tribuna

El Día D de los próximos 80 años

Si el que redacta los anales de la historia descansa los domingos, hoy no podrá hacerlo y tendrá que estar a piñón hasta que se conozca el escrutinio de las elecciones europeas. Se trata de una fecha histórica. Y no es ningún tópico: Europa se juega su futuro, y tendrá consecuencias.
Llegado junio, el ecuador de un año mega electoral que ya va dejando huellas, puede decirse que hay elementos de juicio suficientes para hacer un veredicto de mitad de ejercicio sobre el enigma de 2024.
La propia efeméride del 80 aniversario del desembarco de Normandía (el Día D), el 6 de junio de 1944, nos envuelve en un aire familiar, por el tañido, ya que fue un año acabado en 4 y porque ahora, con la misma terminación, es un hecho que en Europa hay de nuevo una guerra. Aquella fue una jugada maestra de los ejércitos de EE.UU., Reino Unido y Canadá para hacer fracasar los delirios de Hitler en el momento álgido de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, concernidos por la cólera del Kremlin e Israel, no nos cabe sino albergar el anhelo de que otros líderes suplan a Churchill y Roosevelt e ideen alguna argucia que desactive esta espiral y nos devuelva a un orden confiable de coexistencia. No será fácil, pero es inexcusable. Ahora o nunca. Este es otro momento álgido. Las urnas, hoy, son como el mítico dragón europeo: escupen fuego por la boca.
El 9J (en varios estados se vota desde el jueves) convoca a los buitres que aguardan a que aflore la carroña del cadáver de la Europa que, hace 80 años, se erguía abrazada a la bandera de la paz. Estamos en el Día D de los próximos 80 años de Europa y el mundo. Si hoy vencen los herederos nostálgicos del totalitarismo y triunfa la involución, el porvenir del continente del que somos frontera sur no será en absoluto halagüeño. Y es la manera más suave de decirlo, para no dramatizar una jornada electoral decisiva a la que concedemos, pese al coro de augures, cierto margen de esperanza.
Dada la pugna en clave nacional, esta parece una segunda vuelta del 23J, unas elecciones binarias, como si Sánchez y Feijóo volvieran a medirse y estuviera en juego no el gobierno de Europa, sino el de España misma. Fue el líder del PP el que etiquetó las elecciones de hoy como un plebiscito sobre el sanchismo. Esta vez sin usar el lenguaje funerario de pretender “enterrar el sanchismo”, que tan flaco servicio rindió a sus pregoneros en las generales.
La lectura española de estos comicios paneuropeos, donde irrumpió con fórceps el argumentario de las actividades de la esposa del presidente, no deja de ser el reflejo de la política diabólica instaurada en un país doctrinalmente desquiciado. Cruzadas todas las líneas rojas, ha extrañado ver la fiera amnistía relegada a un manso segundo plano, mientras Feijóo se agarraba como a un clavo ardiendo al llamado caso Begoña. El efecto que provocaba movía a la compasión por un líder tensionado por casuísticas internas. En Brasil, en tiempos no remotos, Bolsonaro se marcó un Lula, una causa de corrupción en falso contra el expresidente, que involucraba a su esposa (fallecida después) y que acabó en nada tras pasar 19 meses entre rejas antes de volver a ganar las elecciones. Hoy es el propio Bolsonaro el que enfrenta cargos por preparar un golpe de Estado.
Cuando aprieta la necesidad, el oficio político se pervierte en un simple ajuste de cuentas. Un escándalo contrastado como el del compañero sentimental de la presidenta de Madrid quedó al margen de esta performance del PP, que urge a adelantar las elecciones en España, no vaya a ser que Feijóo no tenga saldo como Trump para aguantar cuatro años la presión de Puerta del Sol, de los que ya ha superado uno, pero acaso las reservas no alcancen para otros tres, con Ayuso al acecho.
¿Es la economía, estúpido? La pregunta nos transporta a los tiempos en que aún la política se regía por el sentido común. El asesor de Clinton que acuñó la legendaria sentencia, frente a Bush padre, con destino a la Casa Blanca, no entendería que en la España de hoy, donde se baten récords de empleo y caída del paro (Canarias incluida) en plena campaña electoral, con un diagnóstico tan favorable del FMI, se omita la economía como baremo, siendo este, para más inri, el país que más crece en Europa. Valga otra pregunta como colofón: “No hablemos de amnistía, porque han ganado en Cataluña. No hablemos de empleo y paro, porque les va muy bien. Hablemos de Begoña”. ¿A quién atribuimos esta consigna?
En México y buena parte de América no prospera la desvirtuación política que en Europa nos retrotrae a 80 años atrás y que nos recuerda que la guerra es la consumación de la barbarie. Vivimos bajo el yugo de las bombas en el despuntar de un género que crea escuela: las guerras eternas (trasunto de la de los Cien Años). En Oriente Próximo, Israel, que era el mantra de los demócratas tras el holocausto de hace 80 años, desviste el santo de la paz para vestir al demonio de la guerra. No cesa de bombardear “por error” campos de desplazados con víctimas infantiles. Sánchez y otros 15 presidentes echan un cabo a Biden instando a Hamás a aceptar su plan de paz. Netanyahu se coló en esta campaña porque España reconoció el Estado de Palestina, pero el propio Biden se harta de sus mentiras y le acusa de alargar el conflicto por razones particulares. La siguiente estación es la frontera del Líbano.
Europa vota dando la espalda a África. Como si toda Europa se redujera a Canarias cuando cruzan en bandada los cayucos dejando cadáveres por el camino. Son las aguas donde acababa todo hasta que tres carabelas abrieron el telón del Nuevo Mundo. Y aquí votamos también hoy, en las islas ermitañas de Europa.

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