se asusta de vivir en un país en la inopia.

Ese debate en Estrasburgo (miércoles) y la previa Conferencia de París (lunes) convocada de urgencia por Macron cuestionaban si estamos preparados para una supuesta guerra con Rusia (sic). Al parecer, los tiros van por ahí. Esta otra pandemia de 2024 (tras el experimento global de 2020) afectaría de nuevo a toda la civilización (esa majadería de meternos miedo a lo bestia).

Hasta resulta bucólica la indiferencia española sobre ese presunto peligro que se cierne sobre todos nosotros y que uno confía en que quede en nada, pero, por lo visto, Macron no, Leyen tampoco y Scholz, el alemán, ni que decir tiene…

El debate de la corrupción de las mascarillas opaca todo este canguelo del rearme. España no participa del desasosiego europeo sobre seguridad, absorta en su metaverso. Nos pueden nuestras querellas del veintitrés jota; primero nos desgañitamos sobre la amnistía y ahora pasamos página, y Koldo sustituye a Puigdemont. Y enterramos la cabeza como el falso mito del avestruz. Que Europa decida. Ya decía Unamuno “¡que inventen ellos!”

Es inobjetable combatir la corrupción de los mercaderes de la pandemia, pero acaso nos estemos pasando haciendo oídos sordos a lo que se cuece a raíz de Ucrania y Gaza, confinándonos para no cambiar de conversación. Somos la orquesta del Titanic.

El caso Koldo monopoliza el foco político tras las elecciones gallegas y antes de las europeas (junio). Si no fuera por los discursos de Borrell, López Aguilar y Sánchez (cuando logra evadirse de nuestras trifulcas), pensaríamos que España está noqueada, sin dirigentes que asomen la cabeza por encima de los Pirineos, como en el más recóndito franquismo, solos.

Quizá un día deje de ser un farol (como cuando se descreía de que Rusia fuera a invadir Ucrania) y este sea el momento más crítico desde el final de la Guerra Fría. Pero nadie en España lo diría viendo nuestra indolencia.

Cuatro años después, hemos pasado del virus chino al virus ruso. Para el primero teníamos las mascarillas y las vacunas. Pero para una hipotética guerra solo cabe más defensa, están diciendo en Europa, que se queja de la desconfiable OTAN según sea el inquilino de la Casa Blanca y reconoce que no tiene ejército propio. La siguiente estación de la escalada rusa en la frontera con Europa puede ser Moldavia (desde esta semana ya suenan los tambores).

El escándalo de las mascarillas no admite concesiones. Estoy seguro de que este no será el último pufo de la macro desgracia y cada partido juega sus bazas. El PSOE, manu militari, lidia con el soldado Ábalos en la trinchera del grupo mixto. Pero el PP no es ajeno a esta batalla. Su anterior líder, Pablo Casado, cayó por acusar a la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, en el célebre caso del contrato del hermano. Un ajuste de cuentas sin parangón. Son las primeras páginas del bestiario de la corrupción del coronavirus.

En junio está previsto el mega evento electoral europeo. Según pronósticos, la UE girará a la derecha-ultraderecha y Ursula von der Leyen presidirá una Comisión Europea ultraconservadora como habrían gobernado Feijóo y Vox si no lo impide Sánchez.

El caso Koldo se dirime, por tanto, en este clima preelectoral europeo de los próximos tres meses, pero el desgaste del PSOE, de haberlo, se debería a las mascarillas y, quién lo iba a decir, no a la amnistía, que la Comisión de Venecia, del Consejo de Europa, acaba de bendecir.

Esta visceralidad del PP es postraumática. ¡Cómo no iba a aprovechar que pasaba el tren con un cargamento de porquería contra el partido que le abortó el gobierno hace siete meses! Durante años, el caso Gürtel, el caso Bárcenas y el caso Kitchen han desangrado y desangran al PP con cargo a las etapas de Aznar y Rajoy, y hasta sus dirigentes pensaron cambiar de sede para erradicar el mal fario de la calle Génova.

Pero el electorado -esa masa informe que se desintegra para ir a votar- podría caer en la cuenta de que la amnistía no debía de ser tan fiera como la pintaban, ni la unidad de España corre peligro, cuando ya no se habla de ella, borrada por el trapicheo de las mascarillas. Por eso este es un caso trampa, porque pone al descubierto, como el off the record de Feijóo, el timo de la cruzada.

Cuando se sobreactúa, se corre el riesgo de ser devorado por los excesos. Está el ejemplo de Ucrania. Basta con resistir y esperar. Hasta que alguien se viene arriba, dice alguna barbaridad y hace el ridículo más espantoso. Feijóo no debería ignorar estas cosas, ni dar la espalda a cuanto se dice extramuros de España. Putin amenazó esta semana con pulsar el botón innombrable y atacar a Europa porque Macron propuso enviar tropas de la OTAN a Ucrania. El ruso dijo lo siguiente y se quedó tan pancho: “Todo esto amenaza con un conflicto con armas nucleares y, por tanto, la destrucción de la civilización”. Le faltó añadir: incluido yo mismo.

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